Esto más que un post, artículo ó...., ó, bueno, texto publicado en un blog como el mío y con la idea en que fue creado (el blog, digo), creo que va a tener más de ese formado tipo "¿qué está haciendo ahora bruxana?" que aparece en esas páginas que llaman "redes sociales" (y que a mí me parecen más "escaparate exhibicionista" que otra cosa..., aunque, en fin, es que yo no me termino de apañar en determinados formatos)
Ando con el coche "de médicos". Porque yo tengo coche (ya hablé de él alguna vez). Llevo sin conducir como 9 años y pico, pero tengo coche. Y éste asegurado a todo riesgo. Cada vez que he tenido que hacerle algo, ya sea por cuenta del seguro ó a cargo personal, lo he llevado al concesionario donde lo compré, que es también taller oficial de la marca. Lo llevaba allí por comodidad, porque siempre me lo trataron muy bien (y a mí también me trataban estupendamente), porque al ser "taller oficial" no cabía el tener que estar esperando piezas del extranjero (excusa torpe que se suele emplear cuando los trabajos se retrasan por desidia) y porque, como sé desde que lo compré, el tema "chapa" tiene que pasar por ellos, puesto que el coche tiene un color exclusivo (es un Twingo, y los colores de los Twingos no son normales. El del mío, verde eneldo metalizado, sólo se empleó en una breve serie de estos coches del año 98, que es cuando yo lo compré). El tema es que, para abreviar, una serie de desperfectos (rotura del espejo retrovisor, robo de una llanta, un par de golpes) me llevó a dar parte. Y, claro, primero puse la denuncia "por vandalismo". En fin: casi una hora en la comisaría, dar parte en la aseguradora (menos mal que tengo una sucursal frente al trabajo..., ó eso creía yo, que era una ventaja), hacer planes para llevarlo al taller... Y, oh, sorpresa: lo han cerrado. El concesionario Renault del municipio donde vivo era casi una institución. Era tan grande (dos plantas, taller de chapa, de pintura, de mecánica, boxes, lavado de autos, oficinas, la parte comercial de nuevos y usados, todo el parking...) que, además, era una referencia para indicar dónde estaban algunos sitios... Bueno: pues que lo han cerrado. Ignoro el porqué (me terminaré enterando). El caso es que, como ya tenía avisado cuándo iría el perito... pues deprisa y corriendo a ir a la sucursal de la aseguradora donde habitualmente daba los partes (que también me trató siempre muy bien, dicho sea de paso). Y que ésta me recomendase un taller. En fin: el caso es que el Twingo ha terminado en un taller de lo más "típico", con sus posters de tías ligeritas de ropa y tal (eso no pasaba en el oficial, donde hasta los mecánicos iban impolutos. Allí el único poster venía a ser el del coche de Alonso, vamos). Donde al dueño sólo le faltaba el palillo entre los dientes, porque creo que el lápiz en la oreja sí lo llevaba (ó igual era un cigarrillo, no sé). Ayer lo dejé, arrepintiéndome casi al instante, pero es que ya que estaba en materia... y con el poco tiempo que tengo, pues... Hoy les llamó, y me empieza a explicar que si el perito no tiene nada claro, que si tiene que mirar el "parte del accidente, porque hay cosas que no le cuadran". ¿Accidente? !!!Pero si es un parte por vandalismo!!! Además, considerando que tengo el seguro a todo riesgo... como si le quiero dar con un mazo, vaya... Mañana volveré a hablar con la aseguradora. Y si es posible y doy con un taller oficial en la zona..., pues que me llevo el coche. No sé: es que eso de que en un sitio hagan bien las cosas es tan complicado... que así tengo el mosqueo que tengo. Que en el "hospital para coches" donde siempre atendieron a mi guisante las cosas se hacían bien, rápido, sin problemas. Que estoy malacostumbrada, vaya. Que cuando lo que he encargado es un trabajo, que se va a pagar por él (en este caso, la aseguradora. A la que pago un pastizal anualmente, que me habría dado para un Twingo y medio nuevo con lo que llevo pagado en seguro), esa actitud de casi "te voy a hacer la reparación... pero ya veré cuando", pues como que no. Y ésa es la desagradable sensación que tengo desde que llevé ayer el coche al taller...
En otro orden de cosas, el pc me está dando muuuuchos problemas. Tantos que paso horas dándole a la tecla de encendido hasta que por fin funciona. Por lo que, encima, tampoco puedo actualizar cuando creo tener tiempo. Esta mañana he conseguido encenderlo tras hora y media de intentos... y encendido que se va a quedar, mínimo, hasta el domingo. Ya, ya sé que gasta luz... pero considerando que no suelo estar apenas en casa, lo ahorrado por lo gastado.
Y el trabajo... pues sigue ahí. Entre el absurdo y el surrealismo. Cada vez tengo más claro que este tema merece un blog aparte, francamente.
Ya, ya lo sé. Que no me debo quejar (y no me quejo), que tal y como está el tema, lo de poder decir "tengo trabajo" es todo un lujo. Y que quién mejor que yo misma para saberlo, que he estado año y pico sin ingresos de ningún tipo (de ninguno: ni subsidio de desempleo, ni ayudas autonómicas, ni pareja aportando en casa... ni nada de nada. Así que sí: he vivido de las rentas. Mejor dicho: no me quedó otra que "fundirme" el ahorro de años trabajando. En fin...). Pues eso: que soy plenamente consciente de que al fin y al cabo tengo un trabajo... y que no está la cosa para andarse con experimentos. Y precisamente por esto último es por lo que aguanto, soporto... y sigo en el mismo sitio. Pero eso no quiere decir que me guste. Que no me gusta.
Ni siquiera se me da mal. Tengo días mejores, días peores, días pésimos y días de resultados que rozan lo espectacular. Y es que nunca fuí demasiado estable, para qué negarlo. Mejor dicho: soy tremendamente estable cuando lo que se analiza es el medio/largo plazo. Pero si el asunto va de "medir" el día a día..., lo dicho: soy el caos con rimmel. Tengo asumido en qué consiste esto: intentar que clientes de determinada multinacional decidan, voluntariamente, adherirse a la promoción de determinado seguro del que les estamos informado de su existencia (es todo un eufemismo: digamos que en realidad nuestro trabajo no es otro que vender seguros por teléfono..., pero como se supone que no se puede vender seguros por teléfono -es todo así de absurdo- pues nuestro fín es eso, que nos los compren. Pero sin poder asesorar, ni dar opiniones personales, ni decir que les vamos a "suscribir la póliza", ni... Ya digo: el colmo del eufemismo). Pues nada: que vendo seguros. Es más, que en septiembre fuí la tercera en resultados del grupo (tuve una primera quincena espectacular... y una segunda desastrosa. Porque de haber sido todo como la primera quincena... igual había batido algún record ó algo. Además de eufemístico, esto es absurdo. Mucho). Pero no me gusta.
Estar ocho horas, menos sus descansitos, sentada con el casco-diadema-teléfono puesto... me produce sopor. Llego, a la una, a regañadientes. Me siento a regañadientes. Y mirar el reloj del pc, y ver cómo indica que son apenas las 13:15... cuando a mí ya me parece que llevo una hora allí, y entender que me quedan por delante esas casi ocho horas..., lo dicho: porque el tema está como está en el mundo laboral..., que sino, ahí iba a seguir yo sentadita... Agggg....!!!!! Encima, hay días así, como hoy. Días en que me levanto y tengo que ir a hacer algunas gestiones personales, bancarias. Y veo que a las diez de la mañana hay "vida" en la calle. Que se abren los comercios, como yo abrí los sitios en que trabajé durante años. Y me produce desazón y desasosiego verme "fuera" de esa rutina que reconozco como propia. Y me veo pasar, reflejada en los escaparates, y no sé qué hago que no estoy trabajando en lo que me gusta. Y no reconozco a esa extraña que va con el chandal y los mocasines y la pinza en el pelo y la cara lavada, y que no es quien debería ser y no está donde debería estar. Y sé que tendría que estar al otro lado, cruzar el espejo y volver a mi mundo..., pero no sé dónde puse la llave, dónde apunté la contraseña ó cómo se fabrica la pócima que me haría pequeñita y me permitiría pasar al otro lado a través de la cerradura...
Y sólo me queda la realidad, que es lo que hay y no hay otra cosa. Y la realidad es volver a casa y desayunar tan tarde, y disfrazarme de alguien que se parece más a mí y que ya sí que podría estar al otro lado del espejo con ese disfraz, pero que no lo va a estar. Y salir con prisa y con los ojos perfilados a coger el tren, y cruzar media ciudad, y pasar sobre el río estancado, y bajar al metro, y convertime en una mota de polvo dentro de la oruga que me lleva al destino donde pasaré ocho horas, y saldré ya de noche, y cansada, y sabiendo que mañana será lo mismo, y lo mismo la próxima semana, y el mes que viene, y... Y casi peor si no lo es. Si deja de serlo y no hay otra cosa. Porque el puñetero problema es que no puedo dejar de trabajar. Y mi único pataleo es éste: poder decir, disfrazada de bruxana, que no me gusta mi trabajo...
En fin. Que casi es jueves. Y que, al menos, esta semana ha sido más corta. Y que no trabajo los fines de semana. Habrá que intentar tomárselo así.
Ahora no son ni las diez de la noche y lo que estoy es muerta de sueño. Puñeteros biorritmos. Y puñetero horario laboral. Porque el haber estado hiperactiva no ha sido sinónimo de haber hecho tantas cosas que ahora arrastre una lógica fatiga que me haga anhelar la cama, no. Mi hiperactividad ha sido poco menos que encarcelada día a día en ocho horas de aburridísimo y sedentarísimo trabajo, más las casi tres horas de itinerario dedicado a la ida y vuelta diaria a ese trabajo. Vamos, que yo claro que me levantaba con una energía desbordante, unas ganas locas de ordenar, limpiar, archivar, planchar, recoger, tirar, hacer, hacer, hacer..., pero a las once y media ya no me quedaban excusas para aplazar el inevitable ritual de vestirme medio-adecuadamente, darme el rimmel..., en fin, lo de todos los días para salir corriendo casi a las doce (encima, esta semana casi todos los días he tenido que, eso, correr. Y es que tenía tantas cosas que hacer, tantas ganas de hacerlas... y tan poquitas de irme a pasar el día atada al auricular-diadema del teléfono, que...)
Así que ahí estaba yo: sentadita en mi silla giratoria, con el casco-teléfono, el boli, el cuaderno... y reconcomiéndome por dentro viendo que hasta las nueve de la noche no podría salir de allí... mientras repasaba la de cosas que tenía que hacer en cualquier otro sitio.
El hecho de tener "nombre de guerra" ( lo de presentarnos todas con el mismo nombre a la hora de llamar a los clientes, me refiero) he terminado por emplearlo como "arma de defensa psicológica". Ó algo similar. Vamos, que me mentalizo de que la que está ahí no soy yo, sino la tal Inés ésa a la que no conozco, a la que se le da muy bien eso de vender seguros inútiles a clientes que ni los necesitan ni han preguntado por ellos..., y, no sé. Imagino que funciona. Al menos, consigo no "llevame trabajo a casa". Y eso viniendo de una adicta al trabajo durante tantos años (sí: "me llamo bruxana y soy trabajocólica". Bueno, menos mal que no soy estadounidense ó que esta modalidad de terapia de grupo para esa adicción aún no se trata aquí, que yo sepa), pues eso, que el hecho de haber logrado aborrecer el actual trabajo y no soñar con él (pero nada de nada) ni obsesionarme con alcanzar mejores resultados; es más, ni con alcanzar los que nos piden..., pues ya digo: que tiene más mérito de lo que puede parecer.
El lunes y el martes la tal Inés estuvo "missing". Ó vaga. Ó enferma. Ya digo, es que no tenemos mucho trato y no estoy del todo segura. Porque yo ya digo que andaba hiperactiva y bastante sana, pero a tenor de la productividad de esos días, deduzco que a la tal Inés le pasaba algo. El miércoles reapareció, a lo grande. Como ella suele de vez en cuando. Y es que mi Inés es muy irregular: lo mismo se pasa tres días seguidos que no vende una póliza, que se despacha siete en cinco horas y se queda tan pancha. Así no hay quien haga planes, claro. Porque la tal Inés Irregular ésta es la que trabaja, pero la nómina y la cuenta donde me la ingresan va a mi nombre. Y con ese comportamiento tan bipolar a ver quién hace planes de nada...
La empresa para la que trabajo es tan.... ¿surrealista? ¿absurda? ¿creativa?, me cuesta precisarlo, que en realidad merecería que le dedicase un blog sólo a ella. Porque con una categoría en éste no bastaría. Además, podría estar enredando demasiado los ovillos..., yo me entiendo. Pero, para muestra breve, un botón: semana pasada, día temático: jalogüín (vale: halloween). No es que se hiciera fiesta como tal, pero se planteó que se podía ir disfrazado..., y que el mejor disfraz recibiría como premio un día libre. Considerando que en esta empresa si se pierden "x" horas para ir al médico te las descuentan aunque traigas justificante, ó, para ser más exactos, tienes que trabajarlas extra para recuperarlas..., pues eso, que lo del día libre es más importante de lo que parece. Como la mitad de la plantilla fue más ó menos disfrazada. Un grupito se puso de acuerdo para ir en plan "cuadro de terror". Y ganaron, claro. Por lo que supusimos que el premio sería de un día libre para cada uno de sus componenentes... ¡¡¡ Qué ilusos!!!! Obviamente, se dá el día libre prometido... a repartir en horas entre los disfrazados/premiados. Y, ojo, que no coincidieran a la vez en las horas a disfrutar cada uno como premio... Pues eso. Y como esto, muchas cosas....
En fin. Que es viernes. Que mi horario ha sido de diez a cinco (y algo, que mi Inés casi todos los días viene a ser la última en irse: algo de la antigua adicción mía le debe quedar) de la tarde. Que me desperté a las ocho de la mañana, que no es exactamente madrugar. Que creo que la hiperactividad se me ha pasado sin poder sacarle demasiado provecho (mis hormonas es lo que suelen conllevar: días salvajes de desear limpiar, limpiar, limpiar..., agggg. Y días de desidia total). Que tengo por delante un fin de semana de tres días: el lunes es festivo en Madrid capital.
Mis vecinos tienen una enorme perra pastor-alemán como guardián. Yo tengo una impresora.
Veamos: esto al final ha sonado muy raro. Y es que pretender que una frase (dos, para ser exactos) a las que he llegado en plan "colofón" intentando encontrar un modo breve de redactar un post-resumen-de-situación..., pues eso: que suena raro. A ver cómo lo explico:
Como he repetido muuuuchas veces (y ése es el tema, que no quería repetirme), tengo el blog bastante abandonado. La excusa/explicación es mi falta de tiempo. No porque no lo tenga (a ver, me voy a trabajar a las once y pico, doce, del mediodía: si quisiera, podría actualizar antes. Y regreso a las diez y pico, once, de la noche, y no me acuesto hasta bien pasada la una, casi más cerca de las dos, de la mañana: podría actualizar perfectamente en ese tiempo) sino porque me puede la pereza, el cansancio..., y porque cuando me vienen las ideas suelo estar en el tren, en el bus, frente a la pantalla del pc del curro y con los cascos puestos. Y claro que puedo tomar notas. Incluso redactar el post enterito a mano. Pero..., la verdad es que me he vuelto vaga. Y la étapa de "pasar apuntes" me pilla muy lejos (yo, que era de las que anotaba a toda prisa... y luego hacía unos "apuntes a limpio" para uso y disfrute ajeno, vamos, de premio), y, francamente, la idea de ponerme a las doce de la noche a "copiar", borrador del post sobre las rodillas..., pues como que no. Por lo que, como he repetido tanto que hasta casi dan ganas de dedicarle un apartado/categoría independiente al blog: no tengo tiempo para actualizar en condiciones.
Como también he repetido/relatado otras veces, vivo por temporadas rodeada del más absoluto de los caos. Físico y estético, me refiero. Vamos, que como dije antes, me voy a las once y pico..., pero admito (a ratos con mucha vergüenza) que no, que no madrugo. Que raramente me estoy levantando antes de las diez. Y que si lo hago es porque me toque ir al Banco ó algo que obligue a estar antes de determinada hora, que sino..., como que no, vaya. Por lo que entre que me ducho, preparo café, caliento leche, desayuno, oigo un rato la radio (lo hago al mismo tiempo que todo lo anteriormente dicho y lo que enumeraré a continuación), preparo el sandwich de la hora de comer, lleno la botellita de agua (ya sé que podría tenerla siempre en el trabajo y no ir cargada con ella..., pero basta que me la olvide para sentir sed por el camino, qué tontería más tonta, cuando lo del agua es casi una novedad en mi rutina), darme la hidratante, vestirme, darme el rimmell, peinarme, calzarme, echarme el perfume (ando ahora con una vesión "fresca" de "Nina", la del frasco-manzanita) y toda la rutina habitual..., pues eso, que no hago nada. Pero nada/nada. Además, sé que para mí el hecho de no fregar la taza del desayuno en plan "por un día no pasa nada" es un peligro: se pueden acumular las de dos ó tres días, con los platos de cena (bien limpitos de residuos y pasados por agua, eso sí). Y con poco se llena el fregadero. Y aumenta mi desidia. Y lo mismo con la ropa limpia pendiente de plancha y/ó armario, con los periódicos usados, con... En suma: que llego al sábado rodeada por el caos. El que nunca hubiera imaginado me terminase por rodear, con lo metódica que siempre fuí con mi entorno...
Uff...
Por otra parte, el pc sigue a lo suyo. Esto es: algunos días se enciende al 8º intento (ó más) tras apagar/encender desde la tecla trasera, abrirlo para comprobar que los ventiladores no tienen nada enganchado, desesperarme, hacer tiempo mientras me desmaquillo, regresar, quitarme la ropa... Así que si llego con alguna gana de escribir, pues como que se me pasan. Y llegado a este punto empieza a tener sentido lo de la impresora-guardiana:
Mi impresora es una multifunción. De las que te fotocopian en b/n y color sin necesidad de pc, te imprimen fotos y todo tipo de documentos desde el pc, te escanean cualquier cosa y te reciben/envían fax. Completita. Obviamente, la tengo conectada al pc. Y éste al modem del adsl. Pero la multifunción, salvo que haya descargado fotos en el pc (también tiene ranuras para leer tarjetas. Y menos mal, que no tengo ni idea de dónde está el cable que para este fin venía con la cámara) está apagada. Siempre. Enchufada a la electricidad y conectada al pc, pero apagadita. Bien...
Pues parece que eso no es óbice para que, sin venir a cuento y un par de veces a la hora, se encienda solita. Sin más ni más: de pronto, se me bloquea la pantalla (me ha pasado hará un par de minutos), veo como el piloto de encendido de la impresora se ilumina, se enciende también la pantallita que indica qué va a hacer, hace el ruidito inconfundible de "me voy a poner a imprimir"... y se apaga. Es cosa de cinco segundos, no más. Ya digo que es independiente en cuanto a copiadora del pc, pero, obviamente, si no está encendida no funciona. Además, y a diferencia de las que tuve antes (dos idénticas entre sí, pero diferentes a ésta), no se enciende "activándola" desde el ordenador: hay que pulsar la tecla de "encendido". Bien. Pues ya digo que tiene esos arrebatos autónomos... y que se enciende/apaga solita. Hale.
No le encuentro explicación. Ni se la busco, a estas alturas. Unos días estuvo "desconectada" del pc... y seguía haciendo ruidos (los mismos) lo que me dejó completamente fuera de juego. Así que volví a conectarla.
Ah..., y es que lo de "encender pilotito de funcionamiento, pantallita de función, ruidito de impresión"... lo hace también, de vez en cuando, con el pc apagado. Apagado del todo (que ya digo lo estoy apagando, cuando me acuerdo, de la tecla trasera). Vamos: que la impresora está poco menos que viva. La primera vez que me juré haberla oído de noche... me levanté a ver si tenía el pc encendido. Y no. Así que me convencí de que no: era imposible que la hubiese oído intentar "imprimir" . Pues no, no lo era: cada vez que me despierto en la noche, si tardo un rato en recuperar el sueño... tengo la ocasión de oirla. Y de ver el reflejo (está en la habitación contígua a mi dormitorio y duermo con la puerta abierta). Vamos que la impresora, a lo suyo.
He querido explicarme que igual era el fax..., que como mi nº de teléfono fue de una empresa como doce años, y allí nos entraban faxes/spam nocturnos..., pues lo mismo. Pero me quité la idea: de hecho, cuando me traje el número, los primeros meses, sí sonaba el teléfono alguna noche (y eso: era un fax fallido. De hecho, llegué a quitarle el sonido al timbre de noche), pero han pasado como cuatro años... y hace mucho que eso dejó de pasar (en realidad, ya cuando cerramos apenas nos llegaba ese tipo de spam: unas cuantas cartas recordando la Ley de Protección de Datos... y mano de santo). Aparte, si fuese un fax..., en primer lugar, el pc debería estar encendido (ó no) pero sonaría el teléfono. Y, en segundo lugar... recibiría el fax. Que papel tengo siempre en la impresora. Y si no pudiera "entrar" en ese momento se quedaría esperando a que yo encendiera el pc, la multifunción, me reflejaría la "llamada perdida"... qué sé yo...
Y a esto es lo que iba: Tengo la casa en tal estado de caos (sobre todo lo que se vé nada más abrir la puerta: salón, comedor y cocina. Además del recibidor donde, por haber, hay hasta una fotocopiadora en el suelo... de repisa) que si a una pareja de ladrones, mismamente, les diera por forzar la puerta para entrar... se irían de inmediato con la idea de "llegamos tarde: visto lo visto, ya se adelantaron otros y lo han dejado todo patas arriba".
Porque es lo que parece: como si alguien se hubiera dedicado a tirar periódicos en dos montones, revolver la superficie de las dos mesas..., horror.
Y, si aguzasen el oido nada más abrir... por si la casa sólo estuviera aparentemente en silencio..., pues eso: que seguro que la impresora avisando que iba a ponerse en funcionamiento les haría deducir que, mejor, salir corriendo... no fueran a estar dentro los anteriores desordenados cacos.... imprimiendo algo.
Ya digo: impresora guardiana.
(Y, evidentemente, lo de tener una antena enorme sobre el tejado de mi lugar de trabajo, y trabajar en ese "ambientazo de compañerismo" que otras veces ya mencioné... pues ya se vé: me sigue afectando. Esto va a peor, me temo).
Los viernes, desde hace años, empiezo el periódico por la columna de la última página. Juan José Millás. Lo que nunca me esperé es que un viernes lo empezara viviendo algo que casi, casi, era como uno de sus geniales relatos en columna...
Cuando se hace mención a mi memoria (eso que siempre pensé que era de lo más normal, acordarse de todo con detalle, hasta que resultó que no, que lo mío era una rareza), suelo responder dos cosas: una, que es un defecto de fábrica (y es que lo siento así: acordarse de todo sin esfuerzo y en detalle no me parece una suerte, la verdad: hay cosas que es mejor olvidar cuanto antes); otra, que veremos qué gracia el día en que se me llene el disco duro... y no haya sitio para más conocimientos. Que a ver qué pasa ese día. Bueno. Pues me temo que está llegando ese momento...
Explico: Desde hace meses, todos los días laborales sigo la misma rutina - A menos diez, más ó menos, salgo de casa. -A la hora en punto, hora y cinco minutos, llego a la estación del tren. -Sobre y diez, llega éste y me subo. Ocho estaciones. -Más ó menos son y media cuando llego a la estación donde me bajo y hago trasbordo al metro, cruzando una estación bastante grande y concurrida, con salida hasta a un centro comercial y todo. -Entro en el metro tras dos tramos de escalera mecánica. Cruzo andando todo el andén, puesto que sé que si me montó en el último vagón tardaré menos al hacer el siguiente trasbordo. A veces, el metro llega antes de que yo llegue a ese último vagón, cosa que tampoco tiene demasiada importancia. Cuatro estaciones. -Si he conseguido montar en ese último vagón, es apenas salir, caminar dos ó tres metros hasta la escalera mecánica, ahora de subida, que me permitirá llegar al vestíbulo donde cambiaré de línea. Sino estoy en ese vagón, pues caminaré por el andén un trecho hasta llegar a la escalera mecánica y etc, etc. -Ya en el vestíbulo, lo más cómodo es coger el ascensor que me bajará de golpe al andén donde haré el último tramo del viaje. La mencionada comodidad del ascensor no es por el uso del aparato en sí (en realidad, prefiero las escaleras. Y más subirlas que bajarlas: cosas del vértigo), sino porque la cabina aterriza justo frente a la cabecera del convoy. Lo que permite, por un lado, que si en ese momento está en la vía... el conductor espere esos dos segundos que permitirán coger ese metro, y no tener que esperar los tres, cuatro minutos a que llegue el siguiente (cuando se va con hora fija, esos tres minutos pueden ser determinantes). Y, por otro lado, que al llegar a la estación de destino (dos paradas), la salida esté justo frente a ese primer vagón, lo que evita tener que atravesar todo el vestíbulo superior, ó caminar por el andén hasta esa salida. Ó, en superficie, cruzar calles esperando semáforos. -Ya en la calle, son cinco, seis minutos de paseo cuesta arriba hasta el centro de trabajo. Son casi en punto. -Fichar, subir en ascensor..., eso que ya he contado otras veces.
Bien. La diferencia, la única diferencia, es que de lunes a jueves mis "menos diez, más ó menos" son las doce menos diez. Y la llegada-fichaje, a las trece horas, una de la tarde. Y los viernes, pues son las nueve menos diez, puesto que entro a las diez de la mañana. Eso hace también que sea el viernes el único día en que también tengo el tiempo más ó menos justo y programado: me despierto/levanto sobre las ocho (es el único día en que empleo el despertador. Y aunque cuando suena ya lleve unos minutos despierta y sé que eso será así... prefiero ponerlo. Por si acaso), aseo, café, hidratante, rimmel, llenar botellita de agua, perfume, sandwinch en su bolsa..., ya digo. Poco más.
Ayer (anteayer cuando esto se publique, seguro) fue viernes. Así que la rutina debía ser la diaria... con salida de casa a las nueve menos algo de la mañana. Como cada viernes y como fue cada día en el mes de julio (no olvidemos que ese mes hice once horas diarias de trabajo). Así que..., aun ahora no tengo claro qué pasó. Qué falló.
En hora punta, el tren ya llega lleno. Pero como mi estación de partida es de las primeras de la línea, y, dos más allá, hay una cerca de una universidad..., bueno, la verdad es que raro es el día que no hago sentada la mayor parte del recorrido. Además los viernes consigo algún periódico gratuito de los que entregan en las estaciones a primera hora, lo que hace más entretenido el trayecto. Antes de llegar a la última estación, pasamos sobre el río (casi todo el trayecto es por superficie: cosas del tren en Madrid). Tengo la costumbre de mirarlo, a diario. Y ayer..., no sé, igual debí tomármelo como una señal. Pero ó no me dió tiempo, ó..., la verdad es que no sé porqué, pero cuando me quise dar cuenta acabábamos de pasarlo. Y no llegué a verlo. Claro que no se me ocurrió algo tan peregrino como que no estuviese en su sitio... (Que sí, que estaba. Que por la noche lo ví, y estaba ahí. Y no creo que por la mañana se lo hubiesen llevado a ningún sitio ni que lo que vì de noche fuera una foto muy lograda. Que lo mismo, pero..., en fin, que no).
Trasbordo. El metro, ya lleno. Avisaban por megafonía del corte en otra línea. Lo que redunda en retrasos y apreturas en la mía, que es circular. Pero, más ó menos hasta la estación donde hago trasbordo, la cosa la recuerdo normal. Llego. Salgo. Unos metros hasta la escalera mecánica... que resulta está averiada. Subo andando. No me gusta subir andando las escaleras mecánicas paradas. Opto por la escalera "manual", la de piedra de toda la vida. Las mecánica paradas, ya digo, me desagradan. Me dan la sensación de irse a poner en marcha de golpe. Además, la luz refleja en ellas y, como son de hierro, el reflejo es desagradable. Más aún para una fotofóbica como yo. Vestíbulo. Ascensor. Horror: está parado. Hay unos chicos con mono azul ante las puertas abiertas. No me queda más remedio que bajar por las escaleras. En esta ocasión, mecánica y funcionando. Dos tramos. Llego al andén... y en ese momento llega también el convoy. Así que me monto. En el último vagón, en vez del primero. Lo que me hace saber desde ya que en la estación de destino deberé andar todo el andén hasta la salida que me deje cerca del lugar de trabajo. Nada: mejor eso que haber perdido el metro y tener que esperar cuatro minutos.
Como digo, son dos estaciones. Por megafonía, las van nombrando. "Próxima estación: Estrella". Lo escucho perfectamente. No voy prestando atención: son sólo dos. Igual estoy hojeando el periódico, no sé. "Próxima estación: Artilleros"
¿Artilleros? Vaya: además de la escalera mecánica y el ascensor, está averiado el sistema de megafonía. No me extraña porque la verdad es que falla mucho (pobres turistas, si se van guiando por éste). El convoy entra en la estación, mi estación de destino: Vinateros. Artilleros es la siguiente a ésta. Pero..., no. Artilleros. La estación es la que han avisado. No, no ha fallado el sistema de megafonía... he fallado yo. De algún modo, me he saltado la estación..., y no sé cómo ni en qué momento. Es más, estoy segura de no haberla ni escuchado anunciar, ni haber visto el metro pararse, ni abrirse las puertas que tengo a mi lado, ni bajar gente, ni subir, ni... Pero estoy en la siguiente estación. Y por la reacción de la gente..., pues no parece que de veras haya habido ese fallo (sí, sé que puede parecer raro... pero a veces el metro se "salta" estaciones. Claro que porque están en obras y lo sabemos desde que montamos en el convoy. Y en esos casos se pone transporte de buses alternativo y tal). Así que perpleja... salgo del metro, y planifico la salida: la verdad es que mi lugar de trabajo está equidistante de ambas estaciones. Si me quedo en Vinateros es porque así me "ahorro" esos dos minutos que tarda en llegar a la siguiente, porque la distancia es casi idéntica. Además, casi me alegra estar en la cola del convoy: estoy junto a una de las salidas que conduce a la calle en que queda próximo mi destino...
Tengo un sentido de la orientación casi animal. Felino, digamos: no me pierdo ni aún no conociendo los sitios. Y cuando he ido una sola vez a algún lugar, ya pueden pasar años... que con los ojos cerrados. Eso que dicen de que "las mujeres no entienden los mapas" no va conmigo. Bueno, igual que sepa dibujar planos a escala ayuda algo, ahora que caigo... En fin. El caso es que subo las escaleras (que la estación "desaparecida" y en la que estoy sean hermanas mellizas no ayuda mucho a eliminar mi desconcierto, ciertamente). Y salgo a la calle... que, evidentemente, me es desconocida como paisaje cotidiano. Resulta inquietante eso de salir de una estación que es calcadita a la que atravieso en la rutina diaria y que el exterior sea otro, la verdad... Como a esas alturas son las diez de la mañana... pues acelero el paso. Mejor dicho: salgo de la boca de metro, me doy la vuelta (mi sentido de la orientación es claro: si en la anterior se sale "de frente" y se sigue andando..., en ésta, que es gemela, pues se sale y se da la vuelta. Lógico... digo yo) y camino a buen paso.
Camino. Camino. Tiendas de barrio que empiezan a abrir. Bares que son tascas. Un par de franquicias: inmobiliaria, viajes. Árboles. Camino. Camino. No me suena de nada lo que tengo enfrente. La calle sí es ésa, en la que debo estar. Pero... llevo un buen trecho andando y no, ya debería estar llegando... y es que el barrio me parece otro mundo. Otra ciudad. Y veo el cartel: "nº del 179 al 201".... agggg..... Y de pronto, me asalta la duda: ¿no estaré soñando? Porque, veamos, primero (y sin pensar en lo del río, lo de no verlo, digo) me "salto" una estación de metro (mejor dicho: es que no me entero de que el tren haya pasado por ella, cosa totalmente inexpliacable). Segundo, cuando sé, porque lo sé, que mi trabajo está a apenas 300 metros de esa siguiente estación... llevo un rato corriendo... y no sólo no veo edificios conocidos (que debería estar rodeada de ellos: los que mi lugar de trabajo tiene enfrente y veo por las ventanas del aseo cada día) sino que juraría que estoy casi en otra ciudad...como muy de los años 70'...
Dioses: de pronto, recuerdo la serie. En España se ha titulado "La chica de ayer". La del poli que de pronto se encuentra en los años 70'. Ay.... Mi reacción, no sé bien porqué (bueno, claro que lo sé: creo que estoy intentando encontrar una explicación lógica a todo esto) es sacar el bolso el móvil. Sí: tengo móvil. Ergo, no estoy en el pasado: son las diez y diez de la mañana. Y tampoco estoy soñando: no son las cuatro de la madrugada. Y llego tarde. Pero... como la sensación de irrealidad no me deja (que esté llegando el otoño a un sitio como Madrid, con esa luz que tiene esta ciudad, tampoco ayuda), pues saco el abono transportes... donde llevo metida la tarjeta magnética de la empresa, con la que ficho cada día. Sí: la tarjetita naranja y gris existe, ergo, no sé si estoy donde estoy, pero no estoy soñando y es cierto que trabajo ahí. Así que desisto del último trámite (que era sacar el dni, a ver si soy quien creo ser), y sin dejar de andar, intento averiguar qué demonios ha pasado... Y veo la luz (bueno, la luz del conocimiento, y el cartel de "nº 205". Y me paro en seco. Y me doy media vuelta. Y el Pirulí (Torrespaña, la mega-antena de TVE) aparece cual faro en el horizonte, al fondo de la calle en cuanto he girado sobre mis pasos. Horror: !!! estoy yendo en dirección contraria!!!! Así que me lanzo calle abajo..., eso sí, por la acera del otro lado de la calle, que cruzo casi sin mirar. Más que nada, para no tener que cruzar más arriba, que hay más tráfico que en esto que casi parece un pueblo. Bueno, lo mismo no es esa la razón de mi cruce: igual es para que los comerciantes, jardineros y demás de la zona no se den cuenta de que la loca que antes corría en una dirección ahora lo hace en dirección opuesta.
En fin: que es la primera vez que esto me pasa. Que sigo sin encontrar explicación al hecho, sobre todo, de no haber visto la estación donde, cada día y desde hace seis meses, me tengo que bajar. Que, ya digo: no es que me la saltase (que podría haber sido, que a todos nos ha pasado: un despiste y no nos da tiempo a bajar. Y en la siguiente nos damos la vuelta en el andén y punto), es que ni la ví, ni la escuché ni nada. Que no sé porqué luego en la calle me lié con las distancias y las orientaciones (sigo convencida de haber hecho toda la maniobra de orientación correctamente: es más, que volvería a hacer lo mismo. Claro que me volvería a perder, ó algo similar).
Que..., lo dicho: que igual esto es un aviso: el disco duro de mi cerebro está a tope. Eso, ó que estoy empezando con síntomas de alzheimer. Cosa que, francamente, ya no me haría tanta gracia...
Tomé la decisión aquel verano, supongo que también por puro aburrimiento. Pero en el pueblo manchego perdido y dejado de la mano de dios donde me tocaba pasar el exilio de dos meses y medio que otros llamaban "vacaciones escolares"... no encontré dónde poder hacerlo ni quien se atreviera. Es más: me aconsejaron que ni se me ocurriera... Claro que de haber encontrado quién y dónde, lo habría hecho: a determinadas edades no se tiene miedo. Y dan igual las posibles consecuencias adversas si se consigue lo que se quiere... El caso es que no pudo ser. Así que, cuando volví a la "civilización", creo que ése era mi deseo/plan/proyecto inmediato...
Como ya comenté en algún post, me crié en la periferia de Madrid, en una de esas ciudades-dormitorio que proliferaron en los 60-70. Pueblos de labradores a los que les brotaron de pronto polígonos industriales y edificios de viviendas en altura, que podían ir de las 4 a las 15 plantas, dependiendo del municipio, el afán del ayuntamiento por mirar a otro lado y dar las licencias de obras a cosa hecha (esto es, con los edificios ya habitados... y sin mirar si éstos estaban tan juntos que las vecinas de aceras enfrentadas se podían pasar el perejil de terraza a terraza) y la próximidad a alguna base aerea, que hacia que en esa zona concreta no se pudiera edificar más allá de los 20 mts de altura... lo que derivaba en más edificios apiñados, éstos de cinco alturas... y, claro, sin ascensor. En aquellos días no había transporte interurbano más allá del que llevaba a la capital: ni metro, ni trenes de cercanías... y eso hacía que el municipio con el que lindaba el propio sonase tan lejano como Nueva York (ó más, que ésta al menos salía en la tele). Algunas amigas te decían lo de "yo estuve una vez en Móstoles, porque mi abuela vive allí"... y te sonaba exótico. Ó "éste es mi primo, que ha venido a verme: vive en Getafe"... y lo mirabas de pies a cabeza, como si viniera de un safari por Africa. Tampoco en esos días existían las tiendas de "Todo a cien" (el euro no era ni un proyecto de ciencia-ficción), no había moda para adolescentes (diría casi que es que el concepto "adolescencia" tampoco existía más allá de en alguna serie yanki, tipo "Con ocho basta"..., ó, bueno, en la sobrevalorada "Verano Azul"), ni discotecas para menores de 18 años... ni nada de nada. Se pasaba del parque infantil y el columpio que había que dejar de usar a los 11 años a esperar la mayoría de edad... cruzando ese espacio temporal como cada cual buenamente pudiera... Y reconozco que hacerlo en una ciudad-dormitorio de la periferia madrileña no era precisamente la mejor de las situaciones... y menos cuando se pertenecía (como casi todos nosotros, los que viviamos allí) a una familia tradicional y obrera... que no incluía en el presupuesto familiar el concepto "paga para los niños". Vamos, que no teníamos dinero. Tampoco nos faltaba nada básico... pero lo de ir al cine, por ejemplo, era una situación excepcional. Y lo de merendar en un búrger..., eso también era de peli yanki: donde yo me crié no había de eso...
Me estoy yendo del tema.
Aquel septiembre de 1984 tenía claro, clarísimo, qué quería hacer: cambiar de imagen.
Hablamos de mediados de los ochenta y en Madrid (sí: la mitificada movida y tal). Se llevaban los cardados, el pelo frito, las mediamelenitas con rizos, raya en medio y flequillo. Y no se llevaba... pues el pelo larguísimo, liso (más ó menos), en un tono monocorde... Encima, yo estaba harta de escuchar, de unos tres, cuatro años a esa parte eso de "Uy... qué melena...¿te han dicho que tienes el pelo como ésa que canta..., sí, hombre, la folklórica esa que es novia del torero guapo..., sí, que seguro sabes quién digo...???" Pues sí. Ésa. Porque por entonces, la susodicha era conocida, básicamente, por su preciosa melena. Además cantaba, y tal, pero lo "famoso" en ella era el pelo. Luego lo fue el novio, y todo el asunto de su boda con yeguas vírgenes y esas cosas tan de España profunda..., pero a finales de los 70', comienzos de los 80', lo "famoso" era su pelo. Una melenaza oscura hasta donde la espalda pierde su casto nombre (ergo: el trasero).
Y yo tenía el pelo muuuuy largo. Tanto, que cuando me lo cortaba... era para dejarlo a la altura de la cintura.
Y como los niños tienen todos mucho pelo, y muy bonito... pues la comparación era inevitable. Más aún cuando, como digo, una se cría en un barrio de inmigrantes llegados de un entorno rural desde otras provincias: extremeños, manchegos, andaluces, donde ya había una afición casi natural por lo "folklórico"... Y sólo había una cadena de televisión. Y las revistas del cuore eran atrevidas, pero contaban las historias con ese aire de "cuento de hadas" que tan bien se aceptaba entre sus lectoras....
En 1984 estaba harta de que me "comparasen", creyendo ser originales cada vez que lo hacían. Yo quería tener el pelo rizado. Hale. Y si para eso había que pasar por la peluquería..., bueno, ya encontraría el modo de ahorrar para poder ir.
Ese final de verano, comienzo de otoño, hicimos un descubrimiento crucial: la Academia de Peluquería del barrio. Un sitio donde, por otra parte, algunas de nuestras compañeras de primaria, ó sus hermanas mayores, habían ido tras acabar el colegio... buscando una forma de tener una profesión (a las peluquerías, de ayudante, se entraba con 15 años...). La Academia de Peluquería era la solución: cortaban, teñían, rizaban... y apenas cobraban nada: sólo el gasto de los productos empleados. Sólo. Si por entonces cortar el pelo costaba, qué sé yo, trescientas pelas..., allí por setenta y cinco te lo hacían. Una "permanente" en una peluqueria pasaba de las mil...., y en la Academia no llegaba a cuatrocientas. Y, si conseguir mil pesetas era algo inalcanzable... tener cuatrocientas resultaba considerablemente más fácil: bastaba con "sisar" algo de lo que se iba a gastar en material escolar, no comer pipas un par de fines de semana, sonsacar otras cien pesetas... El caso es que conseguí el dinero. Creo que para aquella ocasión me lo dieron en casa (no tenían claro qué iba a hacerme... pero supongo que como a los 11, 12 años yo ya era considerada "adulta", pues no les preocupó demasiado. Además, la Academia era "del barrio" de toda la vida).
Aquel veintiseis de septiembre de mil novecientos ochenta y cuatro, sobre las seis de la tarde, yo estaba en la Academia de Peluquería, a ver si podían hacerme una "permanente". Pero..., supongo que cuando me vieron aparecer, con aquella melena... decidieron que no. Que aquella tarde, ni hablar. Porque no debía ser habitual que alguien con un pelo tan largo apareciera por allí.... Así que me entretuvieron un rato... y me dieron hora para el día siguiente. Y, en el rato en que yo estaba allí...al torero guapo le cogió el toro. Y se murió. Y su señora esposa, la folklórica de la melena larga, de pronto pasó a ser viuda (claro).
Y cuando al día siguiente volví por la Academia a ver qué hacían con mi pelo... el tema de conversación no era otro, obviamente. Que si la cogida, que si qué pena, que si la viuda se quería suicidar, que si la prima del cuñado del vecino de una de las clientas sabía que estaba de nuevo embarazada, que qué pena, que no, que pena la de la familia de él, que si esos niños, que qué más daba, que quien se pone ante un toro ya sabe a lo que se expone, que... Y que, con mi pelo, era imposible pasar a rizar nada... si no se cortaba antes. Que hacer un moldeado en un pelo tan largo era imposible. Así que, si me parecía bien que me cortasen un poco...
Claro que me parecía: !!!!!yo quería rizos!!!! Y si a una peluquera le das permiso para que corte... pues hay que imaginarse qué pasará...
Y allí estuve: desde las diez de la mañana a las cinco de la tarde. Porque antes de llegar al momento "rizos"... me peinaron tooodas las alumnas (y todas entre el "qué pena" de la muerte del torero guapo, y el "qué pena ¿de veras te quieres cortar el pelo?"). Y cortarme fue casi una clase magistral... en Academia de barrio para futuras peluqueras de barrio, claro. Lo de los bigudís, el (apestoso) líquido revelador y todo lo demás fue más cotidiano: eso lo hacían más a menudo... Pero, entre tanto "pelo p'a acá, pelo p'allá; ponte así a este lado que te hago un recogido..., no, mejor una coleta, ¿te lo quieres cortar, en serio?"... curiosamente nadie mencionó el pelo de "la otra". De la que acababa de dejar de ser conocida por la melena... para empezar a serlo como "Viuda de España". No me compararon con ella... por una vez.
Y ese fue el cambio de mi vida aquel 26 de septiembre de 1984: decidí cortarme el pelo. Y cuando a las cinco de la tarde del día 27 aparecí por casa, mientras el tema de conversación a nivel nacional era la muerte del torero... yo ya no me parecía a su reciente viuda: mi pelo era un amasijo de rizos a la altura de los hombros... que no sé aún como no provocaron un síncope familiar.
Así que esta es la historia: la folklórica y yo separamos nuestros caminos. Ella empezó a ser famosa por su viudedad, y no por su melena... y yo dejé de tener que escuchar lo de "¿No te han dicho nunca que tienes el pelo como...?"
Eso sí: tras ese corte entre en una disparatada dinámica años de moldeados-recorte de puntas-rizzi-corte de flequillo-moldeados... que duró años. Hasta descubrir que, con un poco de espuma y un difusor, mi pelo natural tiene los rizos naturales que a mí me gustan... Y, por cierto, no he vuelto a conseguir tener el pelo realmente largo. Qué cosas. Y por la Academia fuí bastante, a cortarme-rizarme... hasta que mejoró mi situación económica. Y años más tarde, ya desempleada, volví por allí... pero para hacer otras cosas. Y recuperé ese olor a líquido revelador añejo en el ambiente... Pero ésa es otra historia. Y tiene que ver con otro aniversario: el que dentro de poco será el tercero, el de este blog.
Y la canción que suena..., en fin: es que me sigue poniendo los pelos de punta (vale, el vello) cada vez que al escucho, porque siempre he pensado que tiene una de las letras más hermosas que he escuchado en mi vida. Pero en esta versión, please, que es del autor..., no vaya a ser que sea cierto lo del gafe...
Cada día me propongo lo de "actualizar más a menudo". De veras que me lo propongo.
Es más: hasta tengo buenas ideas para hacer post. Incluso muchas ideas (aunque no todas buenas, no nos vayamos a creer...). Puedo contar historias de mi pasado de culebrón (ó de vampiresa, que hay quien aún no tienen muy claro lo del título de este diario... y ya no me voy a poner a explicar el juego de dobles sentidos y tal). Puedo hablar de mi actual curro (en realidad, es lo que vengo haciendo de unos post a esta parte). Puedo incluso inventar algún nuevo meme. Pero...
El caso es que es a mediodía, mientras voy a trabajar, cuando se me ocurren las cosas. Y en el tren... pues no es plan ponerme a tomar notas (podría, pero no me apetece). Y me digo "cuando llegues a trabajar, una vez te hayas conectado, puesto el casco-diadema y tal, coges los folios donde te van notificando los fax mandados a los clientes, que luego no sirven para nada, y anotas". Pero llego... y me invade el aburrimiento. Y la rutina. Y hojeo el periódico, si lo he comprado, a ver si me despejo. Y hablo-hablo-hablo con desconocidos a quienes no les interesa el maravilloso seguro que su empresa de tarjetas de confianza ha preparado para que se gasten un dineral cada mes. Y menos mal que son desconocidos educados, y que yo también lo soy (eso de que seamos, en conjunto y reciprocamente "la élite" es lo que tiene... supongo). Pero van pasando los minutos, y luego las horas, y a mí se me va olvidando lo que se me ocurrió a mediodía. Y, sí, tengo claro que quiero actualizar y que lo haré en cuanto llegue a casa. Pero..., la verdad es que cuando llego son casi más las once que las diez. Así que ceno cualquier cosa, vegeto un poco ante la tele; si enciendo el pc es para dar una vuelta por las cuentas de correo, entro en lacocte y leo blogs amigos, y comento algo, y...
Y vuelvo al sofá. Y si me tumbo, me quedo dormida, así que procuro no hacerlo. Ó no hacerlo sin antes haberme quitado el rimmel y dado algo de crema en la cara. Y raro es el día en que no me traslado casi a las tres, tras dormir un rato, a la cama... pulsando el apagado del pc (eso que NUNCA se debe hacer: apagar a las bravas) al pasar...
Y pasan los días. Y el blog sin actualizar. Y...
En fin. Que esto es casi una excusa para poner la canción que suena. Y es que hoy, por muchas razones, no podía ser otra...
Pero este año no, este año sé que el día pasará sin pena ni gloria. Como, por otra parte, han pasado otros nueves de septiembre. Este año sé, desde antes, que no pasará este día nada que me cambie la vida. No será otro nueve de septiembre como aquellos (¿dos? No, tres. No: cuatro. Sí, cuatro) que, sin que esa mañana nada lo hiciera preveer (todo lo previsto era más ó menos rutinario..., bueno, no, un año no. Ese año empezaba mi aventura laboral con "M". Pero no podía imaginar que eso me cambiaría, para siempre, el destino) me pusieron patas arriba el futuro.
Este año, no. Este año el nueve de septiembre, que vuelve a ser miércoles tras once años, pasará como un miércoles de septiembre más. Como un miércoles más de este verano que se me está haciendo eterno, que no se decide a llover, a abrirse el cielo y caer agua que lo lave todo y nos purifique el alma por fin, porque no cesa el calor, la calor, y va a terminar con nuestros nervios; que ya es laborable en Madrid pero siguen las obras, los retrasos, los cortes de metro, esos preparativos absurdos para unos Juegos Olímpicos que nunca nos darán, pero que siguen siendo la excusa...
Juegos Olímpicos. El nueve de septiembre de aquel año olímpico, 1992, también fue miércoles... Qué más da. Igual aquel día no tendría que haber pasado, pero pasó. Y supe que no se repetiría, que nunca me arrepentiría pero no debía haber pasado y no volvería a pasar, y que algunos sueños están para que nunca lleguen a cumplirse, porque es hermoso soñar, tener proyectos y perseguirlos... Que llegar a algunas metas, en ocasiones, no es conseguir lo que deseábamos con todas nuestras fuerzas, sino quedarnos sin nada.
Nueve del nueve (del dos mil nueve). Sin proyectos. Sin sueños que perseguir despierta. Un miércoles más. Un día más de este cálido septiembre. Tampoco tendría porqué ser otra cosa.
He sido ex-vampiresa durante los últimos años. Lo que significa que vuelvo a entrar en el juego..., y quiero volver a ser quien fuí.
Lo que pasa es que, para reengancharse hace falta tiempo..., y para eso el periodo de "en paro" viene bien.
¿Más sobre mí, ahora que ya llevo una temporadita aquí? Pues que me gustan los gatos, adoro la música, no me gustan los intransigentes, ni las mentiras (y menos las que busca dañar a otros), que aprendí a leer con dos años, a escribir con tres, que hablo por los codos desde siempre..., que considero vital la comunicación (al parecer desde que nací)
Que con ocho años me regalaron una cámara de fotos y no sabría vivir sin poder reflejar el mundo en imágenes...
... y que mi profesión no tiene NADA que ver con todo esto que he contado...: soy una contradicción en hiperactiva y privada sesión contínua...
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INTERNET no significa, en ningún idioma, IMPUNIDAD.
Esta foto de la Luna es de la noche del eclipse de principios de marzo del 2007... aquí ya casi está "deseclipsada"
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