El infierno, que no el caos
En aquellos días, por la noche, no tenía teléfono.
En casa no había instalado una línea "fija" (apenas estaba, y en la oficina tenía tres para mí solita... hubo otro tiempo de hasta cinco), aún no tenía internet y me parecía un gasto innecesario (por mucho que tuviese otros muchos gastos totalmente innecesarios que no me importaba pagar).
El móvil no estaba encendido mientras yo dormía. Lo apagaba sobre las doce, una, de la noche... y lo re-encendía al levantarme. En ocasiones, casi al irme a trabajar (poco antes de las diez). En ocasiones, amigos y conocidos me recriminaban esa actitud "mira que como un día tengan que localizarte urgentemente... a ver cómo". Tenían razón, lo admito. Pero como a poco de comprarlo me despertaron antes de las ocho de la mañana, para intentar venderme (una grabación) acciones de la empresa propietaria de la línea..., pues me habitué a apagarlo de noche. Además, las baterías no eran de tan larguísima duración como ahora. Mi familia estaba bien, más ó menos. Y, en última instancia... siempre podrían llamar a mi jefe, y que éste viniera a avisarme (vivíamos a escasos diez minutos de paseo, cinco a buen paso).
Recuerdo que por esas fechas aún con más motivo solía tenerlo apagado, porque la batería ya estaba en sus últimos meses de vida.
Pero...
Llevaba varios días muy inquieta. Soñaba con la fecha. También porque otros años, el mismo día, no dormí. Asuntos personales que me quitaron el sueño. Un trabajo anterior. La empresa en que trabajé con Pedro. "M".
El once de marzo no era una buena fecha en mi vida.
La noche anterior, en uno de esos programas absurdos, para hacer tiempo antes del prime-time de la tele, en una imagen rodada en la calle... reconocí el sitio. Sólo había estado allí una vez, como 11 años atrás. Haciendo uno de esos recados que debía hacer "M", que me mandaba a mí... y que luego se apuntaba como propio mérito.
Reconocí el Pozo del Tio Raimundo, en Vallecas. Y me dejó una sensación muy, muy desasosegante. Lo atribuí al recuerdo de "M", de aquella época que fue la última que pasé trabajando para él.
Dormí mal. A trompicones. Quizá por eso olvidé apagar el móvil.
Sé que escuché el primer pitido de aviso de "mensaje entrante", allá sobre las siete y media de la mañana. Lo escuché mezclado aún con el sueño.
El segundo aviso, apenas cinco minutos más tarde, me hizo reaccionar: uno podría ser un aviso meramente publicitario. Dos... a esas horas, no. Salté de la cama, hasta el comedor, donde el teléfono reposaba dentro del bolso.
En el interior de su memoria empezaban a almacenarse las primeras noticias del horror.
Ambos mensajes eran de uno de mis hermanos: "Atentado en las vías de AVE", en el primero. "Bombas en dos trenes en Atocha", el siguiente.
El horror con mayúsculas. Pero aún no había empezado a desatarse.
Le devolví como mensaje: "Hijos de puta", simplemente. Porque en ese momento todos pensábamos en los mismos de siempre...
Puse la radio. Ya se hablaba de víctimas. Pero sólo de Atocha. Un tren en la vía. Otro, llegando a la estación. Puse la televisión. Lo intenté (pura lógica) con la cadena autonómica, Telemadrid. Creo que la primera donde conseguí alguna imagen fue Telecinco. La estación de Atocha al amanecer, enfocada desde lejos, con teleobjetivo, obviamente. Humo. Humo junto a la cúpula de la entrada de Cercanias. A esas alturas, no se hablaba de las vías del AVE, sino de la conocidísima, por todos los que vivimos en los alrededores de la capital, estación de Cercanías.
Al tiempo, el horror iba creciendo. No era una bomba en un tren estacionado en Atocha: eran dos. Y otra en Santa Eugenia, apenas dos estaciones más allá. Y otra el El Pozo, ese barrio donde sólo estuve una mañana y que reconocí unas horas antes.
Hay momentos en que el corazón late por puro instinto, pero se siente sin sangre. Creo que en ese momento el mío estaba así. Sobreviviendo.
Mis padres tenían que estar, antes de las nueve, en Carabanchel. En el Hospital General de la Defensa (el "Gómez Ulla" que conoce todo Madrid... por fuera, porque es militar). Por un extraño convenio entre hospitales, mi padre, civil, estaba recibiendo allí parte del tratamiento para su enfermedad.
Era imposible hablar con ellos. Por pura lógica, ni habían salido de casa... ni tenían que coger el tren. Pero se estaba desaconsejando la asistencia a los hospitales, imaginando un colapso de heridos.
Tardé en poder hablar. Aún avisándoles, mi madre (a quién sacaré yo la tozudez... en fin) dijo que iba. Ella ya había hablado con mi otro hermano: por tanto, ambas supimos que todos estábamos bien.
Es muy complicado explicar lo que fue esa mañana. Esos teléfonos que no dejaban de comunicar. Esos datos escalofriantes: diez, treinta y cuatro, setenta muertos confirmados. El infierno más absoluto en el paisaje más conocido. El simple cálculo de que, cinco minutos, sólo cinco más tarde, las explosiones habrían sido bajo tierra (esa línea deja de ir por superficie al llegar a Atocha... y avanza por el llamado "túnel de la risa" hasta Chamartín, donde vuelve fugazmente a la superficie). En ese caso, los daños habrían superado cualquier previsión...
Setenta. Ochenta y dos. Se habilita el IFEMA, el mayor recinto ferial de Europa, como tanatorio.
El horror.
Madrid es una ciudad caótica. Nos movemos a velocidades inesperadas: siempre con prisa, parándonos cuando menos viene a cuento. No miramos a nadie, aparentemente, nada nos llama la atención. Dicen que nos hemos vuelto egoistas...
En Sol, el centro figurado de España, se agolparon las personas deseosas de donar sangre.
Todos los taxistas se presentaron, ordenadamente y sin avisarse unos a otros, en Atocha. A recoger desinteresadamente heridos, gente totalmente perdida, y trasladarlos a toda velocidad al hospital más cercano.
La gente, por la calle, acompañaba a otros, y les cedían sus móviles para que intentasen hablar con los suyos (las ondas expansivas destrozaron muchos teléfonos y demasiados tímpanos).
En la calle Téllez, a la entrada de la estación, los vecinos lanzaban mantas, para dar los primeros auxilios a los heridos. La gente se lanzó a la calle a ayudar, sin saber bien qué había pasado ni qué podría seguir pasando.
Gran parte de los fallecidos de Atocha eran pasajeros de otro tren que, en la primera explosión, se lanzaron a la vía para ayudar... y les sorprendió la segunda detonación. La mayoría eran vecinos del sur de Madrid.
En el caótico Madrid, todo funcionó con la precisión del mejor reloj suizo. Las emergencias se coordinaron hasta extremos insospechados (nada que ver con los simulacros: esto era una situación real). No hubo colapsos en los hospitales, ni atascos en las carreteras...
Por desgracia, no hizo falta, apenas, sangre. Los cientos de heridos esperados no llegaban.
La cifra de muertos no dejaba de aumentar.
Ochenta y dos. Cien. Ciento tres.
Docenas de personas se personaron en el IFEMA. No eran quienes buscaban a sus familiares, sino voluntarios que iban a prestar ayuda psicológica. A repartir comida y bebida. A ayudar a desesperados que ya habían agotado cada lista de hospital, e iban allí esperando lo peor.
Personas de ésas que vemos en la televisión, en las revistas de colorines, esos días estuvieron en IFEMA, ayudando. Sin fotos, sin cámaras, sin maquillaje.
Por la tarde, ya era consciente de que nadie próximo estaba en Atocha a esas horas. Por pura casualidad. Uno de mis hermanos hizo el viaje en sentido contrario. El otro estuvo en la estación media hora antes y le recogieron en coche. Vieron desde la carretera, camino al Corredor del Henares, las ambulancias.
Durante años, muchos días a esa misma hora, tanto mi padre como mis hermanos estaban en Atocha, como parte de su rutina.
Yo, que tengo otra, por horario, que cuando voy a Atocha es a media mañana, por la tarde... apenas cinco días antes estuve allí, a poco más de las ocho de la mañana. Como absoluta excepción.
Muchos muertos de ese día lo fueron por demasiadas fatalidadades juntas. Otros salvaron la vida por simples detalles: un tren que se pierde con el consiguiente cabreo, un olvido de algo en casa que hace que se salga un minuto más tarde, un molesto dolor de cabeza, entrar corriendo en la estación y no montar en el vagón habitual...
La macabra ruleta ese día funcionó a pleno rendimiento.
Ciento tres. Ciento veintiocho.
Creo que la frase "Todos íbamos en ese tren" de la manifestación del día siguiente sólo la entendíamos, de verdad, los que conocemos esa estación. Los que tenemos en nuestra cotidianidad esos trenes de cercanías, que tanto gustaban en el resto del mundo (hay que reconocer que son, eran, muy bonitos: blancos, con detalles rojos, silenciosos, cómodos, con sus luces halógenas).
Todos íbamos en esos trenes.
Nos salvamos porque no fue "el nuestro", simplemente.
Durante días, sobre todo los primeros, sé que fuí una autómata. Existe algo inexplicable: el sentimiento de haber sobrevivido... y sentirse culpable por ello. Y no entender porqué ese sentimiento...
Al día siguiente, compré el periódico, que aún hoy no he conseguido leer. Guardo todos los periódicos de esos días. No fuí a esa manifestación, la única que de veras tuvo la participación que se declaró "en números", donde hasta el cielo de Madrid se puso de acuerdo en llorar. En una ciudad tan seca como es Madrid, suele llover en los grandes acontecimientos.
No fuí. Tampoco quise verlo en televisión, en la oficina.
Aquel atentado no era como el de las Torres Gemelas: algo tan lejano que parecía un espectáculo. Un fascinante espectáculo: dentro del horror y del dolor supuesto, no era posible dejar de mirar...
Este era diferente. Este era nuestro.
Desde ese día, desde ese momento, los madrileños (igual no todos) tenemos una herida ahí, que aunque parezca cicatrizada y curada... duele tremendamente en algunos momentos. Es una herida independiente a la autoría de los atentados. Una herida que no sabe de nacionalidades ni de luchas políticas. De pronto, algo hace que se reabra... y vuelve el olor de los cientos de velas. Vuelve ese olor que encontré, en una estación siempre ruidosa y esa tarde extrañamente callada, cuando el martes de la siguiente semana tuve que ir a Madrid y me obligué a ir a Atocha. Un olor que no se parece a nada....
Era el olor de la sangre, de los explosivos, de la muerte. Se quedó adherido a las paredes y el suelo y las vigas de cemento, muchos días.
Tengo demasiados recuerdos, sueltos, inconexos, de esos días.
El día en que se desató el infierno, pero no el caos.
El día en que Madrid demostró, nos demostró a todos, que puede ser la ciudad que mejor funcione del mundo.
(Anécdota personal, chiste privado: en la boda de cada una de las Infantas, se les obsequió con una exhibición de algo típico del lugar: un coro rociero a una, un castellet a la otra. Mi chiste privado familiar decía que, el día que se casase el Principe... como no le hiciera una demostración el SAMUR, a ver qué típico tenía Madrid... Me gustaría que nadie hubiese tenido que presenciar la maestría que el SAMUR madrileño, buque insignia del caótico Ayuntamiento, derrochó ese día. Apenas dos meses antes de la boda real).
El lugar de nacimiento es algo trivial: cada uno nace donde le toca. Yo nací en Madrid, y en mis recuerdos más lejanos (anteriores a los 20 meses de edad) mi paisaje son las vías donde estallaron esos trenes. Vivía junto a lo que hoy es la estación "Entrevías/Asamblea de Madrid", el punto intermedio entre Atocha y las demás estaciones atacadas. Luego, me trasladaron a un municipio donde el tren tardó en llegar. Ahora, vivo en otro desde donde veo las vías, y esos trenes de cercanías (ahora blancos y magenta), con solo asomarme a la terraza.
Todos los muertos, 191 al final, 192 pasados unos días, eran madrileños. Por mucho que algunos documentos de identidad dijesen con razón que nacieron en Polonia, en Sevilla, en Ecuador, en Toledo, en Francia, en Rumanía, en Marruecos...
Nací en Madrid, pero para ser madrileño eso es algo accesorio.
Nací en Madrid y espero, un día, sentirme de veras merecedora de la ciudad solidaria y generosa que descubrí ese día que se escondía tras su aparente aspecto de caos, de gente que no se mira, de obras, de tópicos... Creo que, desde hace cuatro años, es lo menos que le debo al sitio donde, casualmente, me tocó nacer.










lascosasdepepe dijo
nací en...... estupendo post.
un abrazo.
11 Marzo 2008 | 09:54 PM