Soltar amarras.
Sigo especialmente sensible.
Esta tarde, en clase, he estado a punto de levantarme e irme. No sé dónde, pero sí a qué. A llorar.
De pronto, he visto que lo que llevo un mes y pico haciendo ha sido un error. No vale la pena.
No estoy agusto en clase. No me siento identificada con la gente. Lo que he aprendido (básicamente) lo he aprendido yo sola (bueno, esto es lo normal en mi vida. Los profesores, desde siempre, estaban ahí... porque el resto del alumnado igual los necesitaba. No solía ser mi caso, vamos...).
Sí sé porqué me reenganché a este curso..., pero esta tarde he tenido la certeza de haberme equivocado. Certeza que ya he intuido otras veces. Certeza que me negué a reconocer ayer (que lo supe, lo supe ya...).
Queda una semana, y estoy muy cansada, anímicamente. Totalmente fuera de lugar...
Hoy veo el centro con muchas irregularidades. Ayer vino la inspectora de Educación que coordina este tipo de cursos... y no puse en el informe las irregularidades (todas)que hoy veo en el Centro y en el curso. ¿Por qué? No lo sé. Bueno, sí que lo sé...
Si hubiese venido hoy, sí me habría explayado. Si hubiera venido ayer a última hora de la clase, también... Me pilló en un momento en que, aún, quería dar un voto de confianza... a algo ó alguien que, definitivamente, no lo merece. Lo siento, pero no: no lo merece.
Estoy cansada.
Y lo peor es que paguen justos por pecadores. Que mi cansancio, y mi hastío, y mi certeza de haberme equivocado... se lo haga pagar a terceras personas...
Ni le he mirado.
Me repito que no ha sido como sé que ha sido. Que no venía a verme a mí. Que, seguramente, ha sido un gesto casual..., pero ya nos conocemos, y no había ninguna razón, ninguna, para que pasase por mi lado. Tres veces. Lo que en teoría iba a hacer (decir a otra persona algo), podía haberlo hecho desde la calle. Pero ha entrado, y ha ido hasta mí. Y, lo sé, me ha mirado... esperando que le dijese algo. Como siempre. Y ha pasado tres veces, tres, por mi lado.
Y ni le he mirado.
Porque en ese momento estaba dolida con el mundo entero. Porque hace tiempo decidí que, en presencia de según quien... si puedo ignorarle, lo voy a hacer (luego no puedo. No he podido, hasta hoy). Porque..., no sé. Porque en el fondo me da miedo que cualquier gesto mío le pueda perjudicar. Porque haya quienes estén dando vueltas a la historia y estén buscando ver lo que intuyen. Por..., que sé yo.
Y luego me he arrepentido.
Sé (lo sé, me niego a admitirlo, me negaré siempre) que ha venido a verme. Porque llevaba sin verme tanto tiempo como yo a él. Porque eso no tendría la menor importancia... pero la tiene. Me niego a pensar que pudiera echarme de menos. Me niego terminantemente a ser tan vanidosa, pero...
Me he arrepentido.
Seguramente, no ha entendido mi actitud.
Y ahora soy yo la que no sabe qué debo hacer la próxima vez que nos veamos. ¿Fingir que todo va bien? ¿Y si me pregunta que qué me pasó el martes... que ni le saludé? ¿Le digo la verdad? ¿Le digo que ni le ví, que no me encontraba bien? ¿Le digo... que en presencia de según quién, es mejor evitar interpretaciones erróneas?
Le diga lo que le diga, ni le estaré mintiendo... ni estaré diciéndole toda la verdad.
Quizá lo ideal sea seguir con esta misma actitud: guardar las distancias. Aunque no lo entienda. Aunque no me entienda. Total..., yo ya he tomado la decisición. Y es no volver a verle cuando, por lógica temporal, no tengamos que vernos casi a diario, como ahora.
Creo que todo este tiempo no ha valido la pena. En ningún sentido.
Hace apenas una semana, estaba segura de que era una de las pocas cosas a conservar de este año extraño. Hoy..., no sé, creo que habría sido mejor no haberle conocido. Ó no haber propiciado determinadas conversaciones, no haberle sostenido la mirada, no haberle demostrado que me gustaba estar cerca de él. Habría sido todo mucho más fácil, al menos para mí. Al menos hoy...
Tengo que soltar amarras, ya mismo. Tengo que asumir que, probablemente, no volvamos a vernos. Que si un día nos encontramos de frente, como mucho (como muchísimo) llegaremos a saludarnos, como de pasada. Tengo que asumir que, aunque yo quisiera un día llamarle, verle..., es probable que no pueda ser. Y que él tienda a romper definitivamente cualquier tipo de conexión cuando los encuentros obligatorios dejan de serlos (en realidad, yo también soy así: siempre he dicho que yo a mis clientes los cuido, les facilito la vida, me preocupo por ellos... hasta que salen por última vez por la puerta de la oficina. Momento en que dejan definitivamente de ser "mis" clientes, y me desconecto de sus historias, y los olvido...).
Le voy a ver muy, muy pocas veces más. Soy consciente de ello.
Estoy cansada. Estoy muy cansada y no quiero seguir pasándolo mal. No quiero seguir equivocándome con la gente.
Estoy cansada de esposas celosas que ven fantasmas cuando no hay nada. Estoy cansada de fingir ser tonta ante gente mediocre, para poder camuflarme entre ellos y dejar que crean que han descubierto la pólvora... cuando no han hecho otra cosa que encender una cerilla.
Estoy cansada de equivocarme con la gente. De tener que renunciar a la gente que encuentro y me gusta. De preocuparme más por los demás (por su bienestar, por todo lo que les haga bien...) que por mí misma.
Estoy harta de tener que fingir que no pasa nada, que todo está bien... cuando no es así.
Me muero de ganas de estar con él. Tenía muchas ganas, muchas, de volver a verle, y ni le he mirado. Y ahora no sé qué actitud tomar la próxima vez que le vea..., porque supongo que habrá una próxima vez.
Ya no estoy segura de nada.
Pero, eso sí, mañana me volveré a arreglar, me volveré a pintar los labios y las pestañas, me volveré a echar perfume... e iré a clase como si todo fuese bien. Como si nada pasara. Porque hay que guardar la compostura pase lo que pase...
Tengo que soltar amarras y estoy muy cansada. Y tengo miedo a ahogarme en la certeza de no volver a verle más. Me espera una travesía muy larga, que no esperaba, y sé que la tengo que hacer yo sola. Como siempre.

