Un botón de nácar perdido. El tacto de su piel. Y tantos aniversarios...
Durante años, he llevado un botón de nácar en el monedero. Pequeño, del tamaño de una peseta antigua de aluminio, de una moneda de un céntimo de euro. Blanco. Se cayó de su sitio, mi vestido de aire ibicenco, tal día como hoy hace doce años. Lo guardé en el bolso, esa noche, y al día siguiente repuse en su lugar el que el vestido llevaba "de más", cosido en la etiqueta. No fue algo premeditado: quizá cuando ví la falta del botón, ni siquiera reparé en buscarlo dentro del bolso...
Aquella noche era la consecuencia de algo inesperado que pasó, contra todo pronóstico, doce días antes. Algo que fue consecuencia de aquella llamada que hice un quince de mayo en que me encontré sola y sin nadie más a quien llamar, en la oficina.... Ese fue el primer "factor irregular" de toda aquella cadena. El segundo fue el mensaje que terminé dejando en su contestador: el municipio donde trabajaba era festivo ese día, y yo no lo sabía. Y fue irregular que me devolviera la llamada días después y que me encontrase excepcionalmente sola esa tarde, y lo que en otro caso habría sido una cortés y educada conversación profesional de apenas dos minutos fue más ó casi una hora hablando. Tras tantos meses de apenas algún saludo cortés en encuentros inevitables. De evitar el encuentro. De, quizá, también buscarlo alguna vez... y no coincidir con el deseo del otro. Una larga conversación que terminó con un cortés "a ver si un día nos vemos y nos tomamos un café" por mi parte... que él transformó rápidamente en un comienzo de futura cita... Y que desembocó en aquella última llamada mía un miércoles de julio, tras docenas de llamadas suyas en que no pude atenderle, en que colgué fingiendo que se había equivocado, en frases que no venían al caso en la relación que manteníamos. Pero esa última llamada mía viró en su pregunta "¿a qué hora coges el autobús a mediodía?" y se transformó en su coche esperándome en la parada...
Nos bastaron apenas quince minutos de conversación trivial. La única conversación que podían mantener dos personas que desde hacía más de dos años y medio, y más allá de la charla de aquella tarde de mediados de mayo, no habían intercambiado más palabras que tres ó cuatro saludos de cortesía en algún encuentro casual e inevitable de unos segundos. Nos bastaron quince minutos, y el cruce de nuestras miradas. Y, de pronto, su petición de "¿no me vas a dar un beso?" dió la vuelta a la historia, porque sí me acerqué a besarle.
Y mi vida casi encauzada se puso del revés.
Nos bastaron quince minutos para volver a estar juntos. Más de tres años después de la última vez. Algunos lo llaman "hacer el amor". Entre nosotros..., en fin, creo que si hubo amor no fue en ese encuentro. En algo que pudo ser un encuentro trivial y sin más consecuencias... ó transformarse en el principio de la segunda parte de nuestra relación.
Fue eso último.
Ese lunes, veintidós de julio, creo que fuí yo quien le llamó. Y me respondió. Y tal vez fue él quien fijó la cita para esa noche: pasaría a recogerme a la salida de mi trabajo.
No hacía falta planificar nada más. Los dos sabiámos que el "quedamos para tomar algo" quería decir otra cosa...
Creo que el botón de nácar se soltó al desabrocharme él el vestido, tras muchos besos y antes de muchos más. Creo que estrené el vestido, uno de tipo ibicenco que llevaba toda la vida soñando con tener, esa tarde/noche y para él. Un vestido blanco, yo, que tanto vestí siempre de negro. Recuerdo esa tarde tan, tan calurosa, que pasé haciendo gestiones en la calle. Recuerdo que busqué el modo de, por una vez, salir a mi hora: las nueve. E inventar algo para ir a coger el autobús, y desviarme a la calle donde él me esperaba con el coche...
Creo que fue la primera vez en que su indumentaria, siempre tan clásico, cambió la camisa eternamente blanca, variando si acaso en un ténue color pastel, por una estampada en tonos inconcretos. No sé porqué recuerdo eso. Quizá porque también yo desabroché los botones de su camisa esa noche y porque él me pidió que lo hiciera.
Aquella noche, habían pasado doce días desde aquel encuentro en que supe que seguía existiendo entre nosotros algo más, algo que yo daba por finalizado hacía años y que sus labios y sus manos y el resto de su cuerpo me demostró que no, que seguía muy vivo. Aquella noche era la primera vez, doce días después, y más de tres años, también, para qué negarlo, después. Tres años desde que decidí que se había terminado, aunque la relación laboral aún duró casi medio año.
Hoy, han pasado también doce, pero doce años, de aquella noche. De una noche que quizá él no recuerde, ó finja no recordar. Pero sí sé que nunca olvidará algo: mi respuesta a una pregunta. Porque, según él, había sido la respuesta más rara que le habían dado nunca.
Para mí, era la única posible.
No voy a describir lo que pudiera considerarse una noche de amor, y que simplemente fueron dos, casi tres, horas de sexo. En realidad, entre nosotros no hubo amor, ni entonces, ni nunca. Aunque también esa noche fuese la primera en que me dijera "Te quiero".
La primera y creo que la única. Pero que no tomo en consideración, porque en algunas circunstancias las palabras carecen de sentido real y de cualquier significado.
Qué rara habría sido antes nuestra relación. Aquel más de año y medio "personal" en una relación laboral de poco más de dos. Qué rara había sido, que aquella noche de hace doce años me sorprendió que tras todo, me acercase con el coche a casa...
Que raro fue todo. Que empeño mío, a veces, de verlo todo normal... De ocultar aquello que, de conocerse, sólo le habría perjudicado a él, y de ver normal lo que no lo era. Nunca lo fue.
Aquella noche, como digo, habían pasado doce días de nuestro rápido e inesperado reencuentro físico y sexual.
Hoy, han pasado doce años de aquella noche.
Aquella noche, yo me negué a imaginar un futuro. No quise pensar si aquello se repetiría. Si sería la primera vez de muchas otras ó si no era sino un"punto y aparte" más. Algo surgido de una serie de factores casi casuales y circunstanciales: su familia de vacaciones en el pueblo, el calor, mi predisposición inesperada, el mayor tiempo libre, una atracción física que igual no se repetía más. Un nuevo episodio en lo que él una vez definió como "una simple aventura. ¿O creias que eras algo más para mí?" Cuando me dijo eso, él no lo sabía... pero yo decidí que la "simple aventura" acababa de terminar. Y cumplí mi promesa. Y pasaron más de tres años.
Hasta ese mes de julio. Casi, hasta esa noche.
Me negué a imaginar un futuro.
Antes de dejarme en casa, volvió a ser él. La persona que yo había conocido y que, creí, se había quedado olvidada en algún recoveco de esos más de tres años sin contacto físico. Pero regresó. Y me dió esas recomendaciones tan suyas..., eso de "ya sabes que mañana, por ejemplo, no nos podremos volver a ver. Y es mejor que no me llames".
Qué vanidoso era a veces. Creyendo que yo querría llamarle y verle.
Qué acostumbrada estaba yo, tras la primera parte de nuestra relación, a obedecer ordenes y encontrar normal lo que no era.
Y qué poco podía imaginar cómo sería el futuro...
Esa noche, me preguntó, en una pausa entre besos y caricias y todo eso que compone y conlleva el sexo, qué era lo que más me gustaba de él. No podía responderle otra cosa:"tu piel". A él le sorprendió: quizá muchos años de amantes hablándole de sus ojos, de sus pestañas, del hoyuelo de su barbilla. Incluso de eso que a los hombres les gusta tanto que sus amantes les alaben... Pero yo no podía darle otra respuesta.
Reconocería su piel, sólo por el tacto, a ciegas y entre un millón. Entonces y hoy. Y creo que siempre. Como las propias huellas dactilares, le llevo en la yema, en el tacto de mis dedos.
Aquella noche no podía imaginarlo. Pero acababa de empezar la cuenta atrás.
Una cuenta de siete años y siete días. Los que faltaban para el veintinueve de julio de dos mil tres. El mes siete del año, de nuevo. Y hasta hace apenas unos días no he reparado en tantos detalles. En tantos recuerdos que me devuelven al mes de julio.
Siete años y siete días después de aquella noche y aquel botón caido. Veintinueve de julio de dos mil tres.
La última vez que le ví. Que nos vimos. En el mismo coche en que aquella noche de hace doce años me dijo, por primera y única vez, que me quería. Aunque fuese, ya sé, mentira.
En el mismo en que me dijo, hace casi cinco, que volvería unos días, semanas, acaso meses después, a verme. Y yo supe de inmediato que era también mentira. Pero esa vez quise creerle.
Qué tontería.
Han pasado doce años. Y dentro de siete días, habrán pasado cinco.
Hace doce años, yo no podría haber imaginado que tenía por delante sólo siete años y siete días para poder considerar que aquello era una relación porque era compartida. Que me quedaba sólo ese tiempo. Y que no sabría aprovecharlo. Pero hoy, a falta de apenas una semana para esa media década de ausencia, ya sí he asimilado que fue la última vez. Y que será para siempre.
No sé dónde está, hoy, ese botón blanco de nácar que se me desprendió esa noche del vestido. Pero tampoco me importa: tengo los otros, todos los demás. Conservo el vestido.
Como conservaré y relataré los recuerdos buenos, y conservaré y callaré los malos. Quizá a mi pesar.
Como conservaré, como algo inevitable, como esas cicatrices que nos acompañarán toda la vida, el recuerdo de su piel en mis dedos. Las cosas inevitables, simplemente, son eso. Sin más.
Igual un día el botón perdido reaparece. Y lo guardaré entonces en el monedero. Pero no lo buscaré si sigue perdido. Tengo otros. Tengo el vestido completo.
Y, aunque la última vez que me lo puse fue también la penúltima vez que nos vimos, esa tarde en que me confirmó que sí, que se iba y era para siempre, igual un día vuelvo a ponérmelo. Quién sabe cuando. Quién sabe para quién.
Supongo que sobra decir de quién he estado hablando.
Tengo su recuerdo y tengo tantos años por delante. Sin él. Pero conmigo misma. Por fin.
Y, quizá, a pesar de él mismo. Aunque eso ya nunca lo sabré porque nunca me lo dirá.
Y creo que ya, definitivamente, no me importa.










calalola dijo
caray... que memorión, o mejor... que huella más profunda...
besos
23 Julio 2008 | 09:12 AM