"Anoche soñe que volvía a Manderlay" (bueno, en mi caso, volví a otro sitio)
"Anoche soñe que volvía a Manderlay"
Este era el comienzo de la película "Rebecca".
Y muchas veces yo he soñado que volvía a otros sitios. Del mismo modo que la narradora de la citada película soñaba que volvía a la casa de sus pesadillas, yo he soñado que regresaba a algunos sitios, que no sé si formaron parte conscientemente de mis pesadillas, pero...
El martes volví a uno de esos sitios.
Al sitio donde estaba la oficina de "M". No había vuelto a estar por allí desde finales de julio del año 2003. Casi 4 años. Desde la última vez que le ví. Yo sabía que era la última vez: se lo dije cuatro ó cinco días antes, cuando en una conversación me dijo que posiblemente no podríamos vernos la siguiente semana, como teniamos planeado... Cuando me lo dijo, no podía rebatirle nada, porque estaba acompañada. En cuanto llegué a casa, y me quedé sola, le llamé. Pidiéndole que no me hiciese eso. Que tenía que verle, siquiera unos minutos. Que tenía que despedirme de él... porque no íbamos a vernos más. No lo entendió. Se enfadó: "¿cómo se me ocurría algo asi?". Por descontado, yo tenía razón..., no le he vuelto a ver.
Aquella tarde, me "escapé" del trabajo (la verdad es que, por una serie de circunstancias familiares, estaba físicamente muy cansada). Tardé casi una hora en llegar a mi destino: su oficina. Le pillé aún allí de casualidad: tenía una visita y se estaba despidiendo. A mí me bastaba eso, verle por última vez. No quería nada más. Casi como inmensa concesión, decidió llevarme a casa: le dije que no hacía falta. Y me contestó (imprevisible, como siempre) que ya que había ido hasta allí, qué menos...
Yo sabía que era la última vez. Pero quise creer que no, quise creerle. Tenía que volver a recoger unas cosas unas semanas después, a arreglar papeles de su hija menor un mes después, y nos veríamos, seguro. Le quise creer. Todavía sigo queriendo creer que volveremos a vernos, aunque sé que no es cierto.
Le recuerdo como si fuese ayer, saliendo de su oficina, yendo hasta su coche. Pantalón oscuro y camisa blanca. Cediéndome el paso (rareza, como digo, nunca se podía una atener a nada con él) para que caminase delante de él por la estrecha acera. Conversación casi trivial, cuando a mí lo que me apetecía era pedirle que no se fuese. Le dije, en la puerta de mi casa, que subiese a tomar algo conmigo. Me respondió que tenía que llamar a su mujer, ó que su mujer le iba a llamar a él, para confirmar no sé qué del día siguiente, en que ella venía a recoger algo y ya se iban juntos... En la era de los móviles, hablar de estar esperando una llamada y por eso tener que irse a casa... es absurdo. Aún así, acepté la excusa: qué más daba ya todo.
La noche que nos conocimos, me dijo algo similar... pero al revés. Su mujer estaba fuera, visitando a la familia. Él quería que fuéramos por ahí, a divertirnos. Yo, por descontado, no estaba por la labor (no olvidemos que nuestro primer encuentro fue una entrevista de trabajo). Y me dijo algo así como "pasamos por mi casa, que mi mujer me llama sobre las 11; y luego nos vamos a Madrid ó donde tú quieras..."
En aquella época, no había móviles más que en las películas de ciencia-ficción.
Aquella última tarde, le dije que me llamase. Que se pasase a desayunar conmigo cuando quisiera, cualquier mañana. Me respondió que lo veía difícil... El día anterior, me lo había propuesto él. Venir a desayunar conmigo... no implicaba tomar el desayuno. El desayuno era yo, obviamente.
No había vuelto al municipio donde estaba su oficina. Creo que el local sigue siendo suyo, aunque tampoco podría jurarlo. El proyecto también pasaba por volver años después, a recuperar su oficina...; hoy sé que no volverá nunca.
Me contó que había comprado ese local (tenía arrendado el de al lado) años antes, tras una centelleante sesión de sexo (en que tenía muchas ganas de verme, a tenor de lo acaecido). Fuí a verlo un mes después, en plenas vacaciones (la semana que me podía permitir) mías. En su antiguo local, tras lo que solía pasar cuando nos veíamos, me propuso que pasásemos la noche juntos. Que nos fuéramos por ahí, y alquilásemos una habitación en un hostal...Supongo que eso lo haría con otra y le gustó: a mí no me lo había propuesto nunca, ni lo veía en su forma habitual de hacer las cosas... Le dije que no: yo no podía dormir fuera de casa sin avisar con tiempo...
Nunca pasamos la noche juntos.
En ese local nos ..."acostamos" juntos, por supuesto. En verano y en invierno. No fue el último sitio en que lo hicimos: la última vez fue en mi casa y mi cama. No, miento: fue en mi casa, pero no en mi cama. Teníamos poco tiempo esa última mañana..., y quedó en volver en pocos días.
Fue la última vez. Y en esa ocasión no fuí capaz de preveerlo.
Da lo mismo.
El martes volví por el barrio de su antigua oficina.
Un par de veces, mientras se suponía que manteníamos una relación... fuí hasta allí, y no me atreví a entrar.
Recuerdo un martes, miércoles, de agosto. Oficialmente, manteníamos una relación. No sé porqué, me moría de ganas de verle. Había quedado en llamarme y no lo hacía. Me fuí hasta allí. Sólo se podía ir en tren, y tardaba más de una hora. Una hora de tiempo que no me sobraba. Me fuí hasta allí. Su oficina se veía desde la estación. De su oficina, sólo me separaba el parking de la estación de tren.
No crucé. Me quedé en el parking, sin atreverme a ir a verle. No sé, quizá esperando que saliera, y verle. Y esconderme para que no me viera.
Y se suponía que manteníamos una relación sentimental. Y que éramos personas adultas.
Esa noche cayó una tremenda tormenta sobre Madrid. Recuerdo llorar, de impotencia, sintiéndome idiota por mi cobardía y mi estupidez, mientras caían los rayos.
Creo que hice bien en no cruzar: no estaba ni siquiera en Madrid. E igual las personas que trabajaban con él (que sabían que yo existía, de eso estoy completamente segura), no lo habrían entendido. Ó sí, qué más da ya todo...
Una semana después, volvió y me llamó. Y yo corrí a verle. Como tantas veces... Yo no podía llamarle. Yo no podía querer verle. Y mi único "pataleo" era no coger el teléfono si me llamaba para quedar.
Docenas de veces no cogí el teléfono. Era mi única fuerza, mi única reacción para demostrarme y demostrarle que no, que no podía hacer lo que quisiera y cuando a él le apeteciese.
Muchas veces me he arrepentido de no aprovechar esas ocasiones. Y muchas más me he arrepentido de no haber puesto las cartas sobre la mesa y plantearle claramente que si quería estar conmigo... había unas condiciones. Ó decirle que yo sí quería estar con él, a tiempo completo..., y que sus hijas ya no eran pequeñitas. Y que su mujer..., en fin, qué más da ya todo.
A veces he soñado que volvía a esa oficina.
El martes volví a ese barrio. Quizá ya no vuelva a soñar nunca más con las cosas que me unen a "M".

