Hay momentos en los que sobra la luz
El 23 de diciembre es una de esas fechas que aparecen en mi vida. Claro, claro que sé que todos los años tienen su veintitrés de diciembre propio... pero a mí solo me pertenecen algunos. Varios.
Esos 23 de diciembre en que la vida de pronto se para y me mira. En que la realidad se abre, le surge una grieta y me acoge. Y, siquiera por un momento, creo que todo lo anterior no era como yo creía. Que el futuro existe y que podrá ser como lo deseo. Claro que sé que no, que no será como en ese instante estoy creyendo..., porque lo malo de los momentos mágicos casi a fecha fija es que suelen ser un espejismo. Y mi buena memoria me hace ser consciente de la realidad, que siempre segurá a este lado del espejo, por mucho que durante un rato mi vida haya sido el reflejo que sigo viendo ahora desde el lado "bueno"... quizá no "bueno" sino "real".
Aquella tarde no tuvo nada de particular. Bueno, que estábamos solos, pero como otras muchas. Me mandó a comprar unas cosas: rutina de esas fechas. Recambios para los calendarios de mesa, recambio anual para su agenda, alguna tontería más relativa al material de oficina. También sabía que ese "vé a comprar tales cosas" era una excusa para quedarse a solas y poder llamar a tal ó a cual..., año y pico había bastado para conocer el verdadero sentido de algunos detalles.
Aproveché el viaje para recoger unas fotos del estudio de revelado. Volví. Le comenté que en alguna estaba su sobrino, se las enseñé. No sé cómo ni porqué terminé dejándole ver las demás: fotos mías. Mis "célebres" fotos con el corsé/liguero negro, aquel que compré un año atrás, poco después de comenzar mi relación con él, y casi cuando ya sabía que ésta no tenía futuro ni me vería desvestida con él.
Hay cosas que no se preveen. Juegos que a veces no se quieren seguir, y al momento, sin saber porqué, estás participando en ellos. Igual esa tarde fue lo que pasó. Un coqueteo tonto. El olor de mi perfume. Un "pero ahora estás más delgada, a ver, enséñame las piernas", y yo que le sigo el juego. Mi seguridad de que en mi ausencia había quedado con alguien. La seguridad de que podría pasar algo, pero no, porque se había dado por finalizada la relación mesy medio antes...
Un "vamos cerrando, ¿no?, que es casi la hora y no va a venir nadie ya". Bajar persianas, cerrar cajones. Le oigo cerrar la puerta, no pienso nada. Vuelve a su despacho, cuya persiana ya he bajado yo, como todos los días. Y apaga la luz antes de que yo salga. Le miro en la oscuridad:"¿qué, vamos a jugar a los vampiros?", intento bromear. Sé que responde alguna incongruencia circunstancial antes de besarme.
Aquellas navidades estaban siendo como todas, como son las navidades de alguien a quien no le gustan. Aquel año había sido casi una pesadilla, con breves, brevísimos momentos llenos de luz. Esa luz que surge, deslumbrante, tras la tormenta más rotunda y más repentina.
Unas horas antes, había decidido dejar de trabajar para él, nada más terminar las navidades. Había metido en una bolsa de tela algunas cosas de mi propiedad: un aparato de radio con cassette que traje meses atrás, cuando falló el que teníamos en la oficina unos días y él, además, no estaba. Algunas otras cosas: un libro, algún cassette, quizá un esmalte de uñas.
Unas horas antes, me hizo un regalo de navidad. Un precioso estuche de maquillaje, una mariquita de plástico de la marca Pupa. Se excusó diciendo que lo había comprado su mujer y elegido su hija mayor, que por entonces tenía 10 años. Se lo agradecí, claro, a pesar de sus justificaciones que daban a entender que me lo regalaba por obligación, porque estábamos en navidad...
En aquellos días, yo iba perfectamente maquillada. A él le gustaba, siempre le gustó, que me maquillase.
Nunca utilicé aquel estuche.
De aquella tarde, recuerdo su torpeza al quitarme la ropa, sus dedos enredándose con los botones de mis camisa, su desconcierto al no encontrar los cierres donde se suponía que debían estar, mis manos guiándole por el camino de las inesperadas cremalleras. Sus uñas acariciándome y sus labios besándome la espalda, una novedad que no sé quién le habría enseñado en esos días... Su forma de regular varias veces la persiana para que entrase algo de luz desde la calle: a mí no me hacía falta. Pero él tampoco supo nunca que veo en la oscuridad.
De aquella tarde/noche recuerdo sus besos y recuerdo el tacto de su piel. Recuerdo aquello que fue un principio, porque volvía y volvíamos, y fue un final y yo lo sabía en aquellos momentos: al día siguiente, todo volvería a ser gris, nada habría pasado. Pero no quise cuestionarme nada.
Hay momentos en los que el mundo se para. En los que sobra la luz.
Desde aquella tarde, sé que tengo el recuerdo del tacto de su piel grabado en la yema de mis dedos. No lo añoro. No lo necesito. Pero sé que está ahí. Quizá por eso ni lo necesito ni lo añoro.
Guardo algunas palabras que quedan sólo para mí. Recuerdo otras, aquella frase: "mira que me prometí que no iba a volver a estar contigo..., pero al final no sé qué poder tienes, qué teneis las mujeres, que me olvido y vuelvo a caer".
Me habría sobrado esa frase. Pero le conocía. Le conozco. La frase no llevaba ni en su mente ni en mis oidos el plural "las mujeres". A esas alturas, ya no podía hacerme más daño. Quizás él buscaba eso diciéndome algo que yo no sabía (su unilateral decisión de "no volver"), pero lo que yo oí fue que no sólo era yo sola la que "caía"...
La frase, que aparentemente se decía a sí mismo, me la estaba diciendo a mí.
De aquella tarde, conservo el tacto de su cuerpo y el brillo de la luz en sus pestañas. De aquella noche, guardo el recuerdo del olor de su piel en la mía, con el que quise dormir...
Porque sabía que al día siguiente, y al otro, y al siguiente mes... la luz cotidiana volvería a no ser tan brillante.
Pero aquello había sido mi premio y mi castigo, mi regalo de navidad y lo que quizá para él había sido un pago ó... quién sabe qué.
Qué raros suelen ser, a veces, mis 23 de diciembre...















arori dijo
Volvemos a la memoria. A como te acuerdas perfectamente de todo. Me alegra saber que todo terminó y que estés bien. Dicen que cuando cuentas algo así es porque ya pasó, porque ya no hace daño. En este mundo interactivo hay mucha gente que lo cuenta para poder salir del dolor, pero estoy segura de que tú lo tienes superado.
Ya pasó el 23, a ver que nos depara este año el 24...
Besitos guapa!
24 Diciembre 2007 | 01:52 AM