Simplemente eso.
Tenía planificado, casi al detalle, ir a verle. Siquiera un saludo. Tenía la razón perfecta sin necesidad de buscarme una excusa. Era jueves, el primer jueves de junio...
No pudo ser. Una ampliación de mi horario de trabajo lo hizo materialmente imposible. Así que lo aplacé... sin fecha. Sería una de esas cosas que 'en cuanto tenga la ocasión', 'en cuanto tenga un día libre', 'total, tampoco tiene porquè haber una razón'... Simplemente, el asunto se quedó ahí...
Imagino que cuando a mediados-finales de febrero supe que era más que probable que a mitad de marzo tendría un par de días libres... planifiqué el ir a saludarle. Siquiera eso: un saludo rápido, un 'pasaba por aquí y, en fin, que hace mucho que no nos vemos'. Digo que lo supongo... porque tampoco tengo esa idea clara. La de 'planificar' nada. Pero estoy segura de que verle estaba entre mis proyectos. Sin obsesiones. Sin buscar nada ni esperar nada. Y contando con que era probable que no le viera: quién sabe qué horarios tendría él. Quien podría estar seguro, incluso, de que siguiera siendo su lugar de trabajo...
Luego..., luego me surgieron estas medio-vacaciones en las que por sorpresa llevo días sumergida. Y en medio..., en fin, ese otro tema. Esa sospecha, ese sentimiento que me sorprendió y que no sé bien qué es, ó sí, pero no lo voy a reconocer. Y, de pronto, resurge mi natural capacidad para hacerme un lío en el corazón. Y es como si un agujero negro intentase tirar de mí. Y el tiempo cambia de ritmo, y me siento incapaz de aprovecharlo en condiciones. Y no lo consigo gestionar como debería (yo, que soy una autentica y reputada experta en aprovechar y dar de sí el tiempo...). Y, no sé porqué, él sale de mis planes. Sin más. Está ahí, pero fuera de mis proyectos para aprovechar este tiempo libre inesperado.
Pero, de pronto... De pronto, llueve. Y yo tengo que pasar por la acera de enfrente. No es algo premeditado: simplemente, tengo que ir a determinado sitio... y ese sitio está ahí, en la acera de enfrente. Y es casi noche, y las luces de las farolas ya están encendidas y están iluminados los escaparates. Llueve. A él no le gusta la lluvia: es de un sitio húmedo y vino huyendo de tanta humedad. A mí sí me gusta: Madrid es una ciudad seca en la que la lluvia suele ser una sorpresa y genera el caos. Pero sé que toda la vida le voy a relacionar con la lluvia, con la humedad en una ciudad tan seca, en un barrio que en mi recuerdo infantil está siempre bajo el sol y está siempre seco. Es curioso. Supongo que el haberle conocido, tratado, en uno de los pocos periodos lluviosos del reciente pasado es lo que conlleva.
Esta tarde llovía. Y yo iba ya cargada de compra, y teniendo que hacer más compra, y con el tiempo justo y calculado. Y sin otro plan que eso. Y sin paraguas, incluso: no me gustan los paraguas. Prefiero mojarme. La lluvia además me riza el pelo: lo tengo más largo que cuando él me conoció. Voy sin paraguas, el pelo ya húmedo, tan sin maquillar ni arreglar como la primera vez que nos vimos. Que me vió. Las luces de la calle están encendidas. No sé..., creo que miro por simple instinto. No busco nada. No le busco a él. Simplemente, miro: también las luces de su lugar de trabajo están encendidas...
Y le veo.
Son apenas unos segundos. Le veo tras dos puertas, una mampara: tres cristales. Al otro lado de la calle y de la lluvia. Son unos segundos. Le veo, no me vé. Sigo andando. No pasa nada.
Ya no pasa nada. Le he visto, simplemente eso.
Y no estoy segura de seguir sintiendo algo. De sentir lo mismo, aquello que sentía por él. Sí estoy segura de lo que sentí, de no arrepentirme jamás de no haber seguido con algo que podría haber sido..., pero que a medio plazo sólo nos haría daño a los dos. No me arrepiento de haberle dejado de ver. Ni de no haber cruzado hoy a saludarle, a darle dos besos amistosos: no era el momento.
Sé que siempre me gustará, que eso no podré evitarlo. Que el chispazo en el nacimiento del estómago ha surgido al verle, pero no me ha hecho temblar. Que si me vuelve a mirar, seguro, volveré a brillar, como sé y me dicen que brillaba entonces. Que me seguirá gustando su mirada, su piel, su voz y su olor. Que alguna vez, probablemente, aún sueñe con él, como soñé hace unas semanas que me besaba. Pero hoy sé que él es pasado..., y, que de ser algo más, sería futuro. Que no es presente.
Le he visto un segundo y no me ha visto. Al regresar, diez minutos más tarde, he visto a otra persona, un desconocido que estaba con él, y ya no le he visto. Tampoco haberle visto solo me habría hecho cambiar de idea, de acera, entrar a saludarle. No, hoy no.
Hoy llovía. A él no le gusta la lluvia. A mí, sí. Tal vez sea lo único que nos diferencie. Hoy le he visto y él a mí no. Tal vez el final de algunas historias sea tan simple como esto.
Llovía. Simplemente eso.







erremege dijo
las casualidades de este nuestro madrid son inagotables....me reconozco en muchas de tus palabras de hoy....aunque hoy ya no llueva y solo quede un húmedo aire....que tengas buen finde y sigas viviendo esas casualidades, que ninguna ciudad mejor que esta sabe regalar....besitos
26 Marzo 2010 | 02:42 PM