A veces, la felicidad tiene llaves y nº de dirección
(Nota: intenté publicar este post anoche... entre las 10 y algo y más de la una de la mañana. No sé si problemas cocteleros ó personales, pero no hubo modo).
Supongo que nos ha pasado a todos. Una sola vez ó multitud.
Es... esos momentos en que, de pronto, es como si todas las piezas encajasen. Como si el mundo se hubiese puesto a conspirar a nuestro favor. De pronto, miramos alrededor, miramos dentro de nosotros... y todo va bien. Espectacularmente bien.
En ocasiones, casi nos cuesta creerlo. Nos cuesta reconocer lo fácil que al final ha sido que se arreglasen cosas que, siquiera unos días antes, parecían insalvables. Pero...de algún modo, todo se arregló. Y todo va bien.
Son momentos mágicos. Felicidad en estado puro. El aire se vé más limpio. No nos molesta nada: ni el ruido de las obras, ni los cambios de temperatura, ni el perro del vecino ladrando a las cinco de la madrugada, ni el inoportuno grano de la nariz. Porque todo nos parece perfecto, como si cada pequeño detalle fuese la pieza en el lugar que le correspondía...
Obviamente, mi realidad a fecha actual es otra. No, ahora mis piezas están totalmente desperdigadas. No encaja nada. Pero no es eso de lo que quiero hablar.
Podría contar con los dedos de las manos los instantes en que, en mi vida, me he sentido así. Esos momentos en que, de veras, todo de pronto fue perfectamente.
Han sido tan pocos, y tan cortos... que sí recuerdo algo es que, cuando reparaba en la situación de perfección absoluta... me saltaban las alarmas. Todo iba demasiado bien. El "demasiado" indicaba que sería breve y que saltaría todo por los aires en poco tiempo. Como otras veces.
Uno de esos instantes de completa felicidad fue también un dieciocho de marzo. De hace 13 años. Sí, el mismo día en que se casó la infanta Elena (otro día igual escribo sobre mis fechas y las fechas de la realeza). Es algo que, visto desde aquí y desde fuera, no tiene ni importancia ni aspecto de haberla tenido. Por abreviar: ese sábado nos confirmaron que sí, que nos alquilaban un local donde trasladar la oficina. Para mí, era cumplir un sueño por muchas cosas. Porque era el mejor local del municipio (sigue siéndolo). Porque ni en la mayor de mis ensoñaciones hubiese imaginado conseguir trabajar allí. Porque..., en fin, eran muchas cosas.
Porque, además, con eso daba cumplimiento a una amenaza. Cuando dejé de trabajar para "M", año y medio antes, me prometí, y él lo supo mediante una de esas historias largas de explicar, que buscaría el modo de conseguir superarle profesionalmente. Que, si podía, intentaría quedarme en un sitio donde poder controlarle... y hacerle daño.
La oficina de "M" estaba muy bien situada. Trabajar allí también fue para mí la concesión de un deseo pedido a los dioses, tres meses antes de conocerle, seis antes de trabajar para él.
El local a que yo me iba, año y medio después de dejarle, estaba aun mejor situado. Pero a escasos cincuenta metros. Su oficina estaba en una primera planta en el número quince de la calle. Mi nuevo local, en el nueve... y a pie de calle.
El número nueve volvía a mi vida una vez más.
Esa misma tarde, todos (los dueños del local, mi jefe, yo, que recogí las llaves) nos dimos cuenta de que era el número nueve de la calle (es que la entrada oficial de la finca era en una calle perpendicular: el local es la planta baja del chalet donde vive el dueño). Ese detalle también me produjo una sensación de inexplicable felicidad...
Llevarme las llaves, que tendría en mi poder hasta el siguiente martes... era mucho más importante de lo que un hecho tan nímio pudiese parecer.
He redactado docenas de contratos en mi vida. No creo que ninguno, nunca, me llegue a hacer tan feliz como me hizo la redacción de aquel. Que hizo "perderme" la retransmision de la boda real...
Aquel fin de semana, el paraiso era un local de suelo blanco con caminos de baldosas amarillas y techo de lona de rayas. Sus llaves tenían una etiqueta en la que puse un nueve. Y yo era la depositaria de las llaves de ese paraiso.
La felicidad, sí, son detalles así de pequeños. Un contrato. Unas llaves. Un local lleno de polvo, de perchas y pliegos de papel de regalo viejos, de docenas de cintas de colores (aun conservo algún rollo).
La felicidad no es sino ir consiguiendo ver como se materializan deseos, como se alcanzan pequeñas metas...
Igual por eso mi vida ahora es un puzzle revuelto en su caja. Quizá porque no tengo metas concretas que querer por encima de todo alcanzar...
...ó porque me da miedo reconocer que sí existen esos deseos. Y que en el fondo sé que al final las cosas no acaban como creimos ese día en que se cumplieron los sueños.






fenicia dijo
Todo volverá a encajar querida amiga,todo.
Me gusta mucho como expresas tus sentires y pensares,ya lo sabes y en cuanto a anoche lacoctelera iba regular,mas yo publiqué sin gran dificultad.
kisses
19 Marzo 2008 | 12:24 PM