"Muñequita rusa": fin del párrafo
En vista de que hoy Lacoctelera sólo nos deja que publiquemos nuevos post (para leerlos hay que "pinchar" en el nombre del blog que se quiere leer: cualquier otra cosa lleva al célebre mensaje 500, el de "error"), que no puedo leer los comentarios que me hayan dejado, que no puedo hacer ni leer comentario en blog's amigos, que intentar cualquier cosa es terminar en el "mensaje error 500"... pues publicaremos.
Por aclamación (100% de los amigos cocteleros que opinaron al respecto), paso a terminar el párrafo que dejé a medias hace unos días:
"(...) Ella mantuvo el silencio, mirándole de tanto en tanto, de reojo. Jugó a enredarse un rizo en el índice; luego, lo cogió un rato entre los dientes. Darío conducía despacio... y no decía nada. Le miró con franqueza, se encogió de hombros, suspiró para sí misma, se ahuecó el pelo, volvió a observar la carretera, se desató el abrigo, contó el tiempo que el semáforo permanecía en rojo... Empezaba a aburrirse.
Darío pensaba. La proximidad de Nora, su perfume, su aura magnética, sus ligeros movimientos, le turbaban enormemente. La repentina visión de sus piernas, blancas y enfundadas en los pantys, le puso aún más nervioso. ¿Cómo empezar a hablar, por dónde empezar a contar? ¿Cómo volver a abordarla? Quizá fuesen los días sin verla, pero le parecía aún más guapa, más seductora, de lo que recordaba. Esas manos suaves e infantiles, esas uñas largas que se posaban en sus labios tentadores, que se enrollaban en su pelo. ¿Cómo rozarla sin temer que se desvaneciese, sin temer despertar sin ella, solo, junto a su pasado?
Paró el coche. Ella salió, sin hablar tampoco, y le acompañó hasta el viejo portal. Orgullosa e infantil, fresca y sofisticada. Pasó antes que él, montó en el ruidoso ascensor metálico, le acompañó hasta la puerta del piso..., sin decir nada, ni apenas rozarle. Entró en la casa, estaba muy oscuro. Darío dió una luz, era una vieja y horrorosa lámpara de cristal azul. Nora se paró en medio del comedor de horribles muebles, miró a su alrededor con algo en los ojos que el entendió como decepción. Dejó el bolso en una silla y casi arrojó el abrigo sobre otra. Y, parada en medio de la habitación, le miró fijamente con sus grandes ojos de arena mojada.
-...¿Y...?
Darío se acercó a ella, todo lo posible, sin rozarla. La miró como si acariciase su rostro con los ojos. La luz de su mirada, la claridad de su piel, esos deseables labios carmíneos que se entreabrieron, muy suavemente. Los rizos oscuros que apenas rozaban los hombros, el jersey azul que contrastaba con el tono de su cara. Alargó los dedos, casi sin rozar su mejilla. Suspiró.
-No sé, Nora...
Ella le cogió los dedos con su mano, en un rápido y sutil movimiento. Le sintió estremecerse. Se los acarició, los entrelazó con los suyos. Se acercó los casi milimetros que separaban su cuerpo del suyo, y acercó esos dedos morenos a su boca, casi besándolos, atrapándolos entre sus labios, cogiéndolos con los dientes, como una gata cogiendo a sus crías, como cogía sus propias uñas. Sin dejar de mirarle a los ojos, a esas pupilas que casi temblaban. Con su otra mano le acarició la cara, deslizó sus dedos abiertos por el espeso cabello castaño, parándolos en una caricia en su nuca. Juntando su cuerpo al de él, sintiéndole estremecer bajo su contacto, recibiendo la proximidad de su aliento, manteniendo sus dedos entre los labios. Notó como una mano de él, por fin, se posó en su cintura, le acarició la cadera sobre su falda, terminó por desabrochar su cinturón, la enlazó y la atrajo hacia sí. Sin hablar, ella soltó sus dedos de entre los labios, pero no su mano de la de él, y le besó en la boca, con suavidad, como esperando una respuesta. Se descalzó, obligándole así a bajar unos centímetros hacia ella, al devolverle el beso. Le sintió acariciar su espalda, revolver su cabello, acariciarle el cuello, quitarle los pendientes y arrojarlos al suelo, y estrechar la mano que tenía enlazada con la suya. Sin hablar, porque no era necesario. Como no era necesaria la pésima luz, y la apagó, dando un manotazo al interruptor. Bastaba con la ténue y lejana iluminación de la calle. Dejó que las manos de él le quitasen el jersey, que le sobraba, acariciasen la suave seda de la blusa, paar, luego, acariciar su piel y arrojar la prenda lejos, también. Se dejaba hacer en esta reconciliación sin palabras ni luz, no tomando la iniciativa, por una vez. Le dejó explorar su piel perfumada con los labios, desprenderla de la corta falda, recreándose en cada centímetro de sus piernas mientras le quitaba las medias. Se dejó desnudar por sus manos, de un modo distinto, sin palabras, en un ambiente tenso de puro tranquilo, cargado de deseo por no tener prisas. Deseándole por sentirse más deseada que nunca, como nadie, ni siquiera él mismo, la había deseado jamás. Viviendo algo nuevo cuando creía haberlo probado ya todo. Descubriendo que Darío podía ofrecerle algo que no era sólo el objeto de su cuerpo, esa laxitud y aquellas palabras de amor. Sabiendo, por fin, lo que era reconciliarse con él, sin palabras, porque había demasiado que contar. Y, casi, llegando a creer, al sentir el cuerpo de Darío unido al suyo, que era la primera vez que hacía, de verdad, el amor en su vida."
Como dije la otra vez: copia literal. No he cambiado (para bien ó para mal) ni una coma, ni una palabra, ni nada de nada. El texto lo escribí así, allá por la prehistoria, con 17 años. Eso sí, a mano, en cuaderno de cuadritos tamaño cuartilla, con boli azul y letra pequeñita, para que cupiese más en menos espacio...
A ver si ahora Lacoctelera "se porta" y me deja publicar...





FR dijo
Hola wapa... muy buenos días corazón... ya regrese de vacas...
Besos
14 Agosto 2007 | 11:19