Dos mil ciento noventa y dos
No pienso en tí conscientemente.
Si la añoranza existe, estará ahí porque ella libremente lo decide, ajena a mí misma. Tal vez porque tantas cosas mías fueron ajenas a mi voluntad, a mis principios, a mis decisiones conscientes... cuando estabas ahí, que igual hasta en tu ya inevitable y eterna ausencia no puede ser de otro modo.
No pienso en tí. La distancia ha ido diluyendo en tiempo, en nuevas canciones, en risas, en deseos donde tú no estabas, en proyectos ajenos y castillos de arena, lo que un día fue sólo TÚ, sólo el deseo de tu piel en mis dedos, el anhelo de que no te fueses nunca ó que nunca hubieras existido, que no hubieses irrumpido en mi vida para cambiarme el destino y hacerlo un tiovivo girando a tu alrededor.
No puedo echarte de menos. El sentido común me repite que no mereces que te eche de menos y, por eso, los días pasan, y yo no te añoro. No puedo echar de menos a quien sé que nunca volverá, a quien se refugiaba en un mundo interior aunque su cuerpo estuviese a mi lado, a quien desaparecía durante semanas y finalmente ya sólo aparecía cuando quería algo de mí, sin dar más que migajas a cambio. No. La casi niña terriblemente coherente que conociste nunca hubiese añorado a alguien así. Nunca le hubiera esperado, nunca lo habría necesitado. Y tú nunca habrías reparado en alguien sumiso que esperase el retorno de alguien como lo que tú realmente eras.Te fuiste y yo supe que era para siempre. Lo supe a pesar de que te enfadaste cuanto te dije que sería así, que necesitaba verte porque ésa sería la última vez.
Yo lo sabía. Siempre supe tantas cosas que fingí desconocer para no ahondar en heridas, para no hacerme más daño...
Lo sabía. Pero quise creerme, por última vez, tus mentiras. Y quise creer que aquella no era LA ÚLTIMA, sino una vez más. Que volverías. Que no estabas dispuesto a terminar así tu relación conmigo. Creer que eran ciertas tus palabras, en aquella conversación telefónica en que te pedí que, por favor, me dejases verte siquiera unos minutos esa próxima semana en que ya habiamos planificado vernos y que, de pronto y como tantas veces, me habías llamado para cancelar los planes: que no ibas a estar solo, que mucho trabajo, que te ibas enseguida, y blablablá... Te pedí verte, vernos, siquiera unos minutos, porque necesitaba despedirme de tí. Porque no íbamos a volver a vernos nunca. Quise creerte. Quise creer que era cierto que no ibas a permitir eso. Que no pensabas terminar así, por mucho que te fueses, la relación que mantenías conmigo.
Quizá porque era la primera vez que lo definías de aquel modo: que lo que tenías conmigo era algo muy importante como para permitir que se terminase. Que seguiríamos viéndonos. Te quise creer. Me quise creer tu enfado ante mi seguridad de saber, porque yo lo sabía: que era la última vez.
Que aquello que igual nunca debió existir se había terminado. Yo sólo quería zanjarlo con una despedida. Sólo era eso.
Pero no la hubo. Porque lo que hubo fue un "hasta luego". Fue el proyecto de volver a vernos pasado ese agosto que a mí, desde ese instante, se me empezó a hacer eterno y aún no había comenzado. Fue una sucesión de planes, tuyos, de regresar porque tenías mil trámites que resolver, y claro que me llamarías y claro que nos veríamos. No fue una despedida. Fue un casi cortés intercambio de besos amistosos. No fue un adios: no fue, en definitiva, nada.
Pero yo supe que se había acabado. Y, pese a conocerte, a conocer tus mentiras de años disfrazando la realidad, quise creerte. Imagino que porque quedaba algo. Ó porque cuesta creer, me cuesta creer, que pudiera darte tanto margen de maniobra, que fingiera no darme cuenta tantas veces de la realidad... Y me senté a esperar. Y me convertí en Penélope, tejiendo proyectos de futuro inmediato para destejer, mirando la pantalla del móvil, saltando cada vez que alguien tocaba el timbre. Esperando.
Esperando. Esperando. Esperando.
Sabiendo que no había nada más. Pero refugiándome en tu promesa y tu mentira. Esperando.
Aunque..., no sé. Supongo que nunca te esperé, porque a quien de veras esperaba hacía mucho que había dejado de existir. Nunca fuiste quien quisiste hacerme creer que eras. Y porque ya sabía que aquella sería la última vez, y lo supe a pesar de tus palabras, a pesar de tus propósitos. Porque también estoy segura de que pensabas seguir viéndome... y, no sé. No sé qué pasó.No te echo de menos. No te menciono más que aquí, en este refugio privado donde puedo ser quien yo quiera ser, porque nadie te conoce y porque no me vas a encontrar. En mi presente, desde entonces, no existes. Más allá de algún comentario puntual, de algún encuentro con algún amigo común (cada vez son menos) donde se te haya podido mencionar... tú no existes. No te puedo añorar, porque no estás en mi vida.
Ni lo estarás nunca. Ya sé que no.
Hoy, ni siquiera sé si estas vivo. Te ví en ese momento que se anticipa al sueño, hace una semanas. No, no soñé contigo: te ví. Desde hace mucho, si cierro los ojos, no puedo recordar tu aspecto. Nunca dejaré de tener el tacto de tu piel en la yema de mis dedos ni puedo olvidar la luz de tus pestañas, pero el recuerdo se queda ahí: puedo describirte hasta que cualquier profano pudiese reconocerte si te viera, pero no puedo verte. Pero hace unas semanas sí, te ví. No, no como eras entonces: te ví como sé que eres ahora. Si vives. Te ví como se vé a alguien que está en el andén viendo pasar el metro mientras uno está dentro. A esa distancia. Sin que me dijeras nada y sin poder hablarte yo. Abrí los ojos, los cerré de nuevo y seguías ahí. Y me pareció tan mágico... como aterrador me ha parecido, luego, recordarlo. No me ha vuelto a pasar. Y tengo miedo: a veces he pensado que volviste a despedirte de mí. Simplemente eso.
No pienso en tí, de veras que no. No me pregunto qué haces, que has hecho, que será de tu vida. Si miro la luna, no pienso que tú pudieras estar mirándola en ese momento, ni me planteo si en algún momento estaremos sintonizando el mismo programa de radio, ni si te dirá lo que a mí me dice alguna nueva canción. Ya no hay planes. Ya no hay nada. Todo se terminó hace demasiado tiempo.Pero..., quizá es que el tiempo realmente no lo cura todo. Quizá es que hay días en que el sol hace escocer las cicatrices, y pican. Y la carne se rebela y quisiera volver al momento en que aún no había sido cortada y era todo uno. Porque eso es una cicatriz: el recuerdo de que, aunque todo parezca seguir igual y todo parezca estar bien, no, no es así: un día la realidad se rompió. Y hay momentos en que la luz deja que percibamos el sitio por donde pegamos el asa de la porcelana.
Sesenta y cuatro meses. Seis años. Sin tí, sin necesitarte ya. A estas alturas, sin esperar ya nada.
Dos mil ciento noventa y dos días. De veras: no te echo de menos. Pero..., pero aunque no sea consciente de ello, sé que no ha pasado ni uno solo en que, siquiera por un segundo, hayas pasado por mi mente. Y, lo siento, pero lo único que sé es que no soy capaz de calcular cuanta arena en forma de instantes diminutos de recuerdo me queda en el desierto que, en forma de futuro, aún tengo que cruzar.
A solas. Y sabiendo que nunca llegaré a encontrarte en el camino.




kilifa dijo
http://www.youtube.com/watch?v=htnX_81fdvw
Seis años ya...y aunque es obvio que quieres pasar página, ésta se engancha una y otra vez...evitando que sigas...
A pesar de conocer muchos trozos de esa historia, hoy me pusiste los pelos de punta.
Hoy me apetece darte un abracito de esos grandes!!!
30 Julio 2009 | 10:13 AM