Desear al jefe es motivo de despido (aunque lo desee otr@ y sea anónimamente)
Vida Laboral-II
El primer anónimo llegó en navidad.
A esas alturas de la película, yo llevaba tres meses y medio trabajando allí, y me había hecho a la idea de que esa empresa no era, como mínimo, como me habían contado que eran los sitios "normales" en que trabajaba la gente. Allí no existían jerarquías donde a los jefes se llamaba de usted, ni despachos cerrados en sitios alejados de la entrada. Allí la gente se diría que llevaban toda la vida juntos, aunque ninguno conociera a los demás desde mucho más de hacía un año. Quizá yo era la única que aún intentaba mantener mínimamente las distancias. Entre otras cosas, porque había sido la última en llegar y era, con mucho, la más joven. Y, además, la única que vivía relativamente cerca de la oficina.
El primer anónimo llegó, por correo, un lunes. El primer lunes tras el día de navidad. El viernes anterior había sido la multitudinaria merienda/cena de empresa (nunca sabré de dónde sacaron los dueños a los cerca de 200 invitados que nos juntamos... si en total en la empresa no llegábamos a veinte. Pero, vamos, ya digo que allí la normalidad era otra cosa). Recuerdo estar constipadísima. Griposa, más bien. Un virus que me contagió la secretaria que, a su vez, había sido contagiada por su novio, que trabajaba en la otra sucursal, donde estaban todos igual. De griposos, me refiero.
La secretaria, Paz, salió a por el correo, como cada día. Yo estaba en mi despacho, supongo que matando el tiempo. Aparte, estaba con nosotros uno de mis compañeros, que había entrado en la empresa casi al tiempo que yo: los otros dos estaban de vacaciones.
Oí a Pedro decir "Coñ..., ahora encima, !!!!anónimos!!!"
Ya digo que, a esas alturas de la película..., en fin, habían pasado muchas cosas. Y no habían pasado más porque, seguro, algunas no las había querido yo. Ni me moví de mi sitio. Además, la gripe deja en ese estado de casi irrealidad, que acompañaba a la situación.
Lo siguiente fue un ataque de risa por parte de Paz. Secundado por Jose, mi compañero. Que se asomó a mi despacho, muerto de risa:
"Ven, sal: que a Pedro le han mandado un anónimo".
Veamos. Si en una empresa al director le llega un anónimo... no sé, pero creo que la reacción general "normal" sería otra. Pero ya digo que aquella iba por su cuenta.
Salí. Y allí estaba Pedro, con cara de circunstancias. Anónimo en mano, por cierto.
¿Qué decía el anónimo? ¿Amenazas de muerte escritas con letras recortadas de una revista? ¿Chantajes para no contar/mostrar a cambio de algo?
Qué va.
Un folio en blanco. Escrito con barra de labios rojo pasión. Dos palabras: TE DESEO.
"Lo que me faltaba por ver. Ahora me desean"
"¿Te desean, qué? ¿Feliz navidad y próspero año nuevo?"
"Va a ser eso: se le acabó el carmín antes de terminar la frase".
Fue el cachondeito general, y compartido, no solo nuestro y del día... sino de la semana y de medio barrio. Era, como digo, un folio en blanco, dentro de un sobre de marca "cara" con la dirección de la oficina escrito con una de esas reglas "plantilla" para letras. ¿Matasellos? Madrid capital. Para más misterio... ó más tontería.
Como digo, el cachondeo duró días. Quien menos importancia, creo, le dió al tema fuí yo: ya he contado que tenía claro que la realidad en esa empresa tenía unas normas propias. E igual que el director recibiera anónimos escritos con carmín era normal, quién podía saberlo. Aparte, deduje que se trataba de algún chiste privado. Una broma: total, estábamos como quien dice en plenos Santos Inocentes...
A las dos semanas, llegó el segundo.
El texto iba en la misma línea. Han pasado muchos años y no lo recuerdo bien, pero quizá era algo como "ESTOY MUY CERCA DE TÍ ó similar. El cachondeito se convirtió en juerga absoluta. Pedro estaba entre el estupor y, sospecho, un cierto sentimiento de halago. Yo... convencida de que aquello era un juego entre alguien de la empresa y él, y que seguro todo el mundo sabía de qué iba... menos yo. Cosa que me traía sin cuidado.
¿Qué pasó dos semanas después?
Pues eso, que llegó el tercero.
Los sobres eran idénticos. Los folios, probablemente también. El carmín era rojo bermellón. El matasellos, de Madrid capital (por entonces, cada municipio tenía su propio matasellos: luego en la CAM se unificaron y todos son iguales, con independencia a desde dónde se envíe la carta, puesto que los franqueos son también iguales).
Quizá fue por entonces cuando decidí unirme al ambiente festivo que conllevaba cada recepción de anónimo. Mirándolo bien, era algo inocuo. Y Pedro parecía divertirse también con el asunto. Y no parecía influir negativamente en el ambiente de la empresa (más bien lo contrario), ni en sus resultados económicos... ni en la peculiar relación de miradas/sonrisas/coqueteo/intercambio de lindezas en público que nos traíamos él y yo. Además, las reuniones importantes seguían celebrándose en mi despacho, conmigo presente... a pesar de que yo era "la niña" y el último mono de la empresa.
Huelga decir que, una vez que pillamos la frecuencia de las recepciones, el cuarto casi salimos a recibirlo en mano del cartero, claro. Porque llegaban con puntualidad británica...
¿Qué decían? Más ó menos, lo mismo. Que se decidiera y esas cosas. Digo yo que el carmín de trazo grueso tampoco daba más margen. Pedro se planteaba chorradas como hacernos la prueba de la barra de labios a todas (creo que la única que se pintaba los labios de un tono realmente rojo era yo, por cierto). Ó decía que estaría bien que le mandase una foto, más que nada para ir avanzando en la relación. Lo cierto es que era una tontería, y que, de no ser porque él se lo tomaba así, y el resto de la empresa le seguía el juego, francamente yo habría dejado pasar sin más...
El día de san Valentín, claro, esperábamos anónimo. Mejor dicho, lo esperábamos el día anterior, lunes. El miércoles aún no había llegado nada. Pedro organizó una especie de "viaje" a un municipio cercano, para una serie de trámites... y decidió que íbamos mi compañera Tony y yo. Además de él mismo. Otras veces me había comentado que un día tenía que ir, y que me iba a llevar con él..., no sé, igual en el último momento pensó que ir solos podría tener otras interpretaciones. Interpretaciones que yo no habría sacado por entonces (sí meses después).
http://www.espacioblog.com/bruxana/post/2007/05/04/cuatro-mayo-dieciocho-anos-despues
Estando allí, llamamos por teléfono a media mañana (entre otras cosas, porque en esa empresa los acontecimientos se producían a velocidad de vértigo: era como un culebrón acelerado). Y Paz nos dijo que acababa de llegar otro anónimo...
Aquella tarde, al volver a la oficina a última hora, ya Tony y yo solas... no sé. Claro que hubo alguna broma (a Tony el tema le entusiasmaba. Además, ella era de la idea de que Pedro tenía algún tipo de historia secreta... precisamente en el municipio donde habíamos estado casi todo el día. Tony fue compañera de trabajo antes que empleada de Pedro, casi dos años atrás), pero...
El viernes por la tarde, vino Gerry, el socio de Pedro. Por la mañana el ambiente había estado raro, tenso. A media tarde, llegó él. Llamó al jefe de ventas. Luego, a Paz. Por último, nos citó a todos en su despacho.
Sinceramente, no me lo esperaba. Nunca le había visto así.
Dijo que ya estaba bien con la tontería de los anónimos. Cosa que, para mí sola, corroboré. Que no iba a permitir ni uno más.
Que si volvía a llegarle una carta de ese tipo, a la oficina ó a cualquier otro sitio, nos despediría a todos. Pero sin pararse a pensar ni valorar nada más. Así que nosotros sabríamos qué nos convenía más.
Se levantó y se fue dando un portazo. Dejándonos totalmente perplejos.
A mí más que a nadie.
Porque estaba esa frase adicional "a la oficina ó a cualquier otro sitio"... ¿otro sitio?
Tras él, se fueron Gerry y el jefe de ventas (siniestro personajillo de quien ya hablaré un día... y que temo encontrarme en cualquier momento en la tele, puesto que además era, es, actor). Nos quedamos allí Paz, Tony y yo. Por esos días, Jose había dejado la empresa, y su sustituto (familiar, por cierto, de un conocidísimo cantante... y con familia directa en asuntos teatrales y televisivos, también) venía de vez en cuando. Era vecino de Pedro y tenía otra profesión, bastante más seria. Aquella tarde no estaba.
Regresó el jefe de ventas y volvió a repetirnos lo mismo: al siguiente anónimo, íbamos todos a la calle. Creo que sobraba la reiteración... pero era su forma de intentar imponer una autoridad sobre nosotros... que Pedro le quitaba continuamente. Como le quitaba protagonismo. Como le quitaba el posible interés que pudiese despertar en nosotras... El pobre era, eso, un pobre diablo.
Se volvió a ir. Tony se vino a mi despacho, perpleja. Paz se unió a nosotras, misteriosa.
No sé quién de las tres se echó a reir la primera. El caso es que media hora después estábamos muertas de risa, el rimmell corrido de las lágrimas (de risa, claro). Paz nos empezó a contar, seria y jurándonos que no dijéramos que lo sabíamos, que el problema es que Pedro había recibido dos anónimos esa semana. El ya habitual... y otro, una carta más larga... en su casa. Y su mujer no se lo había tomado tan a risa como nosotros nos lo tomábamos, claro. Porque la carta la había abierto ella. Que, encima, era una celosa patológica...
Nos dió el ataque de risa. Uno de los ataques de risa más absurdos y más grandes de toda mi vida. Quizá el más grande, en términos absolutos. Por todo:
Porque aquello no tenía ni pies ni cabeza.
Porque nos imaginábamos a la mujer de Pedro abriendo la carta, que presuponíamos escrita con carmín rojo, claro.
Porque nos figurábamos la bronca que debió echarle.
... Y era todo tan absurdo...
Teníamos un jefe poquita cosa, morenito, casi cuarenta años aparentando más, casado desde hacía muchos años, padre de dos críos. Uno de esos hombres "tipical spanish", un alfredolanda con barba, al que no costaba imaginarse persiguiendo suecas en gayumbos, francamente, a quien una no se volvería a mirar por la calle. Alguien que luego, en persona, derrochaba encanto, era un seductor cuando le daba la gana. Y resulta que alguien, por supuesto en broma, le mandaba cartas escritas con carmín. Y él se lo contaba a todo el mundo. Y...
Y el asunto se le iba de las manos.
Y la consecuencia era una amenaza de despido.
¿De qué nos reíamos?
Quizá, de puros nervios. Pero, sobre todo, de pensar cómo poner en el currículum que de nuestra última empresa nos habían despedido... porque al director le decían por carta, escrito en carmín, que le deseaban...
Ya digo, aquella empresa no era normal. Pero eso no serviría como atenuante, si había que explicar lo del posible despido. "No, no me han despedido por no cumplir con mi trabajo. Ni por problemas con el resto: nos llevábamos mejor que con nuestras familias. Pero es que, verá, la mujer del dueño es muy celosa. No, no es lo que piensa... que no ha sido porque su marido y yo... qué va. Pero es que a él le mandaban anónimos escritos con barra de labios, diciéndole que le deseaban... ¿Que qué tiene que ver eso conmigo?. Nada. Pero mejor llama usted y que se lo expliquen, y luego me lo explica a mí"
¿A cuento de qué viene todo esto?
A que aquello pasó un diecisiete de febrero, de muchos años atrás.
Por cierto: luego esa noche en la tele pusieron "La matanza de Texas"... y no creo haberme reido tanto, y tan a destiempo nunca con una película. Y eso que por entonces todavía no sabía que la mujer de Pedro soñaba con descuartizarme con un bisturí, que si lo llego a saber...











arori dijo
Qué historias. Al final, ¿quién era el/la de los anónimos? Por salir de dudas, porque despedirte, ya sé que no, que estuvistes ahí por mucho tiempo... así es que al final saldría el "culpable" no?
Ataques de risa he tenido yo unos cuantos... pero la mayoría provocados por un poco de hachís, jejeje. Al menos lo pasabas bien en el trabajo, eso es bueno.
Besitos!!!
17 Febrero 2008 | 12:54 AM