Círculos. Esperanza. Ó simples neuras de este octubre veraniego.
Cerrar círculos. Cerrando círculos.
Hace muchos años, tantos que ni podría asegurar que existiera un tiempo antes de ese momento, tuve claro que mi vida se componìa de círculos. Historias a veces triviales, otras importantes, vitales algunas, que tenían su presente... y que el tiempo iba diluyendo ó dejaba en un impass. Las mejores historias siempre fueron las que tenían un final. Bueno ó malo casi era lo de menos: el bueno dejaba ese poso nostálgico que a veces tampoco resultaba grato, porque hay viajes en los que lo que importa es el camino (bueno, eso en todos, ya lo dijo Kavafis) pero en que mientras lo hacemos somos conscientes de que llegaremos al final... y, realmente, lo que nos está gustando es ese camino. Y los finales malos..., en fin, la vida es lo que tiene. Y que algo termine mal, pero termine, es infinitamente mejor que el dejar historias a medias.
Círculos abiertos. Círculos que no lo son.
A lo largo de mi vida (uff... que de abuelita me ha sonado eso) he ido cerrando círculos. Terminando historias a veces con años de suspense en medio. Y en muchas ocasiones, terminándolas del modo más inesperado ó insospechado. Y me he ido encontrando a gente, compañeros de viaje que los llamaba un jefe que tuve y al que apreciaba, bueno, no, aprecio (es que sigo en contacto, tras como 10 años de no saber nada de él), pues eso, mucho. Algunos compañeros de viaje, de pronto, me ayudaban a dar sentido a cosas sueltas que me habían pasado, y que estaban ahí, latentes... esperando una resolución.
Hace muchos años entendí que hay personas que se encuentran... porque no quedaba otra. Y si no hubiera sido en ese momento y entorno, habría sido en otra situación. Pero se habrían encontrado. Nos habríamos encontrado. Imagino que es eso que llaman destino. Ó lo mismo lo del destino nos lo inventamos hace milenios para encontrar un modo de justificar algunas cosas. Ó delegar en algo nuestros propios errores. Podría ser.
He contado muchas veces (demasiadas, que le tengo dedicado una nutrida categoría de este blog) que en mi vida hay una historia sin terminar. Algo que en un momento concreto tuve que dejar ahí. Un último encuentro que debería haber sido otro día y en otro momento, pero que no pudo ser. Y desde entonces... Y desde entonces, han pasado seis años largos. Y, no, como conté en la última carta que le escribí ( y que nunca le enviaré, claro: fue el post del pasado 29 de julio), no pienso en él de forma consciente. No le recuerdo, ni siento nostalgia, ni le sigo queriendo, ni tengo planes para un futuro que no existirá (en realidad, nuestra historia nunca tuvo planes, porque nunca tuvo futuro. Por mucho que durase 12 años, que en realidad fueron 9 con un parentesis en medio de 3..., sí, regresamos a mis números cabalísticos). Aquella historia ni siquiera se cerró en falso, como algunas heridas. Simplemente, se quedó ahí. Algo en mí se quedó esperando, cual niña de la estación de la copla, sabiendo que nunca regresaría. Pero queriendo creer que esa última promesa no había sido tan falsa como todas las anteriores...
Llevo días recibiendo "mensajes". No, no son emails ni sms ni me dejan notitas en el buzón ó en el contestador. Son.... cosas más sutiles. Detalles que, curiosamente, no me han hecho pensar en él. Sólo eran eso, detalles que de pronto me sorprendían en forma de canción que me hacía tararear. De etiqueta de procedencia en una caja de dulces mantecados que lleva !!meses!!! pululando por el comedor de mi casa, que ni termino de consumir ni me atrevo a tirar... y que, curiosamente y contra todo pronóstico... va y resulta que tiene un mensaje (esto daba para un post que medio escribí en papel en el curro: "De la magdalena de Prust a los mantecados de brux"). Una dirección en un papel. Ya digo: detalles. Mensajes que no "pillaba".
Y..., no sé. Es que realmente lo que debería contar en este post se reduciría a una línea, porque en realidad no ha pasado nada. Pero desde esta mañana sé que sigue vivo. Y sé que dicho así suena raro..., pero aunque nunca he querido hablar del tema, aunque si lo he tocado ha sido casi con un tono humorístico..., una de las razones y los motivos por los que muchas veces he trocado mi firme decisión de llamarle en una vuelta atrás de intenciones... es ese miedo, real, a que su silencio se debiera a algo más serio. Había llegado a pensar que igual simplemente no seguía vivo, y, en fin, sé que por mucho tiempo que haya pasado y por muy asumido que tenga el hecho de no volver a verle..., también sé que no soportaría que la respuesta a una llamada mía fuera que ya es demasiado tarde. Sé que no volveré a verle y que, probablemente, nunca más hable con él. Pero que eso no signifique otras cosas. Que otras personas sí puedan verle y hablarle y escucharle. Que siga viendo su propio reflejo al mirarse en el espejo. Que siga donde siga, pero que siga ahí.
Hoy sé que está vivo.
Y en el hipermercado, que no suele tener música ambiente a la hora en que yo voy, va y me recibe la canción que suena, y que forma parte de un círculo. Porque durante muchos años no es, sólo, que me gustase mucho... es que reconocía en ella una historia que no, no me había pasado... Y que me pasó. Porque aquel nueve de junio en que supe que se iba, y se iba para siempre, la letra de esta canción de pronto tuvo sentido: "Hay una cosa que yo no te he dicho aún, que mis problemas sabes que se llaman tú". Y que esa tarde de dos días después, sentado a mi lado, explicándome lo que pasaba y sin darse cuenta de que a mí se me habían gastado las lágrimas esas 50 horas anteriores, que estaba totalmente sedada y no era capaz de reaccionar, y me daba igual todo, y él me pedía, sin mirarme, que siguiéramos " siendo amigos. ¿Amigos, para qué, maldita sea...? ", es lo que ni fuí capaz de responderle. Y aún más lo tuvo esa última tarde de julio: " Te marchas y qué, yo no intento discutírtelo, y sabes y lo sé". Y no tuve la ocasión de poder decir " al menos quédate sólo esta noche. Prometo no tocarte, estás seguro ". Porque nuestro último encuentro debería haber sido aquella mañana, la del día que fue la última vez que le ví. Y no pudo ser porque yo no podía esperarle a desayunar: gestiones inevitables de mi trabajo. Gestiones que nunca aplazaría por él, porque él tampoco las aplazaría por mí. En eso éramos iguales: un par de puñeteros adictos al trabajo. Lo que nos hizo encontrarnos también fue lo que terminó por separarnos: una de las razones de su "huida" eran sus problemas laborales, que además escudó en su cada vez más precario estado de salud. También por eso temía que finalmente le hubiera pasado algo malo, y...
El trabajo, nuestro común sector profesional, era lo más importante.
Y lo fue aquel día. Y..., en fin.
Y tambièn esta tarde, no sé porqué, he variado la ruta de regreso habitual desde el metro a mi casa. Y he pasado por determinado sitio. Y algo muy relacionado con mis gestiones de aquel día, de aquella mañana hace seis años tres meses y dos días..., bueno, que al final tuvo también su fin. Se cerró el círculo.
Y..., qué más decir. Que hoy sé que sigue vivo. Y eso es lo único que importa. Y en el bus, este mediodía, ha sonado la canción, ésa otra que contiene la que es mi filosofía vital desde que tengo uso de razón, muchos años antes de que la canción existiera: "saber que se puede, querer que se pueda".
No sé si esto tendrá algún sentido. Pero he vuelto a recordar que esa historia, que se me fue entre los dedos, como él se fue aquel verano, esa historia sigue abierta. E igual la vida me está abriendo caminos y poniendo puentes para que los cruce y la cierre del todo.






chevi dijo
Eh Bruxi!!!
Mira, lo que debes hacer es no comerte la cabeza, sino los mantecados. Yo no conozco a ese chico ni sé nada de la relación que te unió a él, pero me imagino que los mantecados están riquísimos y que tus neuras no van a poner solución al problema. ¿Por qué no le escribes una carta a ese chico y le dices algo? A lo mejor él necesita saber de tí....
Supongo que es algo maravilloso que alguien que siente algo por tí, te lo demuestre con mantecados.
Besos.
1 Noviembre 2009 | 10:33 AM