La Coctelera

Diario de una vampiresa en paro

( ó "LA ESTRATEGIA DE SHEREZADE" )
El lema de mi vida debería ser "...con lo que tú podrías (ser-tener-hacer) si quisieras...!!!"

Categoría: Sueños, neuras y...

18 Mayo 2012

Patológicamente fiel.

Suele ser más fácil hablar sobre sensaciones que sobre sentimientos. Lo sé.

A veces, también hablar sobre sensaciones es complicado. Y hasta, a veces, parece fácil hablar sobre sentimientos... Pero suele pasar que resulta más sencillo (también a veces) hacerlo con casi perfectos desconocidos. Con quienes igual van a estar ahí cual 'convidado de piedra' ó confesor, que tal vez nos dirá lo que queremos oir ó de quien nos da exactamente igual su opinión.
No sé. Tampoco tengo claro a qué viene esto. Ó sí. Lo que pasa es que es una especie de reflexión para mí misma, algo que probablemente no tenga demasiada relación con alguna de las cosas de la que me apetece hablar-escribir...

A veces lo he escrito, creo, y de vez en cuando también me he pronunciado al respecto: nunca he tenido eso que llaman 'aventura de una sola noche'. Eso de conocer a alguien y que, en fin, exista una atracción que termine en algo más... y que hasta ahí llegue todo. Eso de que ni importe el nombre de la otra persona. No, nunca he tenido ese tipo de historias. A decir verdad, ni siquiera una aventura de ese tipo con alguien conocido... Bueno, esto tampoco es del todo exacto: también conté que sí tuve 'una sola vez' con alguien... sin que luego se repitiera... pero era alguien a quien quise mucho, antes y después. Sobre todo antes..., ó no, pero sí de otro modo... Da igual, de aquello han pasado ya demasiados años. Y, tal vez, lo podría considerar como la excepción que confirma la regla.
Quizás el hecho de, por trabajo y profesión, haberme movido durante media vida en un ambiente bastante endogámico, donde las relaciones más ó menos esporádicas (y sobre todo de tinte muy 'extramatrimonial') estaban a la orden del día y eran tremendamente fáciles... también influyó en que a mí no me interesaran. Bueno, y el hecho de la edad que yo podía tener en aquellos comienzos... y el, afortunadamente, hecho adicional de que durante años mis jefes me 'protegieran' (lo que no quería decir que si a mí me apeteciera hacer algo... fuesen a poner la menor traba: también en eso me conocían bien). Ó el que no existiera una especie de 'vida a partir de la salida del trabajo': al fin y al cabo, todo estaba relacionado. Las comidas de negocios, el cierto coqueteo que a veces era casi parte del juego laboral con clientes (pero que quedaba claro que no iba a pasar de ahí..., de ahí, y de mi personal forma de a veces decir las cosas, sobre todo cuando había confianza ó complicidad), el que incluso esas copas fuera de horario laboral siguieran siendo con las mismas personas... afortunadamente, ya digo, me permitían ser yo misma... sin que fuese necesario tener que espantar más moscones de los ya habituales incluso en horario laboral. Y luego, ya digo, el que si alguien se equivocaba... también hubiese quien corroborase mis negativas de 'no te confundas conmigo'...
Luego ya llegó "M". Hace casi veintiun años que llegó "M"...

También lo he dicho-escrito a veces: soy patológicamente fiel.
No, no tengo nada en contra ni de las aventuras esporádicas, ni de la promiscuidad elegida, ni del celibato más férreo, ni de cualquier decisión personal que cada cual tenga en un momento dado ó como política personal de vida. "M", creo que cualquiera que me lea lo sabe de sobra, estaba casado. Y no me lo ocultó nunca. De hecho, cuando le conocí ya lo sabía, así que... ¿Si me parece normal tener una aventura con alguien casado? Ni normal ni anormal. Aunque tampoco miento si digo que si alguien tiene pareja y yo lo sé... no voy a hacer nada para acercarme. Ni le voy a poner las cosas especialmente fáciles. ¿Qué pasó con "M" ? Demasiadas cosas. Un día igual termino por contarlo todo y... Pero ya da igual.
"M" no engañaba a su mujer conmigo. Simplemente, además de ella estaba yo y además de mí había otras. Muchas otras. Desde siempre. Antes, durante y después. Y lo supe enseguida. Lo de 'durante', quiero decir. Y me dolió terriblemente... hasta que me habitué a ese dolor. No dejó nunca de doler..., pero a todo se hace una. Y yo me acostumbré. Era parte de la historia, era parte del juego.
También era parte del precio y parte de mi castigo. Me castigaba y se castigaba castigándome, demostrándome lo poco que me necesitaba y hasta lo poco que le importaba nuestra relación.
Pero, al final, siempre estaba yo ahí, esperándole. Siempre. Y ésa era también nuestra relación.
Y, aunque supongo que de haber querido no habría habido demasiado problema en que yo hubiese simultaneado aquella historia con otra..., nunca lo hice. Sí sé que él se hubiese enfadado... hasta donde prefiero no imaginar ni relatar, de haberse enterado que yo había tenido una, dos... las que fueran, relaciones esporádicas. Pero también sé que no habría tenido reparo si mi relación 'paralela' hubiese sido estable. Es más, una de las pegas que para él tenía yo... era el hecho de estar soltera. Completamente soltera y sin compromiso...
Es difícil de resumir, lo sé. Pero en los... demasiados años en que estuve con "M", le fuí fiel. Sí hubo tres historias que se intercalaron (por mi parte, digo) en los doce años que fue el total de nuestra relación. Pero en esos tres momentos... no había película. Fueron intermedios. En esos tres momentos.... más ó menos largos, más ó menos importantes (uno, por amor, aunque en esos días ya era más amistad que otra cosa. Pero le quise mucho. Otro... por despecho y por atracción y por... qué sé yo. Por suerte, supe parar a tiempo. Y el tercero..., el tercero igual en otro tiempo y otra etapa de mi vida si habría podido ser otra cosa... Pero fue otra larga historia casi por compromiso, por obligación, por... Sin sentimientos ni implicación por mi parte. No, no he hablado nunca de eso ni tengo intención. Por suerte, es otra historia más que acabada. Por fin), en esos momentos, realmente no estábamos juntos. Ó, como le dije un día: no, no le puse nunca los cuernos (era muy aficionado a la frasecita, supongo que hay frases y términos generacionales). Si acaso, se los puse a los otros con él...

Soy patológicamente fiel. Cuando estoy con alguien... no estoy con nadie más. Y no, no es porque me sienta obligada. Simplemente... funciono así.
Y ni siquiera me siento con la obligación de explicarle nada a esa posible otra persona a quien soy fiel. Es..., es algo personal, privado, mío.
Y sé que el sexo es algo totalmente desligado, si se decide así, de cualquier tipo de sentimiento. Incluso hasta de cualquier atracción (más allá del momento..., supongo). Pero...
Supongo que ir cumpliendo años también hace que algunas cosas se tengan más claras. Y yo alguna decisión hace demasiados años que la tomé...
Y, a estas alturas, ya no quiero desligar algunas cosas. Simplemente. Porque también los años me hacen saber que, igualmente, puedo pasar años sin determinadas cosas. También por eso sé que nunca he necesitado aventuras de una noche..., de una tarde ó de un 'nos vemos de vez en cuando para ya sabes qué'. No, no lo necesito. Así, no. Yo no. No me parece mal... pero es que no quiero que sea así.
Pero, tampoco, necesito ya que sea correspondido. Supongo que porque a estas alturas hace muchos años que sé quien soy... y que terminé por asumir que hay cosas que no tendré nunca.
Y, a estas alturas de la vida, ya no voy a empeñarme en cambiar las evidencias...

¿A cuento de qué viene todo esto? No sé. Bueno, claro que lo sé. A esos post que empiezo y no termino, que termino y no publico, que a veces hasta destruyo. A esas historias a medio contar. A que no puedo ponerme a 'soltar' cosas sin ton ni son, sin, siquiera, poner sobre papel 'virtual' algunas cosas antes. Algunas reflexiones/resúmenes, casi para mí misma.
Algunas neuras, como todo esto...

Suele ser más fácil hablar, cara a cara, de sensaciones que de sentimientos. Por mucha confianza y por mucha falta de pudor que haya con algunas personas.... Ó, tal vez, precisamente por eso. Porque los sentimientos encierran y se encierran en algo más allá del pudor...

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9 Mayo 2012

Tú, en mis sueños.

"Sueño con el tacto conocido de tu piel, con el sabor de tu cuerpo. Con tu voz, diciéndome cosas que sé que habría deseado oir, que nunca me has dicho y que sé nunca me dirás.
Sueño contigo, en ese instante en que es difícil diferenciar la realidad del sueño, en ese instante intermedio en que ya es de día, pero es aún demasiado temprano, y cierro los ojos fuerte, fuerte... También para que no se me escape ese último sueño, ése que tiene la forma de tus brazos ó tu perfil cuando duermes.
Retener un sueño. A estas alturas ya me conformo con eso.
Y, por un instante, deseo no despertar. Desearía no despertar nunca, quedarme en ese sueño para siempre. Conservarlo y conservarte, siquiera en sueños.
Porque sería el único modo de quedarme contigo y quedarte a mi lado. De llevar hasta el futuro lo que ya no es siquiera un proyecto de presentes comunes y próximos.
Soñar contigo. Simplemente me conformo con eso.
Soñar. Aunque sólo sea eso, soñarte de nuevo. Y creer, por un momento, que aunque esté soñando seguirás a mi lado cuando abra los ojos.
Aunque a estas alturas ya sé que eso será mentira. Por eso quiero retener este sueño mientras fuera de mí estará la realidad y amanece, y amanecerás en otro lugar.
Soñarte. Aunque no lo sepas. Y aunque, a estas alturas, sepa en el fondo que mis sueños y yo misma ya te dan igual.
Que mis sueños, aunque sean contigo, no cambiarán nada. Porque yo nunca podré formar parte de los tuyos. Lo sé.
Pero me conformaré, como siempre, con lo que hay y con lo que quede. Y cuando ya no quede nada en el mundo real, confiaré en que, alguna noche, aún sueñe contigo. Y desearé que, siquiera alguna vez, merezca el premio de recordar al despertar que te tuve en ese sueño recien acabado..."

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3 Abril 2012

Y marzo, y abril...

Y marzo...
Y marzo volvió a cruzarse en mi vida, volvió a cruzarla, se atravesó  y me hizo atravesarlo como se debe, seguro, tener que atravesar una tormenta noctura en el mar, teniendo como única idea y ùnico objetivo el poder salir de allí... pero sin saber de qué modo, por dónde ni hacia donde se va...

Miro hacia atrás, y veo el comienzo de mes allá en un jueves del que no tengo recuerdos.
Marzo. Este marzo que se me difumina, del que recuerdo retazos entre lágrimas. Un marzo extraño. Bueno, en realidad casi todos lo son, de un modo ú otro. Casi todos. Tengo marzos en mi recuerdo en que precisamente lo peculiar es que no pasó nada. Que el mes comenzó y terminó sin más novedades que el regreso de la primavera y el cambio oficial de hora. Y nada más.

Marzo de planes inconcretos, de renuncias abandonadas en el último instante. De teléfonos, de llamadas que no son y otras que no dejo que sean, y otras que no deberían ser pero son, inevitablemente son. Marzo en que miro hacia atrás sin darme cuenta, y es otro año más y otro y otro. Y me vuelven recuerdos de luz, de espera sin esperanza, de luna llena, de flores de almendro y regaliz de fresa ácida, y fresas con yogur y chimenas urbanas. Marzo. Y de pronto vuelve a nevar, y de repente llega el verano... Y otros años todo se acaba, ó empieza sin darme cuenta otra historia. Y repito como un mantra que 'nada cambiará mi mundo', y en ese mismo instante sé que todo está cambiando y que nada volverá a ser lo que era, porque no sé cómo pero de pronto le he mirado en el momento en que me estaba mirando, y he visto sus ojos como si hasta esos momentos no hubiesen existido, y he visto su mirada en mí. Y nada de eso quiere decir otra cosa, pero...

Ha sido un mes duro y raro. Pero he sobrevivido. Una vez más, he sobrevivido al invierno y me he sobrevivido a mí misma, a mi autodestructiva voluntad. Mi voluntad sobreviviendo sobre mi propia contradictoria propia voluntad.
Es extraño de explicar. Casi tanto como es extraño sentirlo.

Y terminó marzo.
Y entré en abril sin darme cuenta de forma consciente. Ví los números rojos del reloj/proyector en el techo de mi dormitorio, y ya eran más de las doce, y no caí en que ya era abril.
Y de ese modo casual, entré en abril a oscuras, en la cama y hablando-jugando con él.
Aunque él estuviese físicamente a veintitantos kilómetros y un río de distancia de mí, como tantas noches. Pero de pronto fue abril. Y este marzo en que no nos hemos visto nos abandonó mientras, seguro, le escuchaba hablar, como tantas veces, aunque nunca sea ni será rutina.
Abril, tras las tormentas intimas, sin agua ni relámpagos, de este marzo que fue nieve inesperada y fue calor de verano anticipado. Abril finalmente y casi por sorpresa, un año después de ese anterior abril cuya primera noche completa pasé a su lado, descubriéndome siendo capaz de decidir firmemente que bien podría no querer hacer otra cosa en la vida más que acariciarle.

... Y abril en mí, que imaginaba cosas...

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11 Marzo 2012

Licantropía.

Mi nuevo té se llama "Hot-Love". Es absolutamente rojo, rojo de rosa roja, rojo del color de la pasión que imaginamos roja, rojo transparente y líquido, rojo y amargo.
Anteayer fue noche de Luna Llena. Y sé que aun queda en el ambiente ese rastro intangible, influjo de luna enorme y blanca. Luna llena, última luna llena de invierno. Luna de marzo en noches casi primaverales de días que alcanzan calor de casi verano. Veintisiete grados en Madrid, siete de la tarde, viernes. Hot viernes, hot invierno que está a punto de acabarse sin llegar realmente a darse a notar en su antigua crudeza.

Duermo en camiseta de algodón y a media noche sé que me destapo, porque al despertar me recuerdo buscando la punta de una sábana cuando amanece y refresca.
Alguna noche también he dormido desnuda, como si fuese verano.
Algunos días me asalta de pronto una sensación lunática, algo a lo que no sé poner nombre. Nunca he sabido. La sensación de estar rodeada de agua, agua invisible, que sube y baja a mi alrededor, deslizándose por mi cuerpo. Hambre y sed de algo que no es comida ni es bebida, de algo intangible.
Algunas noches me quedo tumbada en el sofá, mirando el cielo. Y de pronto aparece la Luna en mi campo de visión. Luna que a ratos es un gajo, que es una cé, que apenas es un trazo tímido pero luminoso. Luna que apenas dura en mi parcela visual de cielo. Luna que, otras veces, es una perfecta esfera blanca.
Y es esos días cuando de pronto la reconozco, cuando la miro y casi creo que me mira. Y nos reconocemos. Y el agua invisible vibra sobre mi cuerpo. Y sé lo que quiero, aunque no sepa ponerle nombre.

Alguna noche he dormido desnuda y con su piel al alcance de mis dedos.

Me gusta tocarle. De hecho, cuando le tengo cerca no hay nada que me pueda apetecer más. Bueno, igual sí. Ó no.
Me gusta tocarle. Mucho. A veces, en esos momentos, pienso que podría pasar el resto de mi vida sin hacer otra cosa, sin querer hacer nada más. Nada más que acariciarle, que deslizar el dorso de mis uñas por su piel, que distinguir sus músculos, que dejar que las yemas de mis dedos comparen la textura del vello que cubre parte de su piel con esa otra que no lo tiene. Me gusta tocarle con las manos y con los labios. Es algo más que besarle: es tocarle con la piel visible más sensible de mi cuerpo, a la que también le gusta tanto el tacto de la suya. Reconocerla, con los ojos cerrados.

A veces no sé explicar porqué me gusta. Sé que además le quiero, pero que sólo con eso no habría razones suficientes para desearle. Podría quererle sin que mi cuerpo desnudo hubiese conocido el suyo, e igual le quería del mismo modo. No sé, supongo que sí. A  veces, no sé explicar porqué me gusta tanto. Otras..., en realidad, sí que lo sé. Me gusta porque me gusta tocarle, y me gusta tocarle porque me gusta como es. Físicamente, me refiero: me gusta físicamente y más allá de lo meramente visual. Me gusta porque físicamente es muy masculino.
Igual es algo de lo que me dí cuenta enseguida... aunque tardase tantos meses en reconocerlo. Ó igual realmente tardé meses en darme cuenta: como digo, es algo más allá de lo puramente visual.
 Ó podría no haberme dado cuenta nunca, no haber reconocido nunca que me gustaba ó que me gustaba por eso, porque me atrae como hombre, y me atrae porque en realidad me gustan los hombres que no parezcan niñas. E igual algo tan simple y tan básico como esto es lo que explique porqué, durante años, sólo me gustaba quien no me convenía, sólo me atraían hombres mayores que yo. Los que no parecían eso, lo que en realidad eran a mi misma edad: casi adolescentes...

Me gusta tocarle con los dedos y con los labios. Y me gusta morderle. Sin apretar apenas ó sólo unos segundos sin hacerle daño, sin querer hacérselo al menos. Morderle como las gatas muerden a sus crías, quizá por el simple placer de sentir también de esa forma ó por querer buscar ser mordida del mismo modo,  no sé. Provocar, supongo.
Me gusta también que me muerda. Algunas veces, al día siguiente... y al otro, y otro más, siento una especie de reflejo de dolor... que no es exactamente dolor, pero que está ahí, donde sentí que sus dientes me apretaban. Y, a veces, el roce de la tela en esos puntos me produce una sensación diferente... Una sensación que me hace recordar porqué la siento, porque está al borde del dolor y porqué en algunos momentos fue dolor... pero un dolor que no era tal...
Me gusta que me muerda, que me toque. Y sé que es algo completamente al margen de que, además, le quiera. Algo que tal vez sea puro instinto animal. Aunque también sé que si no sintiera nada por él tampoco me gustaría tanto.
Somos seres complejos, los humanos.
Llenos de agua, influenciados aunque no queramos reconocerlo por la Luna. La misma que mueve las mareas, que adelanta los nacimientos, que tiene en alerta las comisarías cuando está llena y cuando amanece roja, roja como mi té. La misma que flota en la nada más absoluta, que brilla sin emitir luz, que gira sin saber porqué, que jugará a ocultar siempre de nuestra vista su mitad. Quizá como nosotros mismos, que mostramos y ocultamos; que precisamente el ser tan visibles, a veces, nos sirve para que no vean los demás todo lo también somos.

Luna. La misma que, tal vez, me hace a ratos escribir cosas tan inconexas como este texto.
Ó que me hace sentir ese agua invisible que me resbala por la piel que siento desnuda aunque no lo esté, a veces. Y que, seguro, me hace desear tanto, tanto, algunas noches que pudiese venir a mi lado, a dejarme que pase horas acariciándole, tocándole con los labios, lamiéndole. Venir a morderme y a dejarse morder.
Como dos gatos, seres también eminéntemente lunáticos. Ó dos licántropos.
Venir y estar desnudo junto a mí, también desnuda.
Venir y estar a mi lado, y poder acariciarle y hablarle y lamerle y morderle, incluso aunque no pudiera refugiarme en lo meramente institivo para justificar mi deseo porque no hubiese esa noche Luna llena...

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19 Enero 2012

Soñar con dormir sin sueños...

Sueños raros. Ni siquiera sé de qué van. Los siento 'pesadilla' porque me despiertan asustada... No: porque me mantienen despierta y asustada en mitad de la noche. Me despierto de pronto llorando y muerta de miedo. No recuerdo haber tenido pesadillas de niña: nunca creí en monstruos que se escondieran bajo la cama ó dentro del armario. Nunca necesité de una luz en el pasillo, ni de cuentos antes de dormir, ni de besos de buenasnoches. No sé: igual sí lo necesité algún día, pero, como tantas cosas, el no tenerlo y saber que no lo tendría me habituó a vivir sin esa necesidad, sin esa tabla de salvación cuando se vé cerca el riesgo de naufragio.
Probablemente, a base de no tener ese tipo de cosas pueriles me hice fuerte. Y probablemente también maduré demasiado pronto. E igual por eso ahora no sé cómo reaccionar cuando, de pronto, me asaltan estos miedos. Cuando sé que no hay, tampoco, monstruos en el armario empotrado ni bajo la cama de bronce...
Da igual.

Sueños raros que me tiene asustada durante horas. Que, aunque no se note ese miedo... yo sé que está ahí.

Sueños raros de lo que no recuerdo el argumento, que no me dejan otra cosa que una sensación de desasosiego, imágenes inconcretas, reflejos en espejos rotos de azogue gastado. Imágenes que me abandonan al despertar de golpe y llorando. Desasosiego que me tiene despierta horas, llorando hasta no quedarme lágrimas y hasta no poder respirar y hasta conseguir de nuevo que el aire me entre en los pulmones.
Sueños raros de enero, que me traen sensaciones de cosas  que igual ni siquiera he sentido en esta vida. Añoranza de lo que no tengo ni, quizá, tendré nunca.
Y miedo,  miedo irracional e irrazonable a perder otras cosas, las pocas que  tengo. Ó, peor aún: miedo a admitir que algunas cosas ya no puedo perderlas porque no las tengo. Ni las tendré nunca, aunque en algún momento llegase a creer que sí, que estaban al alcance de mis dedos...
Miedo que, quizá, bastaría con un abrazo nocturno para dejar de sentir...

Tengo sueño, me duelen los ojos llenos de azules artificiales, horas ante una pantalla de ordenador repleta de datos monótonos, horas encerrada en el garaje convertido en puesto de trabajo, horas carentes de luz natural, de contraste de sol en estos días que, sé, cada vez son un poquito más largos...
Tengo sueño, sí. Tengo que cerrar los ojos, dormir.
Pero también tengo miedo al sueño que me traerá esos sueños. A que al cerrar los ojos aparezcan, y desaparezcan al abrirlos de golpe... aunque luego no me abandone su viscosa presencia en todo el día. Miedo a esos sueños que no recuerdo...
Soñar con dormir sin sueños, soñar con soñar lo que pueda recordar al despertar ó que se desvanezca sin más, sin dejar rastro...

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14 Enero 2012

Dormir, sin más.

Hoy necesito dormir. Dormir, a poder ser, sin sueños. Taparme con la sábana de satén y la manta blanca, en este dormitorio donde nunca hace frío, abrazarme a la almohada casi incorpórea, cerrar los ojos fuerte. Dormir. Dormir durante horas, uno de esos sueños pesados donde no hay sueños. Ó donde, como en los sueños de fiebre de los niños, los sueños se desvanecen al despertar sin dejar imágenes.

Dormir, aunque ni descanse con ello. Dormir para no pensar, para no querer hacer otras cosas. Simplemente eso: dormir.

Dormir para que no duelan los pedacitos astillados de eso que creí era un corazón, porque lo llamaba así. Dormir para anestesiarlo, para que cicatrice solo, en sueños.

Dormir. Con el recuerdo, si pudiese elegir uno, del precioso crepúsculo de sol invernal, sol de viernes, crepúsculo en el cielo de Madrid...que la soledad y esta tarde me han regalado por sorpresa.
Dormir. Y que se termine de una vez esta semana desastrosa, deprimente, que quisiera poder olvidar ya que sé que es imposible reparar, salvar algo de ella, en estos dos últimos días que quedan.
Que aun quedan de ella.

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12 Diciembre 2011

Cansancio.

Cansada.
Cansada en algo que no es sólo fatiga física. Cansancio que me hace quedar dormida antes de la medianoche, cosa completamente inusual en mí. Cansancio que me hace despertar a medianoche, de puro cansada, y que me hace conciliar el sueño mal y que me trae malos sueños, sueños sin sentido, sin casi imágenes.
Cansancio que, a veces, se parece demasiado al miedo. Miedo a la nada, al vacío. Vértigo cósmico, vértigo de mirar hacia atrás y ver que no queda nada. De mirar hacia adelante y no ver tampoco nada: no una meta, no un futuro.
Me siento muy cansada. De demasiadas cosas.

No es normal que hace una semana, el sábado pasado, cuando debería sentirme feliz, agusto... satisfecha por los últimos acontecimientos en mi vida... de pronto, me sorprendiera llorando a mediamañana. Llorando encogida sobre mí misma, en el sofá. Llorando sin saber qué hacer para no sentirme así de mal. No, no era normal. Eché la culpa a los estrógenos: esos puñeteros que me asaltan por sorpresa y me controlan. Pero... Lloré hasta cansarme, y cansada pasé el resto del día,  cansada fuí a comprar por la tarde. Cansada me quedé dormida en el sofá...
No es normal que volviera a pasarme algo similar el martes. Que, de repente, me sintiera tan y tan mal. Que ni el café, ni el intentar escribir, leer, quitar las hojas secas a los geraneos, repasar recuerdos, frases, intentar hacer algún plan inmediato, planchar, tumbarme de nuevo..., que nada de eso me quitase esa sensación de congoja. Y, otra vez, el miedo. Un miedo que no fue, sólo, el pequeño susto que me dió mi propio cuerpo..., nad, algo que a una semana vista me parece una soberana tontería, pero que me asustó durante horas... Pero no era eso, no era sólo eso... y lo sabía. Y lo supe. Y ya ni siquiera podía echarle la culpa a los estrógenos, ya no... Y..., no sé. Ni siquiera estoy segura de que terminar hablando por teléfono, una conversación nocturna, otra más, otra de ésas que ahora sé que cada vez serán menos... porque también eso lo sé... no estoy segura de que realmente me devolviera la tranquilidad...

No estoy bien. Las cosas no van bien.
Me deshago en lágrimas a la primera ocasión en que me quedo sola.
Y tampoco estoy segura de que sea, sólo, la proximidad de las Navidades.

Quizá sea, simplemente, que empiezo a estar cansada de fingir que todo va bien. Que estoy cansada de seguir fingiendo que me creo lo que sé que son mentiras. Mentiras acumuladas. Mentiras ajenas que me pesan, porque no sé bien en qué momento decidí aparentar que las creía..., ó, peor: no sé en qué momento decidí que eran verdades y que mi sexto sentido estaba, esta vez, equivocado.
Las cosas no van bien, no. Y sé que cuando se llega a algunos extremos ya no es posible otra solución que el corte drástico.
Y me da miedo. También eso me da miedo.

No sé. Igual todo esto no tiene ningún sentido. Igual, simplemente, es que el eclipse de luna que no me dejaron ver las nubes y la niebla me ha afectado más de la cuenta.
Simplemente eso.

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6 Diciembre 2011

Dormida en sueños.

No sé en qué momento me he quedado dormida en el sofá. Ni porqué.
No tengo razones para estar cansada, no he madrugado en exceso. Me duele un poco la garganta: igual es eso, igual empiezo a incubar algún tipo de virus. No lo sé. Pero sé que es temprano para dormir...

Sueño. Sé que sueño, aunque todo me parece de pronto muy real. Estoy tumbada en el sofá, arrebujada en la manta azul de punto. Me acompañan las voces mil veces escuchadas de la tele: mismas voces en diferentes rostros, dobladores de teleseries americanas. Me sueño entre sueños, ocupando apenas algo más de la mitad de sofá; me sueño semidormida y creo real este sueño...

Le noto a mi lado.

Quizá porque el sofá en sueños es más grande de lo que realmente sé que es. Ó porque yo, de pronto, soy más pequeña. Le noto a mi lado, en la otra mitad del sofá azul. Está ahí. Quizá durmiendo conmigo, quizá mirando la tele, quizá... no lo sé. Le noto entre sueños y sé que es él.
Por un momento, su mano roza la mía y entrelazo mis dedos entre los suyos. Y sé que es él, aunque no le vea, semidormida. Y es esa tranquilidad de saber que todo está bien. Y no me sorprende que, de pronto, esté ahí, a mi lado mientras duermo a deshoras, antes de las doce de la noche, en este lunes que parece un viernes y que antecede a un martes con alma de domingo. Mis dedos reconocen su mano y la piel de mis piernas saben que es su piel lo que tocan.
Duermo. Vuelvo a caer en el sueño sin imágenes, sin reflejos. Palabras sueltas susurradas desde el volumen del televisor, que sé voy bajando en instantes de duermevela, como cada noche. Duermo y no sé en qué momento sus dedos dejaron de atrapar los míos, que los echan de menos cuando en mi sueño vuelvo a semidespertar.

Adormecida, dentro de mi sueño. Preguntándome cómo me he podido quedar dormida a su lado, en qué momento. Diciéndome que tengo que incorporarme hasta él y abrazarle, ahora que puedo y que estamos solos, porque para eso está a mi lado y porque eso es lo que quiero hacer. No seguir durmiendo, esto tan básico que puedo hacer perfectamente estando sola. Que no tengo otro remedio que hacer cuando estoy sola y quisiera estar a su lado, dormir para mientras no echarle de menos...
Sigo notándole a mi lado. Está ahí. En los volúmenes extraños de los sueños, en mi sofá hay espacio para ambos.
Mis dedos tienen aún el calor y el tacto de los suyos.
Vuelvo a dormir, me caigo en el abismo de esto que, quizá, sea un inicio de fiebre. Oigo lejano el sonido de la sintonía de la teleserie nocturna, noto difuso el sonido de su voz que ni siquiera necesito saber qué dice.

Despierto en mi sueño. No está. No está, pero sé que está, en algún sitio.
Me pregunto de nuevo cómo he podido dormirme, sin más, estando él a mi lado. No está, ya no está.
Simplemente, deduzco que está en la cama. Y sé que es allí donde debo ir. Apagar el televisor y trasladarme hasta la cama. Para seguir durmiendo, si él ya duerme y no despertarle: le recuerdo cansado hace unas horas. No soy capaz de recordar, en cambio, cómo ha llegado hasta mi casa..., pero tampoco eso me inquieta.
Ir con él. Besarle si está dormido y no despertarle, mirarle dormir hasta dormir yo también con esa sensación de que todo está bien...

Vuelvo a dormir dentro de mi sueño. Las voces de la televisión son, ahora, de una teleserie española.

Despierto. No dentro de mi sueño: despierto en la realidad.
No está a mi lado. Por supuesto que no está. No ha estado en ningún momento. Aunque yo tenga tan reciente el recuerdo de su cuerpo a mi lado, aunque el sueño dentro del sueño haya sido tan vívido que aún esté el recuerdo del volumen de sus dedos marcado entre los de mi mano izquierda.
No está. Y sé que tampoco está esperándome ni está dormido en mi cama. Simplemente, no está ni ha estado conmigo.
Y ya no soy capaz de volver a dormir. Termino de ver la teleserie, noto real el malestar de la garganta, me sobra la manta de punto ó me sobra la camiseta gris. Me centro en todo lo que me sobra para no pensar en lo que me falta. Y me refugio en el recuerdo del sueño, tan vivo.
Tanto que incluso ahora, horas después, aun dudo si no fue verdad. Porque si cierro los ojos, aún soy capaz de notarle en mi piel. De recordar como, en algún momento, sentí que me acariciaba, creyendo él también que estaba dormida.

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Sobre mí

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Diario de una vampiresa en paro

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He sido ex-vampiresa durante los últimos años. Lo que significa que vuelvo a entrar en el juego..., y quiero volver a ser quien fuí.
Lo que pasa es que, para reengancharse hace falta tiempo..., y para eso el periodo de "en paro" viene bien.

¿Más sobre mí, ahora que ya llevo una temporadita aquí? Pues que me gustan los gatos, adoro la música, no me gustan los intransigentes, ni las mentiras (y menos las que busca dañar a otros), que aprendí a leer con dos años, a escribir con tres, que hablo por los codos desde siempre..., que considero vital la comunicación (al parecer desde que nací)
Que con ocho años me regalaron una cámara de fotos y no sabría vivir sin poder reflejar el mundo en imágenes...
... y que mi profesión no tiene NADA que ver con todo esto que he contado...: soy una contradicción en hiperactiva y privada sesión contínua...

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INTERNET no significa, en ningún idioma, IMPUNIDAD.

Esta foto de la Luna es de la noche del eclipse de principios de marzo del 2007... aquí ya casi está "deseclipsada"



Nota: Todas las imágenes (fotografías) que aparecen en este blog, son propiedad de la que aquí escribe, bien por haber sido hechas por ella, bien por ser imágenes donde aparece fotografiada.


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