Diccionario Sueco-Español/Español-Sueco, con tapas amarillas
Me gusta ordenar cosas, poco a poco. Mejor dicho: me gustaba ordenar cosas. Poco a poco.
Creo que ya son varias veces las que he comentado que mi relación con "M" empezó con una peculiar entrevista de trabajo. Él necesitaba una persona experimentada a quien poder dejar a cargo de una de sus oficinas. Yo estaba planteandome más que seriamente cambiar de empresa. Él tenía un amigo cuya secretaria tenía una amiga que, además, conocía muy bien el sector. Yo tenía una amiga cuyo jefe tenía un amigo que necesitaba una persona que conociera bien el sector. El jefe de mi amiga había sido mi jefe, pero me despidió por culpa de los celos patológicos de su mujer... En definitiva, conocí a "M" en una peculiar entrevista de trabajo que empezó en su oficina y terminó frente al portal de mi casa, tres horas después y negándole un beso entre risas.
Desde el principio, me dijo que tendría un despacho para mí sola (cosa que no me impresionaba: venía de prácticamente dirigir una empresa, a pesar de mi edad). El despacho sería una especie de trastero que acondicionaría para mí. De momento, me instaló en otro. Una habitación con un enorme armario, con una enorme fotocopiadora, con vistas a un patio abierto de comunidad. Por entonces, hacía dos meses y medio que nos conocíamos.Con largas conversaciones en persona, muchas llamadas, proposiciones de todo tipo. Me había dejado muy claro que yo le gustaba como mujer, y yo a él que quería tiempo.
Hubo besos, muchos besos, aquellos primeros días. Más en menos tiempo que en toda mi vida. Aún así, trabajaba, y mucho.Trabajaba al ritmo habitual en mí: porque para mí, aquello era una relación laboral y tenía que demostrar mi valía, más allá de posibles referencias (todas buenas) que sabía le podrían dar. Pocas veces le ha ido tan bien en su empresa como en el tiempo que trabajé para él, y lo sabe. Bueno, lo sabemos todos.
No sé estar sin hacer nada. Así que en uno de aquellos "tiempos muertos" me puse a ordenar el enorme armario. Todas las puertas estaban abiertas. Empecé por los cajones: cajitas vacías que contuvieron tarjetas. Chinchetas de distintos tamaños. Grapadoras atascadas. Fascículos sueltos de esos coleccionables imposibles que todos empezamos alguna vez. Viejas agendas telefónicas. Papeles que no me decían nada.
Un diccionario. Español-Sueco/Sueco-Español. Manejable. Pastas exteriores amarillas.
En aquella época, todo era divertido. Tampoco le dí demasiada importancia. Entre aquellos papeles, también apareció un viejo DNI de "M". En él, era un irreconocible niño de grandes ojos, ajado blanco y negro, flequillo apartado de la frente, posando para aquella foto oficial, muy serio. Tampoco le dí importancia. A él le hizo gracia mi afición por el orden. Dijo que podía haber volcado el contenido del cajón en una papelera, que no valía la pena nada que hubiese allí. Guardó aquel DNI que ni recordaba haber perdido. Bromeamos con el diccionario. Nada más. Bueno, sí: más besos.
En los años 60', 70', España era un país de emigrantes. Alemania, Suiza, Bélgica. Luego, Francia.
En el pueblo de "M" no eran tradicionales en ese sentido. Ni Suiza, ni Holanda, ni Alemania... En su pueblo, se emigraba a Suecia.
Así que él, entre los 17 y los 20 años, vivió en Estocolmo. A decir verdad, nunca le pedí detalles ni confirmé su versión. Es posible. No tres años seguidos, claro, pero sí es posible que por temporadas viviera en Estocolmo. ¿Qué hizo allí? Pues lo que cualquier chaval de menos de 20 años sin experiencia, sin estudios y sin conocer el idioma: limpiar y atender mesas. Por temas familiares, conocía algo el negocio de la hostelería. Luego ya compraron un camión. Fue camionero y así recorrió media Europa. Siempre según él. En algún momento entre los 22 y los 27 tuvo un accidente casi mortal que le rompió la mitad de los huesos, le hizo necesitar muletas y derivó su trabajo hacia los despachos. ¿El camión? Siniestro total.
Pero tampoco le pregunté nunca por aquello. Porque llegó pronto el día en que los besos se convirtieron en silencios. Ó en voces. En que era mejor no preguntar para no recibir una mala contestación. En que dejé de ser su niña para no ser más que alguien que le prestaba un servicio en la oficina, sin más. Alguien que descubrió que era mejor no demostrar nada. Que aprendió a ser invisible.
Un día cualquiera le pregunté cómo estaba, tras llevar días oyéndole contar a todo el mundo sobre unas pruebas médicas que le iban a hacer. Me respondió que eso no era asunto mío. No volví a preguntarle en muchos años.
Nunca dejé de preocuparme por él. Pero no dejé que lo supiese.
Pasé con él dos veranos. El primero, apenas nos vimos. Fue la primera vez en muchos años que cogió vacaciones. Casi dos meses. Se llevó a su familia a la playa: creo que aquel año sus hijas conocieron el mar. Luego estuvo yendo y viniendo aquí y allá. A veces, aparecía por la oficina, daba dos voces, se volvía a ir. Ó intentaba ser simpático y yo no le seguía el juego, y se volvía a ir. Yo iba anotando cada llamada, cada visita, cada recado. Me dejó cerrado con llave todo lo que se pudiese cerrar: cajones, muebles, despacho. A esas alturas, ya sabía que estaba trabajando para un paranoico. Que, de vez en cuando, se acordaba de que me quería, ó algo así. Y casi era peor... porque nunca sabía cómo acertar ni qué iba a pasar al día siguiente.
Un día de aquel verano casi creí que todo tenía solución. Fue un espejismo, claro. Bajé la guardia. Pero todo volvió a la normalidad al día siguiente. De aquella tarde conservo el recuerdo de alguna canción, simplemente. Y otro muy dulce que me hace recordar a veces que sí, que un día le quise, ó no...
El siguiente verano fue el último trabajando para él. Yo lo sabía, pero él no. En junio ya había negociado mi incorporación a otra empresa pasado septiembre. ¿Por qué no me fuí en junio? Sentido de la responsabilidad: me dió reparo dejarle tirado con las vacaciones planificadas, montando como estaba aquella oficina que me prometió dos años atrás y para la que yo ya no contaba en sus planes, con asuntos pendientes. Me quedé. Pero yo sabía que eran los últimos días. Para él, fue el último verano de muchos años que pudo tener vacaciones. Pero tampoco lo sabía.
Hizo coincidir parte de sus vacaciones con los quince días que yo tuve. Los veinte que yo me quedaba sola, los pasó conmigo.
En agosto, los días empiezan a acortarse a mediados de mes. Cerrábamos a las nueve. Yo nunca he estado haciendo tiempo esperando a que diera la hora de salida para irme: a las nueve, empezaba a recoger, a cerrar persianas, a apagar la fotocopiadora. Me gusta ordenar cosas.
La oficina estaba en una primera planta de un edificio viejo del centro del municipio. Pequeño baño con media bañera, lavabo, inodoro, ventana al patio. Recepción que en el resto de las viviendas era el comedor, con terraza, a la que nunca salí. En lo que fue convertido en un despacho para mí que jamás llegó a serlo, estuvo la cocina y había otra terraza: ahí saque mis plantas para salvarlas. Su despacho era el dormitorio principal. El mío, el otro dormitorio de lo que era una vivienda en origen. Todo no llegaba a los 50 metros. Su despacho y el mío estaban enfrente: apenas un tabique, el metro escaso de anchura del pasillo. Si salía, pasaba ante su puerta.
Aquel verano fue muy caluroso, mucho. El aparato de refrigeración funcionaba con agua: litros de agua que había que echarle por las mañanas. Por las tardes, lo instalábamos en el pasillo, frente a su despacho. Yo procuraba no salir. Prefería pasar calor antes que oirle echarme nada en cara al respecto. Llegó un momento en que cualquier cosa le molestaba y servía para que me atacase con ella. Yo hacía mucho que había dejado de responderle.
Muchas veces, se iba antes de las nueve. Apenas unos minutos antes. Algunos días se asomaba a mi despacho y me lo decía. Mejor dicho: decía que a las nueve podía ir cerrando. Otras, le oía irse y simplemente tenía que confirmar que no iba a volver: cerraba con llave todo lo cerrable en su despacho y bajaba la persiana. Si no hacía eso, me tocaba esperar a que volviera. Siempre fue así. Algunos días, me dieron las diez esperándole: se iba sin las llaves del coche ni su casa. Irme a mi hora sería mi derecho, pero no me compensaba despertar a la fiera.
Otras tardes, daban las nueve y él seguía allí. Entonces, yo iba cerrando. El despacho del gran armario y la fotocopiadora, donde yo estaba. La recepción, a donde no sé en qué momento dejé de trasladarme. Persianas, teléfonos. Las nueve y diez. Por fin, me asomaba a su despacho.
- ¿Te quedas?
- Sí, claro.
- Cierro la puerta de la calle.
Nunca esperé respuesta.
A finales de agosto, anochece antes. A las nueve, en una primera planta rodeada de edificios, ya no hay luz. Yo me asomaba y él estaba a oscuras en su despacho. Aparentemente, leyendo. No era explicable.
Como tampoco era explicable que antes de coger el autobús, lo viera pasar en su coche. Ni porqué esperaba, en la puerta del garaje donde lo guardaba, a verme pasar. Cada noche. Tras pasar toda la tarde sin dirigirme la palabra, sin mirarme.
Tras haberme dejado que yo lo dejase a oscuras, fingiendo creerme que estaba muy ocupado en aquella tarde de agosto en que estábamos casi solos en el municipio, y que se quedaba a leer. Él, que difícilmente pasó nunca de hojear las revistas del corazón viejas que yo traía para la recepción.
Nunca le pregunté. Nunca dije que claro que luego le veía esperarme como él me veía a mí pasar. Porque también yo escogía un asiento del autobús donde él iba a verme. Y yo a él. Algunos días, iba un trecho delante del autobús, sé que viéndome en el retrovisor. Y que lo que veía en sus ojos me dolía más que su silencio, que tampoco nunca dejó de hacerme daño.
Yo, simplemente, le dejaba a oscuras, en su despacho, y me iba. Y él se quedaba leyendo en la oscuridad aquel diccionario de "Español-Sueco/Sueco-Español", que pertenecía a un pasado que yo nunca conocería ya, y que reencontró un día en la época en que la vida era divertida y estaba llena de besos y de luz de septiembre. Un día en que a mí me dió por ordenar cosas.
Nunca supe porqué lo hacía. Nunca supe porqué se rompieron las cosas.
Y éste, sí, es mi post sobre qué relaciona mi vida con Escandinavia. Que es de lo que se trataba el tema propuesto.















fenicia dijo
Gracias por compartir esto con nosotros.Lo he leido con interés y ganas.Yo tambien tengo uno de esos diccionarios,de cuando me escribia con Lars,el sueco que conocí en la ciudad del Thamesis.
KISS.
23 Noviembre 2007 | 12:57 AM