La Coctelera

Diario de una vampiresa en paro

( ó "LA ESTRATEGIA DE SHEREZADE" )
El lema de mi vida debería ser "...con lo que tú podrías (ser-tener-hacer) si quisieras...!!!"

4 Abril 2010

Óxido.

Pudor.
Para algunas personas, el pudor es algo físico. Es taparse el cuerpo, a veces, incluso ante su pareja. Es no hablar de algunas cosas. Es no confesar vicios ó costumbres. Pudor.

Mi pudor nunca fue demasiado físico. Mi gran pudor son las lágrimas. Llorar en público. Y es paradójico: lloro muchísimo. Me resulta muy fácil emocionarme hasta las lágrimas, por todo. Pero no lloro en público. Nunca.

La persona que más lágrimas me pudo hacer derramar en esta vida nunca me vió llorar. Nunca le dí esa satisfacción. Sabía, creo que lo supo siempre, que lloraba. Que me hacía llorar. Pero nunca ante él. Me encerraba a llorar en el baño mientras le escuchaba tontear por teléfono con otras. Me ponía las gafas de sol y no me veía llorar en el autobús, cuando esperaba a verme pasar, tras decirme que se quedaba a hacer unas cosas tras finalizar el horario laboral... y yo sabía que salía tras mí, y que adelantaba con el coche el autobús en el que yo iba,  y sabía que yo me iba a dar cuenta, y esperaba en la puerta del garaje hasta verme pasar. Nunca me vió llorar. La penúltima vez que nos vimos yo llevaba dos días casi sin dejar de hacerlo. Era una zombi atiborrada de infusiones tranquilizantes. Me había tomado un lexatín media hora antes de su llegada. No sé si se dió cuenta de algo, de lo mal que estaba. Pero no derramé ni una sola lágrima. Igual es que ya no me quedaban...
En doce años, nunca me vió llorar. Como no me han visto nunca personas muy, muy próximas a mí.
Tampoco lloré cuando falleció mi padre. No en público. Ni cuando me dieron la noticia de que su operación, meses antes, no había salido bien. Lloré al llegar a casa. Lloré cuando me quedé sola. En público, no. Estoy entrenada para ello. Para ser fuerte. Para ser un manojo de nervios que se mueven y resuelven cosas, pero no perder la calma. Yo, no. Para ser el gestor metódico, perfecto, que hace que las cosas parezcan tan fáciles, que sonríe siempre, que hace la vida agradable a quienes no saben por dónde empezar algunos asuntos. Cuando mi padre murió, sólo lloré en el momento en que cerraron el nicho. Porque en ese momento ví que ya no podía hacer nada más. No había nada más que hacer: se había terminado mi labor...

El martes pasado decidí acostarme temprano (esto es, antes de la una), puesto que el miércoles tenía que levantarme a las ocho: tenía turno de mañana. La tarde había sido un cúmulo de despropósitos. Me había pasado de estación por primera vez en más de ocho años, volviendo a casa. La tele no funcionaba. El pc no tenía sonido. Casi estropeo el microondas intentando prepararme algo rápido. Apenas cené: una cantidad ínfima de pasta precocinada, un yogur. No sé cómo ni de què modo... no me acosté hasta las dos de la mañana...
A las dos y media me levanté a comprobar si el gas estaba cerrado. Últimamente, me he sorprendido teniendo esas obsesiones: comprobar el gas más de una vez, volver de la calle nada más irme por no recordar claramente si eché bien la llave, si apagué la cafetera eléctrica, si cerré las ventanas... Siempre es lo mismo: encuentro todo en perfecto estado. Que no recuerde si lo había hecho no quiere decir que no lo haga, como siempre. Rutina.
A las tres menos cuarto estaba muerta de frío. No lo hacía ni soy friolera. Sentía todo el cuerpo helado. Tiré del edredón hacia mí, me arrebujé, me doblé sobre mí misma. No, no era frío. Estaba temblando, pero no era frío. Creo que en ese momento es cuando me dí cuenta de que llevaba un rato llorando. De pronto, todo se venía abajo. Ó ésa era la sensación que tenía. Todo lo que podía fallar, fallaba de golpe. Ó no tan de golpe..., pero me sentía así.
No sé hasta que hora, conscientemente, lloré. No sé a qué hora conseguír dormir, ni cuantas veces me desperté. Sí que apenas dormí. Que ví las siete reflejándose en números rojos en el techo del dormitorio. Que escuché el despertador mientras me duchaba. Que dejé que las lágrimas, otra vez, se confundieran con el agua y me resbalaran por el cuerpo. No era pena. Ni siquiera rabia. Era... era simple impotencia.
Preparé café, bien cargado. Creo que conseguí comer dos galletas integrales. No preparé nada para llevarme de comida: sabía que me sería imposible comer nada. En el aseo, me ví en el espejo... y volví a llorar. Y tuve que esperar a que se me secasen las pestañas para darme un toque de rimmell, el único maquillaje que me iba a permitir. Lo único que me podía permitir..., puesto que mi deseo hubiera sido no ir a trabajar. Total, ya para qué. Pero no podía. Ésa era la paradoja: habían decidido prescindir de mí, pero no podía quedarme en casa hasta mediados de abril. No puedo faltar ni una hora de tiempo, ni enfermar, ni retrasarme. No, porque me lo descontarán del sueldo. Me despiden porque no hay trabajo, pero no puedo faltar...

Sé que todo esto que cuento no tiene demasiada coherencia como relato. Pero es que esa es la situación y esta es la sensación que tengo desde el martes: de pronto, todo se desmorona a mi alrededor. Otra vez.

No, éste no es el trabajo de mi vida. No lo ha sido nunca. Pero..., pero no puedo quedarme sin trabajo. Nunca he podido. Por eso durante aquellos años me tragaba las lágrimas, y aguantaba, y aprendí a sonreir siempre, a emplear la ironía como arma defensiva. Porque el trabajo es lo que me anclaba a la tierra. Porque era lo único que era de veras mío, que controlaba yo y que nadie iba a poder quitarme mientras tuviese fuerzas y aguantase. Y, aunque este trabajo actual no es más que un modo de hacer tiempo hasta que llegue algo mejor..., la noticia de que nos despedían se me cayó encima como una tormenta helada un día en que se sale con poca ropa, confiando en el sol. Y..., de veras que no, que no baso mi vida en este trabajo. Que es algo que no me gusta, que no me aporta nada, que está mal pagado, que no sirve para nada en realidad.... Pero es, casi, lo único que tengo...
Pero el miércoles no lloré más. No en horas laborales. Pasé allí las ocho horas reglamentarias, y no lloré. Me volví a meter en mi papel, empleé la ironía, me reí todo lo que fue menester..., y me tragué las lágrimas. Sobreviví con dos cafés con azúcar y compañía (y nunca imaginará cuanto se lo agradezco). En el baño, con la luz natural frontal y los fluorescentes, me asusté de mi aspecto. Pero ni una lágrima. No se lo merecen.

Han pasado otros tres días. No, no lloro. En realidad, creo que lo llevo mejor de lo que me esperaba. Supongo que cuando vuelva el martes volveré a la realidad. A la de tener que tomar conciencia de que me quedará sólo una semana de trabajo. Y de nuevo, después, volver a buscar...

Como dije en el post del martes, aún no sé lo que pierdo realmente. Hace unas semanas, estaba segura de que cuando me fuese, no sentiría estar perdiendo nada. Ahora..., la verdad es que ya no lo tengo tan claro. Es curioso: no tengo nada. No voy a dejar nada allí, puesto que es un trabajo que nunca me aportó nada. Pero..., pero me come por dentro algo que no sé qué nombre dar...
No derramaré ni una lágrima. Quizás eso sea lo único que, aun, tengo claro en toda esta desazón. Intentaré no pensar en esta semana que aún me queda. Me reiré. Recordaré que no soy sola yo quien deja la empresa, y que no tengo ningún derecho a sentirme mal en exclusiva. Y, si las circunstancias me superan y las lágrimas quieren escaparse..., fingiré llorar de risa.
Y será luego por la noche cuando si no puedo más, como siempre, y sola, llore.
Y volveré por un instante a pensar cómo necesito en algunas ocasiones que me abracen. Cómo y cuanto desearía en algunos momentos no ser tan fuerte, poder ser realmente yo, encontrar un día alguien ante quien perder ese último reducto de pudor...

Pero desestimaré la idea a toda velocidad: no me entrenaron para ser débil. Las máquinas se oxidan con la humedad. Y yo no puedo permitírmelo.

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5 comentarios · Escribe aquí tu comentario

www-lacoctelera-com-inaki

www-lacoctelera-com-inaki dijo

Eres una mujer fuerte y saldrás adelante. Te mando un abrazo cálido y mucha fuerza. Entre nosotros, yo tampoco soy de llorar en público...otra cosa es en la intimidad...

4 Abril 2010 | 11:18 AM

cata

cata dijo

Nunca me había parado a pensar en el pudor ante el llorar en público... Es un acto íntimo aunque sea manifestado delante de otras personas, eso creo. Detesto a las personas que ven llorar a otra, e inmediatamente le preguntan, ¿porque lloras? ya sé qué és extraña mi forma de pensar, pero creo que con una mirada cariñosa al que llora, o una caricia... sin preguntar, le das la libertad de expresarse o callar sus sentimientos que forman parte de su yo interno.

Mucho ánimo Brux. Se te quiere. Besos

4 Abril 2010 | 07:13 PM

bruxana

bruxana dijo

Hola Iñakito y Cata:))
Muchos besos a los dos (que yo también os quiero mucho y os leo siempre... y qué puñeta no poder comentar siempre...)
:))

5 Abril 2010 | 01:22 PM

louloulabiche

louloulabiche dijo

Me pasó cuando muere Maggie en Million Dollar Baby. Cuando Sean Peann se abraza a Dakota Fanning, mientras de fondo se escucha Lucy in the sky with diamonds por Aimee Mann. En el recital de Serrat, cuando recordó su enfermedad. Cuando algún domingo por la mañana suena el teléfono y medio dormido vuelvo a olvidar que ya no puede ser mi Tita...
Aprieto la mandíbula y trato de pensar en otra cosa.
No es de hombres llorar, dicen.
Pero yo lloro.
Oye, que de vez en vez te leo, aunque tengo muy abandonados a mi coctefriends.

8 Abril 2010 | 02:03 AM

bruxana

bruxana dijo

Hola Lou:))
Qué alegría verte/leerte por aquí!!!
;)
Sí, dicen que no es de hombres llorar... Ni de mujeres entrenadas para ser máquinas...
Pero hay tantas veces en que es inevitable... y que, en mi caso, me tengo que acordar de que no, en público no, no les voy a dar esa satisfacción...
Y también hay tantas veces en que me he preguntado si las lágrimas que no se derraman en público no se convertirán en, eso, óxido interior, salitre, y terminarán por quemar...

Un montón de besos (que se te echa muuuucho de menos. Sobre todo, tus adictivos post)
:))

11 Abril 2010 | 01:17 AM

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Sobre mí

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Diario de una vampiresa en paro

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He sido ex-vampiresa durante los últimos años. Lo que significa que vuelvo a entrar en el juego..., y quiero volver a ser quien fuí.
Lo que pasa es que, para reengancharse hace falta tiempo..., y para eso el periodo de "en paro" viene bien.

¿Más sobre mí, ahora que ya llevo una temporadita aquí? Pues que me gustan los gatos, adoro la música, no me gustan los intransigentes, ni las mentiras (y menos las que busca dañar a otros), que aprendí a leer con dos años, a escribir con tres, que hablo por los codos desde siempre..., que considero vital la comunicación (al parecer desde que nací)
Que con ocho años me regalaron una cámara de fotos y no sabría vivir sin poder reflejar el mundo en imágenes...
... y que mi profesión no tiene NADA que ver con todo esto que he contado...: soy una contradicción en hiperactiva y privada sesión contínua...

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