Una historia que no quise admitir, ni recordar...
Cuando algo es secreto y no queremos que se sepa, hay que tener claro que no hay que contarlo a nadie. Y nadie es NADIE. Porque, a veces, el contar ese secreto al mejor amigo puede tener consecuencias inesperadas. Éste puede contarlo a su pareja (con la que decidió no tener secretos). Y esta pareja comentarlo con su íntim@. Que, a su vez...
Creo que todos entendemos qué quiero decir.
Hace años, no obstante, decidí que algunos secretos-secretos pueden ser peligrosos.
Mi relación con "M" tenía que ser secreta, por las particularidades no solo de la relación, sino por las circunstancias de él. Y por su personalidad. Y por las consecuencias que podía tener para mí que se supiera...
Pero yo decidí que ese secreto no podía ser riguroso.
Lo sabían..., tres, cuatro personas. No con detalles (nunca los dí, ni siquiera la primera vez que me acosté con él, a pesar de que tenía un punto de morbo que interesaba a las dos amigas con quien lo comenté... como de pasada). No era un tema de pudor: simplemente, decidí que tampoco les debían interesar una serie de detalles que preferí guardarme para mí. Simplemente dije que había sido un desastre (porque casi siempre las primeras veces resultan pelín desastrosas...).
Luego, cuando la relación dejó de ser divertida, cuando me daba vergüenza reconocer en qué me estaba convirtiendo por su culpa, cuando dejé de reconocer qué estaba pasando..., aún ahí, decidí que siempre, siempre, por muy secreta que fuese cualquier historia que yo pudiera mantener con alguien, otro alguien debía conocer que esa historia estaba pasando...
Cuando "M" me conoció, yo tenía 22 años. Y era una persona independiente, con vida social propia, a quien le gustaba juguetear si llegaba al caso... Y sé que fue eso lo que le atrajo de mí (más allá del aspecto físico ó de su tendencia a hacer muescas de revolver "tirándose" a todo lo que llevase faldas y le pasara por delante)."M" tenía 37 años, mujer e hijas pequeñas. En ambos casos, nuestras situaciones personales tampoco tenían demasiada importancia, al menos para mí. No tenia demasiada intención en tener "algo más" con él, a pesar de que me lo propuso desde el primer momento. Le seguí el juego..., pero sin dejar de darle a entender que no iba a acostarme con él.
La verdad es que procuraba no estar a solas con él. No sé..., creo que siempre estuvo ahí ese sexto sentido. Ese algo que nos hace protegernos más allá de la consciencia...
No sé cómo las cosas se fueron torciendo.
La primera vez que me acosté con él..., en fín, lo planeó él sin contar demasiado conmigo. Tampoco tenía demasiada importancia..., era algo que iba a terminar pasando (a esas alturas, también yo lo tenía claro). Pero yo sí hubiese esperado algo más de tiempo. No sé: ya había conseguido que me creyese su papel de víctima ante el mundo entero... y yo quería esperar a sentir algo más por él. No sé de qué modo había desarrollado la historia para hacerme sentir culpable de no quererle, ó de no querer acostarme con él...
Lo preparó de forma en que no pudiese negarme. Es una historia que no quiero recordar. Fue un desastre porque las "primeras veces" con alguien suelen serlo, pero a esas alturas nuestra relación era aún divertida. Yo seguía siendo quien él conoció: tenía capacidad para decidir, vida propia, amigos...
Hacía menos de 4 meses que nos conocíamos.
Quince días después, la historia empezó a torcerse. Ó mejor dicho, se empezó a encaminar hacia lo que nunca había podido suponer yo, ó, quizá, empezó a ser lo que iba a ser. Y "M" pasaba de ser el Doctor Jecklin a ser Mister Hyde. Personalidad ésta última que creo que ya jamás abandonó del todo...
Fue apenas un comentario. Habían ido su mujer y las niñas a verle. Él se fue con ella y con unos amigos a tomar algo. Y me dejó a las crías (no era la primera vez. A mí sus hijas me gustaban mucho). Y dijo la frase: "anda, quédate tú con las niñas; a ver si para esto sirves, ya que para otras cosas..."
No fue la frase: fue el tono.
En circunstancias normales, le habría contestado cualquier barbaridad. Ó me lo habría tomado a broma. Ó cualquier otra cosa.
Me dejó sin argumentos.
A esas alturas de la película, trabajaba con él desde hacía dos meses. Según mis referencias, hacía tiempo que su empresa no tenía tan buenos resultados. Yo venía de tener una empresa a mi cargo. Yo tenía una excepcional "fama" en el sector.
Me había acostado con él..., pensaba que porque existía un feeling especial entre nosotros.
Creo que aquel día empecé a entender que eso también era parte de mis obligaciones como empleada.
Me pasé toda la noche llorando.
Cuando volvió a por sus hijas, me miró de un modo especial. Bueno, me miró como lo hizo siempre que quería "algo más" conmigo. Pero yo ya no podía verle del mismo modo.
Nunca volví a verle del mismo modo.
¿Qué contar a partir de ese día?
Una semana después, tras otra tarde "hacièndose la víctima", volví a acostarme con él. Ese día él mismo dijo que tenía la sensación de que yo no había querido hacerlo, que igual lo hacía por hacerle ese favor, ó...
No sé. Creo que intenté, simplemente, que las cosas volvieran al punto en que todo parecía que entre nosotros iba a funcionar. Y si eso pasaba por tener sexo..., lo aceptaría. Ó no; a esas alturas, yo sí empezaba a sentir por él algo más.
Pasé de "trabajar con él" a "trabajar para él".
Y dejé de pensar.
Nunca he querido admitir que exista el maltrato psicológico. Bueno, preciso: nunca he querido admitir que me pudiera pasar a mí. Yo soy una persona fuerte. Muy fuerte, si llegamos al caso: la vida a esas alturas ya me había hecho fuerte.
Me costará años admitir lo que "M" hizo de mí y conmigo.
Terminé teniéndole auténtico pavor. Antes de un año de conocernos. Fue entonces cuando me salió el instinto de supervivencia y decidí que, ya que lo nuestro sólo podría ser secreto..., siempre habría alguien que supiera que estaba con él.
Instinto de supervivencia, como digo.
Llegó un día en que tuve claro que podría llegar a matarme. Y nadie se enteraría. Y, lo que es peor, podría decidir hacerlo y yo no opondría resistencia.
Pasase lo que pasase, me hiciera lo que me hiciera, no sólo yo no oponía resistencia: sino que, en ese momento, me sentía culpable. Era un experto en darle la vuelta a las historias: él era el bueno, y el resto de la Humanidad se dedicaba a hacerle la vida imposible. Esto era extensible a su mujer (antes de trabajar con él, ya me hablaba mal de ella..., y curiosamente, nunca entendió que yo estuviese de su parte, aún sin conocerla), a sus hermanos (veía a su familia como un grupo de conspiradores que envidiaban su posible bonanza en el trabajo), a sus empleados (una panda de inútiles..., de hecho, me contrató a mí en base a mi trayectoria para que le ayudase en su empresa...).
Obviamente, tampoco yo satisfacía sus expectativas. Daba igual que los resultados económicos fueran buenos. Daba igual que yo estuviese a su disposiciòn en todos los sentidos (algunas tardes, estaba esperándole en la oficina hasta las 10. Se iba a media tarde... y dejaba allí la agenda, las llaves del coche, las de casa...Sólo una vez se me ocurrió irme, muy al principio, y fue a raiz de eso cuando descubrí que no se podía hacer...Bueno, claro que por poder, podía..., pero primero me quedaba porque era "ÉL", luego, porque era mi jefe y porque me dije que qué más me daba esperar un rato..., y, al poco, ni se me ocurría otra opción que esperarle). Daba todo igual. Yo ya estaba en el mismo saco de "todos estais en mi contra".
Terminé teniéndole auténtico pánico.
Me daba miedo verle llegar: no sabía qué me iba a encontrar. Me daba miedo llegar y que ya se hubiera ido: a pesar de que mi horario de llegada fuesen las 10 de la mañana y que llegase, ignoro aún porqué, a las 10 menos cuarto... para limpiar un poco..., siempre tenía miedo a que él considerase que estaba llegando tarde.
Si estaba en su despacho, me daba miedo salir del mío y que me viese.
Uno de los veranos que pasé con él, cuando él estaba en la oficina, yo no me movía del despacho. El aparato de refrigeración estaba fuera. Fue un verano especialmente caluroso. No me atrevía a salir...
Afortunadamente, no soy (nada) friolera. Mi despacho nunca tuvo calefacción. Igual si al empezar a trabajar con él hubiese sido invierno..., le habría dicho que quería un radiador... Cuando llegó el invierno, ya ni se me ocurrió pedir nada...
Nadie podía saber el miedo que llegué a tenerle, porque sabía que nadie iba a entender el porqué de ese miedo. No iba con mi carácter público. Ni con el suyo: de cara a los demás, seguía siendo el perfecto encantador de serpientes que yo conocí.
Por descontado, nunca me puso una mano encima (más allá del sexo, claro). Y yo nunca tuve miedo a que me hiciese daño de ese modo, curiosamente... Ó igual es que ya me daba lo mismo. Hay cosas que duelen más que un golpe. Lo tengo claro.
Su indiferencia era más dolorosa, algunos días, que cualquier cosa que pudiera haberme hecho.
Algunos días, estaba enfadado y daba patadas a los rodapiés de la oficina ó puñetazos a los marcos de las puertas. No me atrevía a decirle nada (ni en broma ni en serio). Sé que tenía mucha fuerza: hacía agujeros a los carteles de contrachapado con un destornillador y de un golpe, a la vez que nos (me ) decía que qué inútiles éramos las tías y qué poca fuerza teníamos.
Pero nunca tuve miedo a que me hiciese daño de ese modo. En ese sentido, sabía que no lo iba a hacer.
Mi miedo era otro.
Mi miedo partía de saber (en realidad, siempre lo supe) su debilidad. Mi miedo nacía de conocer que, en el fondo, me necesitaba. Sonará absurdo. Pero yo sabía que tenía una debilidad, y que esa debilidad era yo. Y me despreciaba porque así se demostraba que no me necesitaba para nada. Y me rechazaba como mujer (a pesar de cómo me miraba) para no reconocer que sí sentía algo por mí. Y si estábamos (algunos días estaba "de buenas") hablando hasta las 11 en su coche, y me contaba qué le pasaba, qué sentía con respecto a algunas cosas y algunas personas..., lo normal era que al día siguiente no me dirigiera la palabra. Ó pasarme dos ó tres días sin verle: se iba antes de que yo llegase y volvía cuando yo no estaba.
Le tenía mucho miedo, porque sabía cuanto daño podría llegar a hacerme para castigarse a sí mismo al tiempo.
Y llegué a entender, claramente, que lo mejor para él era que yo desapareciera. En todos los sentidos.
Por eso llegué a hacerme invisible. Por eso hacía el triple de trabajo del que sería mi obligación y dejaba que pensara que éste "se hacía solo" ó le dejaba apuntarse méritos que no eran suyos.
De los dos, yo era la más fuerte.
Yo me daba rímmel que resistiera las lágrimas. Yo contestaba el teléfono a punto de llorar (si él estaba delante: nunca me vió llorar. Nunca lo permití) y no se me notaba en la voz.
Tonteaba con otras por teléfono desde su despacho, y to sólo entornaba la puerta...para que si llegaba alguien no le escuchara. Tonteaba con otras y venía a mirarme a mí, y no me decía nada, pero yo sabía lo que quería. Y tampoco me lo decía a mí.
Pasamos meses sin tocarnos. Bueno, sin tocarme él a mí, que a mí no se me habría ocurrido. Me castigaba también con eso.
Me gritaba en público. Buscaba dejarme en evidencia. Pero yo era más fuerte de lo que él podría imaginarse.
Un día, tras muchos de ignorarme y tratarme mal, dijo la frase. No venía a cuento. Me dejó sin argumentos.
Me dijo que le daba miedo seguir intimando conmigo (él lo llamaba así: se refería al sexo, y se refería a la vez a nuestras largas conversaciones), a pesar de lo mucho que le gustaba y que le apetecía. Y que le daba miedo porque si seguía conmigo, iba a romper su matrimonio. Y sabía que, aunque dejase a su mujer, yo no iba a querer irme a vivir con él.
No fuí capaz de reaccionar de ningún modo.
Terminó con un "¿verdad?"
Me lo estaba diciendo alguien a quien ni siquiera podía preguntar qué le había dicho el médico si iba porque estaba enfermo. Porque un día lo hice (se había pasado la semana diciendo al mundo entero que tenía que recoger los resultados de unos análisis) y me contestó que eso no era asunto mío.
No sé porqué cuento ahora todo esto, después de tantos años callada...
Igual es porque hoy es el Día Internacional contra los Malos Tratos a las Mujeres... y porque llevo demasiados años callada, y porque a veces duele mucho oir algunas cosas no existen...
Ó porque tengo que admitir que siempre pudo conmigo, y que, en la distancia, sigue haciéndome daño.



Art. dijo
Creo es bastante sano el conciliarse uno mismo con su pasado de ahì te felicito,y entiendo lo facìl que es crearse apegos como el de la relaciòn que comentas donde finalmente era mayor la disfunciòn que la buena relaciòn y me gusto una parte que no lo dices directamente pero reconoces que el no era quien te hacìa daño tù buscabas la culpa y quien se hacia daño eras tu misma en fin bezasos Art.
27 Noviembre 2006 | 01:36