Crónica de un apagón (en el lado luminoso del mundo)
En líneas generales, somos unos privilegiados.
Y quizá por eso nos "inventamos" pequeños grandes dramas. Vamos a ver, que sé que cuando algo nos pasa, nos preocupa de veras: la ropa que tras los excesos estacionales ya no nos vale, el compañero de trabajo que nos hace la puñeta, el que no nos mira y antes nos ponía "ojitos", el detergente que se acaba justo cuando hemos decidido dedicar el sábado a lavar todo lo que "no es tan necesario lavar" (pero ya vemos sucio, sucio), los dos huevos que vienen rotos en la bolsa del híper y lo han puesto todo pegajoso, el granito en la nariz que ha tenido que salir, justo, el día en que vamos a renovar el DNI y no tenemos fotos de carnet válidas... Y otros pequeños grandes dramas: la muerte de la mascota, que ya era muy mayor y lo sabíamos; la enfermedad del abuelo que lo tiene en cama, el despido del trabajo, la subida del Euribor...
De todos modos, no por todo ello dejamos de ser unos privilegiados. Aunque a veces nos olvidamos de ello.
Hace unas horas, situación: Pc encendido y conectada a internet. Inalámbrico a mi lado, con su base enchufada a la red y a la línea. Televisión puesta de fondo. Por descontado, frigorífico, microondas con su reloj, quién sabequé más cosas enchufadas cotidianamente.
De pronto: pluuuuffff. Fundido en negro de la pantalla. Apenas un segundo después, bip-bip-bip... base del inalámbrico que anuncia fallos. Al mismo tiempo, oigo la tele apagarse. Y todo el barrio, a la vez, se queda a oscuras.
Corte de suministro eléctrico, general.
Tengo la suerte de vivir en una zona donde los cortes de luz son raros. La mayor parte de ellos, ni da tiempo a notarlos: de alguno he tenido constancia cuando me he encontrado el reloj del microondas parpadeante y fuera de hora. Son tan rápidos... que algunas veces en la vorágine cotidiana ni se notan.
Por lo que no le he dado la menor importancia.
En la calle, empiezan a sonar las sirenas de los comercios: imagino que "saltan" solas en estos casos. A las siete de la tarde, tras el cambio horario, ya es de noche...
El aspecto del barrio es digno de observación. Todo, absolutamente todo, está a oscuras. Ni farolas. Ni semáforos. Ni escaparates. En el edificio de enfrente, se intuyen las luces de emergencia de la escalera: sombras gigantes que cruzan ante el resplandor se imaginan vecinos bajando a la calle. Es una imagen muy peculiar: no es la noche, que sí tiene sus luces urbanas de farola y bar que cierra tarde. No: es una tarde sin luz. Con la gente que está en la calle, desconcertada, volviendo a casa, iluminando sus pasos con el móvil (hay que ver para los usos adicionales que termina sirviendo un móvil).
Pero lo más curioso es ver que el corte ha sido caprichoso: apenas doscientos metros más allá, hay luz. Las farolas de la carretera que cuando cruza el municipio es calle están encendidas en el lado de los impares: los pares están a oscuras. A trescientos metros, los enormes focos del polideportivo marcan una silueta extraña y fantasmal ante ellos: la de los edificios de la zona "a oscuras". Observo el cívico comportamiento de los conductores, los mismos que atraviesan como locos la avenida y frenan en seco en los pasos de peatones: hoy, van con cuidado, paran en cada supuesto paso de cruce, casi, ante cada intuido peatón en la acera...
Hago una llamada para calcular dónde empieza el corte de suministro. Ha pasado media hora. En absoluto silencio: entonces es cuando me doy cuenta. Silencio como ausencia de docenas de televisores que no están sonando a la vez con el mismo programa. Silencio porque falta el sonido del ascensor. El zumbido sordo de tantos electrodomésticos: ese ruido de los frigoríficos que ya no oirmos conscientemente, del ventilador de los ordenadores.
Estoy en el "lado malo" del municipio: el lado oscuro, sin luz.
Soy fotofóbica: primera ventaja. Veo en la oscuridad lo suficiente para saber dónde están las cosas.
Soy muy aficionada a las velas: segunda ventaja. Tengo un montón.Y mi fotofobia me permite ir a buscarlas al mueble donde sé que hay bastantes, prepararlas en sus recipientes, encenderlas, buscar posavasos de tela que colocar debajo (por si el calor).
¿Más ventajas que voy encontrando? El sistema de calefacción es comunitario: no depende de calderas individuales enchufadas. Mi cocina es de gas: si no viene la luz, puedo, perfectamente, calentar agua si quiero tomarme un té.
No dependo de máquinas que me ayuden a respirar, que condicionen mi movilidad. Llevo una hora en el lado del apagón, pero eso es todo. Y es una simple y tonta anécdota.
Oigo gente bajar y subir por la escalera: los perros ladran a los pasos desconocidos. De vez en cuando, una sirena sin ruido ilumina con ráfagas amarillas y rojas las paredes oscuras de los edificios, y se me cuelan en el despacho: alguna ambulancia de vacío ó los vehículos de recogida de basura.
Voy encendiendo velas pequeñas en el comedor, dentro de sus vasos de cristal, de sus recipientes de mosaico en colores. Y ya que no hay otra cosa que hacer, parto a oscuras en la cocina una manzana y cojo el periódico: a la luz de una vela de vainilla se lee perfectamente.
Han pasado dos horas de tranquilísimo apagón: sin teléfono, sin ordenador, sin televisión.
Hace apenas cincuenta años, mi madre hacía los deberes del colegio con la luz de una lamparilla de aceite la mayor parte de los días, antes de que llegase "la luz" a su pueblo y pudieran poner una bombilla de 25V... como toda iluminación para la casa.
Oigo a la gente quejarse: en el edificio de enfrente, a ratos parece que vuelve la luz: se encienden los luminosos de los locales comerciales, vuelven a fallar.
Seguimos en el "lado malo" del apagón.
En tres cuartas partes del mundo, la iluminación que yo tengo en este apagón, esas velas perfumadas en vasos de cristal, serían un lujo. Es más, sería impensable encenderlas todas a la vez: podrían significar iluminación para meses.
En tres cuartas partes del mundo no se quejan de los apagones: simplemente, porque aún no tienen luz artificial contínua en las casas.
A las dos horas, casi me he acostumbrado a esa situación, aunque es el apagón más largo que recuerdo, desde que era muy pequeña. Claro que me he cuestionado ya qué pasará si no vuelve la luz en unas horas: bueno, me acostaré antes. Buscaré pilas y alguna radio que funcione con ellas. Si la luz no vuelve en toda la noche, el problema principal es que se me descongelará el frigorífico... aunque tampoco recuerdo tener muchas cosas dentro.
Y si mañana siguiéramos así, me puedo ir a casa de mis padres. Total, es mi barrio, únicamente, el que no tiene luz. De hecho, si hubiese pensado que el apagón iba a ser largo, ya podía haberme ido. No me asusta andar a oscuras: no olvidemos que veo bien con poca luz. Y tampoco me dan miedo las calles sin luz: apenas serán cien metros y luego, la tranquilidad luminosa de la calle llena de gente, el bus, el tren...
A las nueve, está ya iluminado todo lo que se vé desde mi terraza: edificios, farolas, semáforos. Se me ocurre que igual vuelve la luz a todas partes menos al edificio donde vivo. Ó a mi casa, incluso: seguiré en el lado oscuro, pero la verdad es que tampoco la idea me desagrada. Igual no son tan importantes los aparatos eléctricos...
La luz ha vuelto de pronto, tal y como se fue. A las nueve y cuarto. La tele, que se quedó encendida, ha hecho un fundido inverso... y ha vuelto la imagen.
Y, en unos minutos, ha sido como si nada hubiera pasado.
Quizá, porque vivo en el lado bueno. Porque me ha tocado nacer en la cara luminosa del mundo.
Porque soy una privilegiada que, al estar sin electricidad dos horas y media de tarde/noche de noviembre, le puede llamar anécdota.







lascosasdepepe dijo
si esa es la cara luminosa del mundo.
un abrazo y que pases un buen fin de semana y sin "apagones"
3 Noviembre 2007 | 12:23 AM