La Coctelera

Diario de una vampiresa en paro

( ó "LA ESTRATEGIA DE SHEREZADE" )
El lema de mi vida debería ser "...con lo que tú podrías (ser-tener-hacer) si quisieras...!!!"

18 Abril 2014

Le quiero mucho... Pero las cosas son como son y son así.

....Le quiero mucho. A veces pienso que incluso a su pesar, incluso al mío. Pero las cosas son como son y son así...
Hace cuatro años justos, el dieciocho de abril de dos mil diez, empecé un post con esas frases. Un post dedicado a alguien que ya entonces significaba mucho para mí y que, en esos momentos, la vida le había sacado de la mía, de mi cotidianidad. En cierto modo, aquel era un post de despedida...
Pero luego la vida..., o..., no. No fue la vida. Fue la voluntad. Fue mi empeño. Fue que él me respondió a aquel post (es la primera y última vez que me respondió a algo escrito por mí aquí. Porque en esos días me leía, era la única persona a quien le di acceso a este otro apartado de mi vida. Hoy en día..., pues no lo sé. Hace mucho que no sé si me lee o no. Probablemente no, tiene demasiadas cosas y demasiada gente en su vida como para que pueda perder el tiempo leyendo estupideces. Quizá por eso también me he ido atreviendo a escribir algunas cosas que le incumben, en las que está él...).
Él me respondió a aquel post. Y yo le envié un sms días después: estaba en Madrid, había ido a hacer una entrevista de trabajo, le propuse quedar un ratito y tomarnos un café, uno más, como cuando trabajábamos juntos apenas días atrás. Y... y fue su primera negativa condicionada, el primer aplazamiento y la primera cancelación de tantas... Pero también fue la forma de conservar la relación. O de empezar otra nueva.
Otra que me ha llevado hasta aquí y hasta ahora, cuatro años más tarde.

Le quiero mucho. Incluso a su pesar y al mío. Pero las cosas son como son y son así.

El significado hoy es otro aunque las palabras sigan siendo las mismas.

Le quiero mucho aunque hoy sepa que él no me quiere, que no me ha querido ni me querrá nunca. No como yo a él, y probablemente de ningún modo.
También hoy sé que la mayor parte de los 'aplazamientos' no fueron tales, sino simples cancelaciones. Y que solo mi insistencia... porque yo sí veía 'aplazamientos' hicieron posibles algunos encuentros. En realidad, hoy sé que simplemente me estaba diciendo que no. Probablemente en algunos momentos ni siquiera él se estaba dando cuenta..., pero realmente me estaba rechazando, sin más. Las circunstancias hacían su parte del trabajo sucio y ponían trabas, las trabas necesarias para que no pudiéramos quedar.
Igual que las circunstancias me hicieron encontrarle, hicieron lo posible para intentar que aquello no fuese a ningún otro lugar.
E igual tampoco yo estaba siendo consciente... pero creo que jamás he tenido tanto empeño en algo. En conservarle en mi presente.
Porque posiblemente mi inconsciente sí sabía que él era mi última oportunidad. Sin más.

El reloj biológico existe. Y te avisa de cosas, aunque puedas ignorar esos avisos. El reloj biológico te dice cuando ha encontrado a esa persona y cuando esa persona con quien tu cabezonería se empeña en decir que es 'él', no, no lo es. El reloj biológico te dice que esperes. Te permite jugar, rehusar, tontear, ser promiscua...aunque sea solo de pensamiento. Y llega un día en que, de pronto, te pone todas las hormonas en pie. Y te descubres como en mitad de la nada, dándote cuenta de pronto de que lo que has estado ignorando durante meses....estaba ahí. A tu lado.
Y de pronto le ves.
Con él me pasó eso.
Estuve sentada a su lado casi ocho horas al día durante más de seis meses. En un trabajo que no me gustaba, al que llegué de rebote y que consideré algo totalmente provisional cada uno de los días que pasé allí. Su llegada, cuando yo llevaba más de cinco meses, fue como si alguien abriera una ventana y entrase el aire y entrase el sol. Con él me reí hasta las lágrimas, hasta las arrugas en las comisuras de los párpados. No, no me contaba chistes, no era eso. Era..., era una extraña afinidad. En algo que no dejó ni un solo momento de ser provisional.
Él también era parte de esa provisionalidad. Si yo me hubiera ido y él se hubiese quedado, o al revés... no habría pasado nada.
Pero... no me imagino ese tiempo sin él. De hecho, pasé luego un año entero echándole de menos cada día, porque yo volví pero él no.
El reloj biológico existe. Y, de pronto..., de pronto me gritó que era tonta. Que si no me estaba dando cuenta de que estaba ahí.
La verdad es que tengo muy claro cuando fue el momento. Un día en que me di cuenta de su mirada. Estábamos juntos, me estaba contando algo. Y le vi y me estaba mirando y vi algo más y... Y me asusté.
Porque dentro de mí escuché eso: que era una imbécil. Que si no me estaba dando cuenta de que le había encontrado.

Luché contra la idea. Por suerte o por desgracia, las cosas de pronto enloquecieron... y me encontré en la vorágine de vacaciones obligatorias, de reducciones de obra, de días de semanasanta, de recuperar horas de manera intensiva, de despidos y despedidas, de conspiraciones. Y me obligué a no pensar en tonterías. Y me centré en darme cuenta de que aquello era el final de nuestra relación. De la relación que realmente manteníamos. Compañeros de pupitre. Compañía cada noche cuando iba a esperar el autobús. Y algún café, algún mediodía, alguna tarde en que salíamos antes.
Y me tapé los oídos.

Pero..., pero al final me rendí a la evidencia. Y..., y quise al menos conservar la amistad...o lo que fuera aquello. Y seguí no queriendo escuchar lo que me gritaba dentro: que le había encontrado.
El reloj biológico no es sólo ése que nos dice que se nos acaba el tiempo para cumplir con nuestro fin reproductor para la especie. También es eso, claro, pero... Pero es algo más.

Y todo lo demás lo he ido contando poco a poco. O lo volveré a contar, pero no hoy.

Le quiero mucho. Habría podido pasar con él el resto de mi vida.
Y es la primera vez que he sentido eso por alguien. Y sé que será la última vez.

Yo sí siento que he estado con él algo más de tres años. No podía definirle..., mejor dicho, referirme a él como 'mi' nada. No era 'mi pareja', ni 'mi chico', ni 'mi novio' (esto menos que nada). Definirle como 'la persona con quien estoy' no es ciertamente muy heterodoxo..., alguna vez me referí así a él..., bueno, no exactamente a él. Pero sí tuve que mencionar que claro que estaba con una persona..., y ante alguna amiga de cierta confianza si tuve que aclarar lo de 'bueno, es un hombre. Que las mujeres no me gustan', porque lo de 'persona' se me quedaba escaso como definición.
Yo sí he estado con él. Y detalles como..., no sé, como que siempre fuese la primera persona en enterarse de cualquier cambio laboral, por ejemplo, para mí era lo normal....y habría sido el primero en saber cualquier cosa importante de mi vida. Y si estaba malo o si algo no iba bien en su vida, yo no podía dejar de contactar con él a diario para saber cómo se encontraba, porque a mi me dolía su dolor. Y yo podía llegar a casa agotada, pero si tenía que llamarle porque había quedado en eso, era la prioridad. Durante estos años él ha sido mi prioridad. Y no me suponía ningún esfuerzo.
Yo estaba con él. Incluso mientras iba descubriendo que en realidad siempre estuve sola, yo estaba con él.

Le quiero mucho. No puedo dejar de quererle.
Para mí era la persona con quien yo estaba. Para él, yo era alguien con quien hablaba de vez en cuando.
Me es muy difícil decirme estas cosas. Saber que nunca estuve. Que para él yo no tenía la menor importancia.

Estos cuatro años han pasado muchas cosas, pero en realidad apenas ha pasado nada.
Y sigo queriendo ver por sus ojos, y lo que veo es que vuelvo a ser eso, la persona que se sentó a su izquierda durante seis meses en un trabajo que no nos gustaba a ninguno de los dos, pero en una empresa que sí es parte de su vida. Lo que nunca seré yo. Que sólo he sido alguien con quien de vez en cuando hablaba por teléfono y de sobre quien tenía que pensar de quien le estaban hablando cuando alguien, conocido común, le preguntaba por mí.

Aquel día y en aquel post, empleé una frase cinematográfica como título: si me necesitas, silba. Sigo pensando..., sintiendo, lo mismo. No me quiere, lo sé. Pero yo siempre estaré. Yo siempre iré. Aunque ni me vea, porque me volvería invisible para que si hubiese alguien más presente no se tuviese que avergonzar de mí. Porque en el fondo sé que también es eso.

Y, sin embargo......Le quiero mucho. A veces pienso que incluso a su pesar, incluso al mío. Pero las cosas son como son y son así...

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17 Abril 2014

Tiempo presente.

Sé que habrá momentos en que hasta me costará respirar. Que por mucho que me haya repetido que no voy a llorar más, que ya se me han agotado las lágrimas, me sorprenderé llorando. Pero tengo que ser fuerte.
No sé en qué me voy a refugiar esta vez, cuando ni el trabajo me llena, cuando no hay nada más en el horizonte, tampoco laboral. Cuando lo único que me apetece es quedarme en la cama, pasar al sofá, ni encender la radio, ni hacer nada. Dejar que pase el tiempo. Cuando me obligo a comer, a revisar el correo, a poner la lavadora, a lavarme el pelo.

No sé cómo haré esta vez para sobrevivir. Para sobrevivirme a mi misma.

He empezado a guardar algunas cosas. Luego haré la cama y guardaré la almohada, ayer escondí el cenicero. Hoy seguro que me daré una tregua, pero mañana recopilaré las fotos, sus fotos, y las guardaré aparte. Es una suerte, ahora pienso que lo es, que no tengamos ninguna foto juntos. Bueno, sí: una. Pero hace ya más de cuatro años..., es de un tiempo en que no había nada.
No había nada..., qué afirmación tan tonta. Como si en este tiempo hubiese habido algo más que ese 'nada' por su parte...

Sí, es una suerte que en este tiempo, tan largo y tan corto a la vez, hayan faltado tantas cosas que me podrían haber dejado recuerdos. Cosas tan cotidianas que casi resulta increíble que nunca hayan pasado. Que nunca hayamos comido juntos, por ejemplo. Cosas que..., que ahora es cuando me doy cuenta..., que en realidad desde el primer momento me estaban contando que por su parte no había absolutamente nada. Ni el más mínimo interés.

Le quiero. Me gustaría poder decir que en realidad ya no le quiero, pero es mentira. Le quiero, pero no tengo derecho a obligarle a tener relación alguna conmigo. Y aunque le quiera, aunque nada me apetezca más que estar con él, aunque sea un ratito al mes, un acompañarle mientras vuelve a casa una tarde cada quince días..., no puedo obligarle a que esté conmigo. Y porque le quiero y porque me importa mucho más de lo que yo me haya podido importar a mí misma nunca, no puedo ignorar las evidencias. Y es evidente, desde hace tiempo, que no tiene el menor interés en mí.
Ya no puedo justificarme más. No tengo derecho a seguir haciéndole perder el tiempo, un tiempo que sé que no tiene, un tiempo que puede dedicar y destinar a quien de veras le importe.

Sé que voy a seguir queriéndole. Que habrá momentos, muchos momentos, en que nada me apetezca más que verle. Siquiera como le veo desde hace mucho: muy poco tiempo, muy pocas veces. Un momento, media hora dos veces al mes cuando tengo mucha, pero mucha suerte. Que le voy a querer igual aunque no le vea, aunque no le escuche, aunque no sepa nada de él. Como he seguido queriéndole mientras sabía y aceptaba que no era recíproco, como admitía que nunca lo sería. Como he seguido deseándole sabiendo que no era mutuo.
Porque hay cosas que no se pueden evitar conscientemente, porque no se planifican ni se buscan. Pasan, simplemente...

Y por eso, por todo eso y por todo..., espero que también esto pase...
Aunque no sé cómo. Porque ahora mismo es el presente, y mañana será presente, y lo será en cada momento... Y ahora mismo, tiempo presente, no soy capaz de imaginarme cómo voy a pasar los días, el resto de mi vida, sin él.

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15 Abril 2014

Quince de abril.

Muy desanimada. Y sin poder... o más bien querer, contárselo a nadie.
Con la sensación de haberlo hecho todo mal. No sé bien desde cuando, igual desde hace 30 años. Desde que decidí preocuparme más por los demás que de mi misma, o, peor, no preocuparme por mí misma ni cuando hubiese sido imprescindible. No aprovechando mi potencial para estudiar (más bien, estar harta de él, avergonzarme..., sigo avergonzándome de mi memoria, de mi capacidad para aprender cualquier cosa que alguien se moleste en explicarme siquiera una vez o que yo misma me moleste en ver qué es). No aprovechando las ofertas laborales que, de veras, me habrían cambiado la vida. Empeñándome en ser invisible, también físicamente invisible cuando más guapa era...
Para, finalmente, no tener nada ni ser nada. Y estar tan cansada de todo, tan desanimada...

Estoy de vacaciones. Ni las he pedido, ni las quería en estas fechas. No me atrevo a decir que tampoco las necesitase..., pero es que estando segura de que unos días libres no me van a quitar el cansancio tampoco tenía sentido necesitarlas. No duermo, ni descanso. Tengo los horarios 'cogidos' y me despierto a las seis de la mañana (no sé bien porqué ese horario), a las siete y media escucho como mi móvil se reactiva solo, a las ocho menos dos minutos oigo el ruidito del despertador cuando las manecillas llegan a la hora en que tengo programada la alarma...por si un día me duermo. Y luego intento dormir, ahora sí, hasta las nueve, hasta las diez... Pero no descanso. Y lo sé la noche anterior.
Y sé que cuando por fin me adapte al horario de vacaciones ya será domingo... y sabré que no quiero volver al trabajo.
Es la primera vez, la primera empresa, en mi vida en que me pasa eso. Y lo curioso es que cuando hablo con alguna compañera (esas raras ocasiones en una empresa donde se busca la incomunicación) me dice exactamente lo mismo: llega la víspera a su regreso tras unas vacaciones y el cuerpo le grita que no quiere regresar al trabajo...

Todo lo demás va mal, o no va.
Llevo dos días en casa... y no he hecho apenas nada. Tengo que lavar, planchar y guardar la ropa de invierno (ya no creo que vuelva el frío como para necesitar abrigos y bufandas), tengo que ordenar y limpiar la terraza, incluso quería pintar la barandilla.... y no he hecho nada más complejo que regar el lilo, el naranjo y el rosal enano. Me duelen los huesos. O las articulaciones, o no sé bien el qué, pero me duele.
El corazón también me duele. Aunque sepa que no puede doler, a mí me duele. Y a veces me falta el aire y no es solo de noche y no es solo por la alergia primaveral.

No sé. Y tampoco sé qué hago escribiendo aquí, en este blog donde siguen cerrados los comentarios y donde no pienso volver a abrirlos. De donde he tenido que retirar el enlace al correo porque hasta allí se me colaban los trolls. En este blog que ya no sé si es diario personal, cubo de basura anímico o qué.

Ayer fue catorce de abril.
Y, por un momento... Por un momento recordé algo. Y también tuve la sensación de que había perdido en algún sitio una parte de mi vida. Porque me resulta imposible creerlo, pero los calendarios dicen que han pasado cuatro años... y yo no sé porqué sigo en el punto de partida. O aún antes de algunos sentimientos que existían aquellos días, hace, sí, cuatro años...

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12 Abril 2014

Espinas.

A veces manipulando los cactus me pincho con ellos.
En esos momentos, muchas veces ni me doy cuenta. Si acaso, me llevo un instante el dedo dolorido a la boca y sigo con lo que esté haciendo: recolocándolos, aplanando la tierra tras el riego, quitando de entre las espinas el resto de una hoja de geráreo o un hilo llegado de un tendedero lejano.
Es más tarde cuando me sorprendo frotando ese dedo atacado, el dorso de la mano enrojecida. A veces, basta lavar bien la mano con agua caliente y jabón neutro y deja de doler o esas espinas que en el cactus parecen plumitas y en la piel son finísimas agujas se mojan y se van con el agua y ya está. Pero otras veces hay espinas resistentes que siguen ahí clavadas durante horas, y necesito unas pinzas y agudizar la vista para conseguir arrancarla...
E incluso después sigue doliendo. Hasta días después: se reactiva el dolor y vuelvo a buscar restos de una espina que ya arranqué. Y no hay nada, nada más que el recuerdo del dolor que de pronto parece un dolor nuevo.
Imagino que la primera vez que me pinchó un cactus me dolió, fui a por la botella del alcohol, seguí recordando el dolor del pinchazo o del arañazo. Porque la primera vez siempre es inesperada y nos pilla sin defensas...

A veces sus palabras duelen. No en el momento en que me habla, ya no, porque supongo que el tiempo me ha creado un escudo, un callo alrededor del corazón, y le oigo y le escucho, pero aunque entienda sus palabras y lo que en ese momento ha dicho, esas palabras que hacen daño no me lo hacen, no en ese instante. Será luego, cuando las recuerde. Cuando ya no esté, porque también su presencia es como una anestesia. Si está no me duele nada.
Imagino que la primera vez que sus palabras me hirieron no pude disimularlo. No pude ocultarme ese dolor a mí misma. Y quizá recurrí al agua caliente y la espuma de la bañera, o al alcohol que son a veces las lágrimas. Porque también me pillaría sin defensas, sin la coraza que el tiempo me ha creado alrededor del corazón.
Porque supongo que en aquellos días aún algo en mí creería que esto era una historia de dos. Y algunas palabras que lo desmentían me hacían daño.

Nunca planifiqué nada. En algunos asuntos, no he planificado nada en toda mi vida.
Pero..., no sé. Incluso de forma inconsciente..., a veces se fantasea.
Porque imagino que hubo un tiempo en que llegué a creer que esto era una historia de dos. Y no, no lo es. No lo ha sido nunca. Imagino que hubo un tiempo en que ni se me ocurrió pensar que no me quisiera, o que no llegase a quererme... Pero creo que ese tiempo duró poco.
A veces algunas palabras han sido como un cuchillo fino, muy fino. Como una aguja. Y se me han clavado en el corazón. Y he tenido que arrancarlas. Pero siguen doliendo, tiempo después siguen doliendo aun un rato largo. Incluso cuando ya no las recuerdo, incluso cuando su voz me ha servido como anestesia y su piel me ha curado cualquier miedo. El recuerdo del dolor me asalta y duele, y a veces ni sé porqué. Pero sí, claro que lo sé.

Yo llevo más de tres años con él. Él no ha estado nunca conmigo.

La última vez que durmió en mi cama volví a confirmarlo. No sé cómo la conversación llegó hasta ahí. Algo sobre su cuerpo, un comentario suyo mientras le acariciaba sobre que hace tres años estaba más delgado o más fuerte o no sé..., no sé bien. Y mi réplica: no, hace tres años estaba más o menos como está ahora. Y su extrañeza: cómo iba yo a saberlo, si hace tres años yo no le había visto más que vestido...
La primera noche que pasó conmigo fue a principios de enero del año dos mil once. Tres años y casi tres meses antes de esta última noche, de ese comentario.
No lo recordaba.

Imagino que siempre he sabido que no era la única. Que había otras antes y durante, que las habrá después de mí. O...
O ni siquiera eso es verdad. No las ha habido al mismo tiempo que yo. Yo no he contado nunca.
Esto nunca ha sido una historia común.

La primera vez que vino a mi casa terminamos durmiendo juntos. Bueno, él creo que sí durmió..., yo no lo hice en toda la noche. Verle a mi lado me parecía un milagro.
Aquella vez fue un 'por fin vienes a dormir conmigo' tras meses de tonteo y de planificar-aplazar el momento. Lo nuestro tenía un punto como de noviazgo antiguo...entre dos personas que nunca se plantearían ese tipo de tradiciones. De quedar a la luz del día y del mundo para tomar café y estar tres horas frente a una taza y una segunda y a veces una tercera y varios vasos de agua y que se hiciera de noche... y volver entonces yo a mi casa cruzando media ciudad y un río, e irse él... me daba igual donde. Horas de conversación. También telefónica. Muchas palabras, mucho juego dialéctico. Planes que podían o no ir en serio, amenazas o promesas de qué me haría o qué le podía hacer yo.
Coqueteo. Muchas palabras. Mucho sexo dialéctico.
Terminar desnuda a su lado era la meta lógica. No planifiqué nada, pero nada me había parecido tan esperable.

Hace mucho tiempo que no quedamos para tomar café. Hace mucho tiempo que no hablamos de sexo, que no hay frases con doble sentido. Que no le sorprendo mirándome de reojo el escote.

Creo que también hace mucho tiempo que en realidad sé que ni siquiera le gusto. Aunque me niegue a aceptarlo.
Aunque lo entienda, porque lo entiendo. Porque hay otras y lo sé y lo he sabido siempre. Lo sabía antes de que me lo confirmase. Y hay otras y es normal que le gusten más que yo, que probablemente no le he gustado nunca.
Por eso nuestra relación ha sido así. Por eso en el fondo tanta cancelación y tanto aplazamiento inicial. Por eso nunca ha querido algunas cosas conmigo, también o tampoco en la cama, porque ya me dijo que según quien sea nos quiere para una u otra cosa, y conmigo..., en fin, qué más da.

A veces me sobrevolaban estas ideas... y las ahuyentaba. Las espantaba como se espantan esas moscas pesadas que no saben qué hacer cuando refresca en la calle y zumban cerca de lo que emite calor. No quería pensar en ello, no quería creerme algunas cosas.
Que por su parte no hubo más allá de la simple curiosidad. Nunca fui otra cosa que la persona que se sentaba a su izquierda siete horas y pico al día durante algo más de seis meses en la que considera la peor etapa laboral de su vida. A veces he pensado que cuando me ve le hago recordar aquello, y me tengo que sacar a toda prisa esa idea de la cabeza porque entonces..., da igual.

A principios del último octubre vino a pasar la noche conmigo y durmió casi toda la noche en el sofá.
No sé las horas que pasé llorando mientras le esperaba en la cama.
Cuando empezó a amanecer fui a buscarle. Me quedé dormida mirándole. Cuando desperté y le vi a mi lado se me había pasado todo, como se me olvidan las peores pesadillas cuando tras alguna consigo dormir un rato, sueño sin sueños.
Ésa es casi una anécdota. No duele.

Pero si algunas palabras. Palabras que duelen a veces mucho tiempo después. Horas. También semanas o meses. Duelen cuando me doy cuenta de qué me estaban diciendo. Duelen porque se infectan, como esas espinas de cactus que a veces se me clavan mientras, confiada, los manipulo por rutina, sin recordar que por mucho que los conozca tienen esa capacidad para hacerme daño.
Aunque tampoco lo hagan a propósito. Aunque no quieran herirme, como también pienso que nunca ha querido herirme él.

Porque aunque sepa que no me quiere, también sé que nunca ha querido hacerme daño.
Al menos, de eso sigo estando segura. Completamente segura.

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5 Abril 2014

Y sin embargo...

No, no puedo prescindir de él. No puedo sacarle de mi vida.
Todo va mal. Mi trabajo no es pésimo... es peor. Creo que las condiciones laborales que tenemos rozan lo delictivo, porque no es legal que nos hagan trabajar muchas más horas de las estipuladas en el contrato, que tengamos que trabajar festivos 'porque sí'... Lo último es que vamos a trabajar el uno de mayo. No, el negocio no se dedica a la hostelería (porque ese día no abre ni el comercio). Vendemos seguros por teléfono. Diría que estoy alucinando con la noticia...si no me hubiese acostumbrado en estos últimos casi cinco meses a ir de despropósito en despropósito...
Mi situación con Hacienda es preocupante. No solo por la deuda, por no saber si me la van a poder aplazar, por temerme que este año me vuelva a salir a pagar... sin tener ahorro para ello (actualmente tengo más gastos que ingresos, y no hay perspectiva de mejora), sino por todo. La situación me angustia. Me digo que al fin y al cabo es solo dinero, que soy insolvente y lo peor que me puede pasar es que no pueda financiar nada en mi vida..., pero también sé que es una de las razones por la que duermo mal.
Mi salud tampoco es buena. Miro para otro lado, me repito que es la edad, que es la alergia, que es el cansancio acumulado. Pero temo que simplemente me estoy dando excusas. No estoy bien, no es normal tanto cansancio, no son normales algunas señales, algunas evidencias físicas. Miro para otro lado, pero no estoy bien.

Y sin embargo... Sin embargo lo que más me preocupa es él.
Ayer..., ayer estuve muy a punto de decirle que era la última vez que nos veíamos. Y..., y no, no puedo. No puedo estar sin verle. Sin saber cómo está, sin desear por encima de todo que esté bien.
Soy una egoísta.

Por un momento, pensé en hacer eso. O.., no sé. Simplemente no hacer ni decir nada. Simplemente saber que era la última vez que le veía. Despedirme de él en el metro, como siempre. Darle dos besos, salir del vagón sin mirar atrás... No decirle esta vez un 'sí, hablamos mañana'. No decir nada más. Quizás atreverme por fin a despedirme besándole en los labios: total, qué más iba a dar saber que no le gusta, si no iba a tener otra ocasión...
No soy capaz. Cuando le tengo cerca no me imagino el futuro, siquiera el inmediato, sin él.
Soy una egoísta.

Porque sé que mi preocupación por él también es eso: egoísmo. Necesidad de saber que está bien para sentirme yo mejor.
Y no está bien y yo no puedo evitar preocuparme. Mucho. No le veo bien y de pronto hay algo ahí... en un lugar que no puedo ubicar, pero que me duele.

Con el tiempo he ido admitiendo, íntimamente, muchas cosas. Que no es nada mío y no lo va a ser nunca, porque él lo decidió así. Que hay muchas cosas que no han pasado y que nunca pasarán, porque él no ha querido que pasaran. Me he acostumbrado a que nuestras conversaciones ya no sean lo que fueron un día. Todo eso lo he ido admitiendo... porque las evidencias es lo que tienen: son evidentes.
Pero no puedo vivir sin él. No puedo vivir sin saber cómo está, sin verle siquiera un momento un par de veces al mes, sin escucharle hablar al otro lado del teléfono un par de veces por semana.

Necesito que esté bien, y no lo está.
Muchas veces le dije que necesitaba dedicar tres días seguido a descansar. Hubo un tiempo en que eso era una propuesta...con otros matices. El 'necesitas pasar cuarenta y ocho horas sin salir de la cama'... también implicaba otras cosas...
Nunca he dejado de pensar eso: que necesita descansar. Que necesita siquiera un fin de semana para eso, para dedicárselo a sí mismo. Pero también hace tiempo que ya no me incluyo en ese plan.
Necesita descansar, necesita que alguien le cuide y le mime durante eso, siquiera ese tiempo.
Pero ya ni siquiera pienso que conmigo.
Da igual.

Las cosas no van bien. Nada va bien en mi vida.
Y, sin embargo, nada me importa ni me preocupa más que él. Que el hecho de querer que él sí esté bien. Que, como escribí hace casi cuatro años, desear que le vayan bien las cosas, que sea feliz...

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4 Abril 2014

Saber que no habrá más noches con él.

Algunas noches me siento tan sola... que simplemente eso hace que me cueste dormir.
Y tiro de las sábanas buscando qué sé yo..., taparme. Y tengo calor, pero estoy tiritando por dentro...

Y sé que ese vértigo que siento es miedo. El miedo y el vértigo que me da la seguridad de que el resto de mis noches serán así. Que conseguiré dormir porque me podrá el sueño, porque estaré demasiado cansada, porque dormir es una necesidad física y ya está. Pero cuando cierre los ojos estaré sola y lo estaré al abrirlos.

Algunas noches me siento tan sola que...
Anoche me trasladé a la cama desde el sofá con la rana de felpa. Creo que solo dos o tres veces he hecho esa tontería, ese gesto absolutamente infantil por parte de alguien que ni recuerda en qué momentos de su pasado fue una niña. De quien nunca tuvo miedo a la oscuridad, supongo que porque nunca se planteó que pudiera tener ese miedo. De quien nunca tuvo que dormir con un juguete ni durmió nunca acompañada. Un gesto absurdo, sí.
No sé qué haré esta noche. Es difícil tomar algunas decisiones...

No. Tomarlas ya no es difícil, porque algunas ya están tomadas. Es difícil ejecutar algunas decisiones, realizar algunos actos, decir algunas últimas palabras.
Decir adiós cuando lo que quieres es otra cosa. Cuando lo que has deseado es pasar a su lado el resto de tu vida, cuando habrías sido capaz de cualquier cosa por ello. Saber que ya ni siquiera podrás fantasear con algo similar, porque ya no hay nada, porque hace mucho que dejó de haberlo. Porque ya sabes que ni siquiera le gustas.
Es difícil saber que sabes todo eso, es difícil dormir cuando sabes lo que hay y simplemente lo que hay es la nada.
Cuando sabes lo que todavía sientes y sabes que ya no hay nada por su parte. Ni siquiera el menor interés.

Tomar decisiones que duelen. Poner punto final. Saber que no habrá más noches con él.
Y saber que tienes que seguir durmiendo, pese a todo, porque no se puede vivir sin dormir.
Cuando nada te habría hecho más feliz que poder verle al despertar, siquiera de vez en cuando.

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2 Abril 2014

Un día más. O un día menos.

Cansada y aburrida.
También de contar siempre lo mismo.
De trabajar en un sitio espantoso. De tener un sueldo que no llega a ser ni de supervivencia. De pasarme el día hablando, pero realmente pasar días y días sin hablar con nadie.
De ver como se me pasa la vida, de como se me escapa a chorros y no poder hacer nada, no poder aprovecharla.
De saber que ya no habrá nadie más en mi corazón. Que no podré desear cuidarle o que me cuide. De que no volverá a pasar otro tren, mejor dicho: sí, si pasarán más trenes, pero yo ya no podré subir a ninguno. No me quedan fuerzas, no tendré la capacidad de subirme en marcha, no esperarán para dejar que suba.
No es fácil admitir algunas realidades. Cuesta. Cuesta tiempo, trabajo, lágrimas.
Pero para algunas ya he tenido ese tiempo, aunque durante meses, muchos meses, me empeñase en mirar para otro lado, en querer creerme que igual esta vez sí podría ser. En que yo seguía siendo otra, en que seguía siendo quien fui un día. Y..., y han sido muchas lágrimas. Muchas noches sin dormir.
Aun me quedarán muchas de ésas. Lágrimas y horas de insomnio, porque todavía hay momentos que..., que me resisto a creerlo y a resignarme.
Pero ya está. Ya está.

Algunas mañanas, cuando salgo a la terraza, me pregunto qué hago allí. Cómo he llegado a esto, a esta soledad absoluta. Y de pronto siento un vértigo terrible. Y vuelvo al sofá.
Vértigo. El vértigo que no me da la altura, ver la calle desde allí, ver amanecer a mi izquierda.
El vértigo de saber que ya siempre será así. Que no habrá un futuro donde amanezca acompañada mañana y pasado y cada día de la próxima semana.

Dos de abril de dos mil catorce. Un día más o un día menos.
Ya dan igual las fechas. Y hasta empiezan a dar igual las matemáticas.

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1 Abril 2014

Fin de marzo.

Vuelta a la rutina laboral. Una insoportable rutina a la que es imposible que me consiga acostumbrar.
He entrado a las diez de la mañana y he salido a más de las diez de la noche. Con su hora y pico de 'pausa única' a mediodía.
Este sábado me toca trabajar, por lo que se supone que hoy debería haber descontado la primera de las cinco horas que me tocará trabajar. En vez de eso...he tenido que quedarme una hora más, hasta las diez de la noche.
Igual también lo he soportado porque en mi cabeza sigue el 'horario de invierno'. Digamos que aunque ahora mismo el reloj diga que son las doce y media...en mi cabeza es una hora menos. No sé. La verdad es que estoy exageradamente cansada.
He llegado a casa a más de las once. Lo primero que he hecho es llamarle: la última vez que hablamos fue una de esas conversaciones de apenas cinco minutos: tenía la garganta con uno de esos procesos que le dejan casi sin voz... Es curioso: me preocupa tanto que si sé que no está bien... priorizo eso por encima de casi todo. Y conocer que esté mejor hace que también yo mejore, esté como esté.
Así que hoy en cuanto he llegado le he llamado. Sin más. Sin quitarme ni las botas de goma que me puse esta mañana temiendo que fuesen reales las anunciadas lluvias torrenciales en la zona centro. Sin nada más que dejar el bolso sobre una silla y la gabardina sobre otra.

Creo que en ningún momento me ha llegado a preguntar cómo estoy yo. Ha sido otro de esos casi monólogos sobre el pésimo...o peculiar, o ya no sé ni como definir, funcionamiento de su empresa. La misma en que nos conocimos, hace cuatro años y medio. La misma que nos despidió hace cuatro años y un día.
A veces..., a veces pienso que es lo único que de veras le importa. Y que la única razón por la que siguió en contacto conmigo aquel verano de 2010 es que yo volví a trabajar allí. Sé que es una idea absurda, pero...
Pero..., da igual. Le llamo para saber cómo está, y sé que parte de ese 'como esté' implica su trabajo.
Cada vez hablamos menos.
Y me he terminado acostumbrando.

Estoy tremendamente cansada. Y termino pensando en tonterías. No, no es lo que más le importa, de eso también estoy segura. Aunque sí sé que le importa mucho más que yo.
Todo le importa mucho más que yo, pero también a eso hace mucho que me acostumbré.

Estoy cansada. Agotamiento físico.
Mañana será otro día horroroso como el de hoy, lo sé.
Y seguiré sintiéndome igual de sola.

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Sobre mí

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Diario de una vampiresa en paro

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He sido ex-vampiresa durante los últimos años. Lo que significa que vuelvo a entrar en el juego..., y quiero volver a ser quien fuí.
Lo que pasa es que, para reengancharse hace falta tiempo..., y para eso el periodo de "en paro" viene bien.

¿Más sobre mí, ahora que ya llevo una temporadita aquí? Pues que me gustan los gatos, adoro la música, no me gustan los intransigentes, ni las mentiras (y menos las que busca dañar a otros), que aprendí a leer con dos años, a escribir con tres, que hablo por los codos desde siempre..., que considero vital la comunicación (al parecer desde que nací)
Que con ocho años me regalaron una cámara de fotos y no sabría vivir sin poder reflejar el mundo en imágenes...
... y que mi profesión no tiene NADA que ver con todo esto que he contado...: soy una contradicción en hiperactiva y privada sesión contínua...

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Esta foto de la Luna es de la noche del eclipse de principios de marzo del 2007... aquí ya casi está "deseclipsada"



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