Cuando la rutina cotidiana es vivir dentro de un culebrón... y no darle importancia
Hubo una época, hace unos 15, 18 años, en que estuvieron muy de moda los "culebrones". Esas telenovelas eternas que llegaban de latinoamérica. Y que, además, cuando llegaban ya habían pasado varios años desde que se rodaron-emitieron en sus países de origen..., por lo que fue normal el éxito: no sólo por lo más ó menos "enganchante" de los argumentos (hijos secretos, fortunas mal repartidas, amores adúlteros, chicas guapas-buenas-pobres engañadas por malvados y enamoradas del hijo del malvado..., ya sabemos), sino por ese desconocido entonces acento suramericano, y por esa estética setentera-ochentera del Caribe y el Cono Sur... Horror y fascinación al mismo tiempo.
Por esa misma época, una amiga me dijo otra de las frases de mi vida: "a tí los culebrones no te llaman la atención porque tú ya vives en uno de ellos".
La verdad es que lo primero era real: yo por entonces apenas tenía tiempo para ver la tele (y menos a las horas en que se programaban estos productos: mañanas y sobremesas), y debía ser la única persona que no los seguía ni le interesaba en lo más mínimo su existencia...
Y lo segundo..., en aquellos momentos, no me pareció tan ajustado. Bien que mi vida, vista desde fuera, no era muy convencional (vamos, que no era la normal de todo el mundo), pero, tanto como "vivir en un culebrón"...!!!
Hoy que soy capaz de verlo desde fuera, veo que tenía razón. Lo que pasaba era lo que suele pasar siempre: cuando estamos viviendo algo, estamos tan sumergidos en la realidad de ese momento, que nos parece perfectamente normal. Realmente, cada cosa es la consecuencia de otras, y llegamos a determinados puntos del camino por simple inercia. Nadie planifica vivir una gran pasión. Nadie cuando decide casarse piensa que igual en dos años se encuentra sumido en un proceso de divorcio traumático y odiando y siendo odiad@ por la persona con quien decidió compartir su vida. Los días tienen, todos y para todo el mundo, 24 horas... pero hay quien los pasa vegetando y no le cunden nada, y quien tiene 10 actividades distintas cada día, y parece convertir en chicle esas 24 horas comunes...
Mi vida a los 20, 22 años no era la normal de una persona de esa edad y en esas fechas. De hecho, tampoco habría sido la normal de alguien de más edad. Y no digamos ya de alguien de esa edad hoy en día... Pero yo no le veía nada raro. Me había acostumbrado.
Me había hecho a que mis amigos fuesen mayores que yo. A que el hecho de que alguien tuviese una intensa historia extramatrimonial... y que todos los demás le "cubriéramos" ante su legítim@ fuera lo normal. A que la jornada laboral empezase a las 10 de la mañana... y terminase a las 10 de la noche, ó las 11, ó... A ir a trabajar en taxi, si se perdía el autobús (y a pesar de que nadie controlase la hora de llegada). Por entonces, casi todos mis amigos estaban separados (como mínimo, una vez), y que además, mantuviesen turbulentas relaciones de pareja entre ellos, ó con terceras personas, ó todo al tiempo y ocultándolo a la vez que se contaba buscando la complicidad. Y esto generaba la existencia de hijos pequeños que se veían fines de semana alternos, disolución de regímenes de gananciales no siempre fáciles, treintañeros casi en los 40 que volvían a portarse como adolescentes, aún teniendo mujer y niños en casa...
Y la verdad es que a mí todo me parecía normal. Y era normal (aunque no lo fuese) mis relaciones con los hombres (los que me "pretendían" y con los pocos con los que yo decidí tener algo más que un intercambio de palabras). ¿Que eran mayores que yo? Todo el mundo en mi entorno lo era. ¿Qué estaban casados? Bueno, la verdad es que era lo normal... y nunca me lo ocultaron...
Hoy lo veo desde lejos, y, si no fuese porque lo viví, hay cosas que no me creería. Estoy segura de que amigos ajenos a mi entorno de entonces, cuando les contaba algunas cosas... pensarían que me lo estaba inventando. Que era imposible relacionarse sólo con gente tan compleja, y hacer tantas cosas....
En mi entorno a los 20 y pocos, no había niñ@s universitari@s. No había amas de casa convencionales. Los jefes no eran señores con traje oscuro a quienes llamar de usted y ver el día de cobro de la nómina. Al Director del Banco se le saludaba con dos besos. A mí mis jefes me hablaban en gallego ... en Madrid y siendo madrileña, y me parecía normal entenderlo y que me hablasen así. Una de mis mejores amigas me contaba una mañana que no había dormido apenas... porque su ex-novio se había pasado la noche en el coche, aparcado enfrente de su ventana, fumando (veía la lucecita de la brasa)... y a mí me parecía normal. Y si le sumamos que el del coche en vela era uno de mis jefes, pues... Todo era normal.
Esta canción sonaba en la radio la Navidad de hace 18 años. La Navidad que pasé trabajando en la empresa de Pedro. Me la dedido y se la dedico... por esa época en que mi vida empezó a ser un culebrón, tras conocerle.
Cuando me fui de vacaciones (diez días) el año 92, en septiembre..., mi vida era eso, un CULEBRÓN (con mayúsculas). Más que "de vacaciones", me fuí huyendo. De mi realidad. De mí misma. A ver si encontraba respuestas que darme...
En ese verano, había dado por terminada definitivamente mi extraña relación con "M". Me había enrollado de la forma más tonta con "el Tercer Hombre" (de quien ya hablé en otro tema), que había pasado a llamarme contínuamente, y a hacer planes para vernos otra vez cada vez que estaba con él. Y una de las razones por las que me enrollé con él fue que "M" no le podía ni ver: me prohibió que tuviese ningún trato con él... creo que la primera vez que nos vimos. Y a mí no hay como prohibirme algo para... "M" había decidido que lo nuestro era muy importante... y nos reconciliamos (ó algo así. A su manera de "reconciliarse", que ya nos figuramos cual era). Y, para acabar de rematar la función, entre Pedro y yo terminó pasando lo que igual no debería haber pasado nunca, ó debería haber pasado antes, ó..., qué sé yo. Y, considerando que yo consideraba a Pedro mi amigo, que "M" también era amigo (de los de contarse batallitas-de-tío) de él, y que "el Tercer Hombre" fue la persona que se llevó por delante la empresa en que yo conocí a Pedro (y, como se puede deducir, desde entonces no es que no le tuviese aprecio... es que no le pegaba porque procuraba evitar encontrárselo), pues...
Todo esto pasó en poco más de mes y medio.
Pues eso, culebrón.
Y a mí me parecía todo de lo más normal. Quizá porque llega un punto en que te inmunizas. O por lo dicho: a los destinos se llega tras recorrer un camino determinado...

