Pupa...!!!
Bueno, pues toda formalita yo, esta mañana fuí a hacerme el análisis.
Digo lo de "formalita" porque la última determinación al respecto, anoche, fue dejarlo pasar y no ir. El tema se desarrolló así:
No sé de qué manera, tras pasar casi todo el día fuera de casa (Juzgados, híper, familia...), terminaron dándome la una y pico de la madrugada. Sentada frente a la tele, donde daban G.H. (lo que no significa exactamente que lo estuviese viendo) y sacando brillo a mis moneditas encontradas (más bien, quitándole la mugre en algún caso secular, a base de trapo y "algodón mágico"). Igual por el efecto del líquido en que impregnan la tela que es el citado "algodón", la verdad es que no tenía sueño. Pero el sentido común me repetía que debía acostarme, que últimamente no madrugo (levantarse a las nueve es cualquier cosa menos madrugar), que hoy tenía un día animadillo y me iba a ir cayendo por los rincones...
El despertador estaba programado para sonar a las siete y cuarto. Los análisis los hacen entre las ocho y las nueve de la mañana, y comomi médico está en otro municipio (colindante y mal comunicado: el censo y mi realidad dan para un estudio), qué menos que salir de casa a las ocho menos cuarto. Así, llegaría sobre las ocho y media, nueve menos algo..., tiempo de sobra.Y en la media hora entre el pi-pi-píiii del despertador y el cierre de la puerta, siempre me daría tiempo para estar diez minutos más en la cama, para lavarme la cara, para...
Ya. Planes a las diez de la noche. Que a las dos menos cuarto, cuando apagué la tele, ya no estaban tan claros. Que a las dos me tenían aún levantada (ya se sabe: aseo, dientes, spay para respirar mejor, que el polvo sucio del zulo me tiene alérgica perdida...), a las dos y cuarto ojiplática perdida mirando la luz roja del proyector/reloj... y a las dos y media, totalmente decidido el "no voy al análisis" me hizo desconectar el despertador. Ya estaba decidido: así, si no sonaba, no tendría sentimiento de culpa por no ir... ni me quedaría en cama desvelada a la siete y pico de la mañana, con el día que me esperaba...
No me acordaba de que soy un reloj con grasa de más. Que no ha necesitado el despertador en la vida...
Siete y cuarenta y cinco minutos. Ú ocho menos cuarto (que lo mismo da). Me despierto. Recuerdo que he decidido no ir al análisis. Recuerdo que debería ir, que si no voy, habré perdido absurdamente la tarde del martes pasado. Que tendré que perder otra tarde, para, al final, terminar haciéndome el análisis. Pero, no, no voy a ir. Siete y cuarente y siete: números digitales rojos en la viga del techo. Nada, que no voy. Que cierro los ojos y me doy la vuelta y recupero el sueño, y hasta las nueve, nueve y media si puedo..., siete horitas de sueño, qué menos. Siete y cuarenta y ocho: los dos puntitos se encienden y apagan. Aunque cierre los ojos, sé que están ahí. Y ya que estoy despierta, qué mejor que levantarme al baño, y luego me vuelvo a la cama...
Siete cincuenta. El sentido del deber es más fuerte que yo. Lo sé. Lo sé desde hace tantos años...
En resumen: que he ido. Sin lavarme la cara. En chándal (algo bueno tenía que tener: me visto en menos de un minuto). Tener que ir en ayunas también ayuda a ganar tiempo, claro...
Mi fobia a las agujas: qué cosa absurda e inevitable. ¿Cómo me puede asustar un pinchazo...a mí, que colecciono cáctus, que raro es el día en que no me tengo que arrancar alguna espina con los dientes (ó con una pinza, ó pinchando con un alfiler limpio con alcohol)...?? A mí, que hay días que llego a la noche llena de cortes tontos, que noconvierte en paranoiala precaucióncon el calor de las asas de las cacerolas, ni "lanzo" el calamar al aceite hirviendo. Que soy muy bruta y no tengo cuidado en los trabajos de "bricolaje". Miedo al dolor de un pinchacito, que además te da una experta.
A mí, acostumbrada a eso que eufemísticamente se llama "pasarme la epileidi", y que no es sino pasar una máquina con unos rodillos que te atrapan los pelos de las piernas y, sin miramientos, tirany los arrancan: uno, dos, diez, tres, uno, ocho..., así, diez minutos en cada pierna, una vez al mes como mínimo.
Que me parece normal darme una mascarilla que se seca, se convierte en plástico, y se quita "tirando" para que se lleve las células muertas (digo yo que en cuanto vean la mascarilla, las vivas también se suicidarán ó morirán del susto). Y me asusta la idea de un pinchacito... porque es eso, que la sangre no me da aprensión. Al menos, ni la mía ni la de los filetes (la ajena es otra cosa... pero no me retraigo si hay algo que curar: debe ser algo que las mujeres llevamos en el código genético, no sé).
Pues sí. Me da "cosa". Pero con mi tendencia a desdramatizar... no sé cómo, pero termino manteniendo breves conversaciones absurdas con la auxiliar que me tiene que apretar el brazo con la goma, buscar la vena, darme alcohol frío en el interior del codo, que me confiesa que a ella también le da repelús que la pinchen...
... que me pincha, al fin. Y sé que no duele, lo sé antes y lo sé en tras el pinchazo. Que no duele más que otras cosas cotidianas. Pero por eso es una fobia: no es controlable. Y veo cómo sale la sangre, a presión, roja oscura y con burbujitas (hale, la chispa de la vena), y llena tres tubos, y me quita tremenda aguja, y "esperas ahí cinco minutos y no te quites el algodón en un rato", poniéndome un copo como los de desmaquillar las uñas, otra vez alcohol frío, cómo se nota que el ambulatorio es casi una cueva.
En fin, que tanta preparación tanto fisica como mental para algo tan tonto.
Pues ahí estoy yo: con mi heridita en el interior del codo. Como un rayajito con boli rojo. Y me siento como deben sentirse los críos pequeños cuando se han dado un coscorrón, se han caido del columpio ó cualquier otro acontecimiento en el que seguramente ni en ese momento se hicieron daño, porque ya no les duele... pero les va a doler si con ello obtienen mimos.
Es una sensación de lo más ridícula. Y más en mí, que no recuerdo haber recibido mimos familiares nunca...
Pues eso: pupa.
(Pupa, ahora que caigo, es también una marca italiana de cosméticos. "M", en el tiempo que pasamos juntos, sólo me hizo dos regalos. Por Navidad y como empleada suya que era: bajo su forma de ver la vida, estaba obligado, ya que no nos daba paga de Navidad. El primer año, una especie de agenda/calculadora que apenas emplee. El segundo, un precioso estuche de maquillaje. Una "mariquita" de la marca "Pupa"... que mandó ir a comprar a su mujer y eligió su hija mayor. Obviamente, su mujer no sospechaba que igual entre él y yo había ese "algo más" que a ratos había ya por entonces... Si lo nuestro no era raro, que venga alguien y me cuente una relación más extraña. No empleé nunca el estuche. No había vuelto a recordarlo, ni a recordar esa historia, hasta hoy).
Dentro de unos diez días, tocará momentazo médico/circense: el resultado de los análisis.









clitoris dijo
Jeje, preciosa, si te hubiera pasado como a mí, que entre mis tres y mis 21 años me pincharon más que a un pobre e inocente ratón de laboratorio, te harían más y peor "pupa" ciertas y determinadas actitudes que las agujas más gordotas.;)
De todos modos, me ha encantado cómo lo has expuesto por aquí. Cada día escribes mejor. Besitos y, si puedes, mantente lejos de los "matasanos", jeje.
15 Septiembre 2007 | 12:39 AM