Aunque sé que me afectan las tormentas...
Sé que también influye la tormenta. La tormenta que, aunque no haya caido aún ni una gota, amenaza con caer sobre Madrid.
Que influye el que duermo poco y mal: a la una y pico estoy frente al ordenador, me traslado frente a la tele y ya no hay más que programas de zapping repetidos que no soporto ni cuando son de estreno. Pero no tengo sueño, así que bajo al máximo el volumen del televisor, y me tumbo en el sofá, y me echo por encima la manta, y de pronto abro los ojos y son más de las tres...
Que apenas como, poco y mal, cualquier cosa para no pensar que no he comido. Pero lo que antes, ya como rareza, era esperar a las 3 de la tarde... ahora pueden ser las 5, ó más. Y no me vale la ropa que me gusta, pero casi da igual. Hay días que no saldría de casa. Que los pasaría tumbada en la cama hasta las dos. Que me levantaría apenas para ver el telediario, y seguiría con la camiseta enorme con que duermo, con calcetines, acaso con una pinza de plástico en el pelo.
Muchos días me voy con la cama sin hacer, apenas estiradas las sábanas, la ventana abierta. Acumulo en el fregadero vasos y tazas de todo el día, cucharas diminutas con las que como el yogur, la jarra blanca con que caliento la leche del café en el microondas. Hay días que no salgo a la terraza: si acaso, para llenar de alpiste el comedero del canario y ponerle agua fresca: qué culpa tendrá él de mi desidia. El suelo acumula pétalos de colores de los geráneos, hojas secas del enorme ficus benjamina, que también es la sombra de lo que llegó a ser hasta hace poco más de dos años.
Creo que si aún hago algunas cosas... es por simple instinto de supervivencia. Poner lavadoras, limpiar el baño, lavarme el pelo.
Nada de lo que hago va a ningún sitio. Dejé de cobrar el subsidio de desempleo hace dos meses y pico. Yo, que nunca había estado más de dos días sin trabajar, desde los 16 años... Cierto que tengo ese otro trabajo que, de vez en cuando, me da ingresos para sobrevivir durante unos meses..., pero me da miedo a que pronto deje de existir (la verdad es que le dedico tiempo sin ganas y sin frutos), y que no me apetezca hacer nada. Sé que debería volver a la rutina de mi horario de comercio, a volver a dar clases de conducción y coger el coche, a terminar los cursos que tengo a medias. Pero..., no sé, la verdad es que no tengo ni ánimos, ni ganas...
A ratos me acuerdo de mis proyectos: abrir mi propio negocio (en mi sector no entendieron que no lo hiciese), seguir estudiando (mi puñetero y malempleado cociente intelectual), continuar con las fotos, siquiera como la afición que fue siempre. Seguir escribiendo. Volver a pintar. Pero...
No sé, seguro que también influye la tormenta. Y el que no hayamos tenido invierno.
El lunes tengo que hacer unas gestiones con unos clientes a primera hora de la mañana. Uno de esos trámites que son mi especialidad, que llevo haciendo como 18 años. No me apetece nada hacerlo. Me quedaría en la cama, pero no puede ser. Luego tengo que hacer una llamada: el Inem me ha enviado una carta para una posible entrevista de trabajo. Horario de comercio, claro. Muy cerca de donde vive Pedro. No sé... posiblemente vaya para que me sellen la carta, sin más. No me apetece "venderme" como la solución a sus males y el producto que necesitan. No me apetece un rechazo. También tendría que llevar mis papeles a una academia que va a empezar un curso de los del Inem ya mismo, y donde dejé ya mis datos..., pero tampoco estoy segura de que sea eso lo que quiero hacer los dos próximos meses.
Esta mañana he comprobado que "M" no coge el teléfono sabiendo que soy yo quien le llama.
Tampoco sé si hablar con él me va a hacer bien: sé que dejé de llamarle porque hablar con él cinco minutos se traducía en tres días llorando. Pero no hablar con él tampoco me hace tan bien como debiera...
La semana que viene, sí, definitivamente le tengo que llamar. Desde el otro móvil, el que no identifica conmigo. Me da igual lo que me diga (me he puesto en lo peor: ya he pasado por lo peor con y por él, ya que más da volver al infierno un ratito). Necesito hablar con él.
Pasé compartiendo con él espacio vital, ocho horas diarias, dos veranos enteros. No sé cual fue peor, más difícil: el primero, mi único objetivo era que aquello se arreglara. El segundo, que se terminase septiembre e irme para siempre...Sé lo que me afectan las tormentas. Creo que él también lo sabe.
Sé que este texto no tiene demasiado sentido, pero es que estoy escribiendo para mí.
Hace cuatro años, se me abrió un abismo delante. Soporté en el límite todo lo que pude. Pasé un verano al límite de mis posibilidades. Aguanté un año más, sobreviviendo, sin pensar, queriendo creer que las cosas podrían arreglarse. Llevo una cinta verde en la muñeca izquierda desde el otoño del 2003. El otro día se desató y volví a atarla. No quise luchar por "K", cuando ví tan claro que la atracción era mutua (lo ví yo y lo estaba viendo todo el mundo). Su mirada me hacía bien y me apetecía tanto, tanto, estar a su lado, me gustaba tanto que me mirase, sentirle cerca..., pero no quise hacer nada más. Ahora me da miedo volver a encontrármelo. Lo que sabía que sería inevitable (y era deseable) ahora lo veo como algo que no quiero que pase nunca. No podría encontrarme con sus ojos... y que no me mirasen igual. Ó que sí lo hicieran, y fuese la última vez.
Espero que empiece a llover cuanto antes: tendría que hacer tantas cosas esta tarde y tengo tan pocas ganas de hacerlas... que la lluvia sería una excusa... ó quizá mojándome volviera a sentir que sigo viva.






el-berauni dijo
la gran tormenta que desde el mediodia amenaza mi pueblo ha consistido en 8 truenos y 4 gotas de lluvia
menudo blufffff
9 Junio 2007 | 06:55 PM