Perdiéndome a mí misma.
Al perder este trabajo, yo perdía algo más. Me perdía a mí misma. Perdía una parte de mí que había reencontrado, contra todo pronóstico y tras toda esperanza y que, me temo, no volveré a recuperar.
Durante estos meses, un año finalmente, en ningún momento sentí como 'mío' este empleo. No es mi sector, no me sentía bien pagada, no me aportaba nuevos conocimientos. El ambiente era horroroso. ¿Porqué aguanté? Por inercia. Porque en principio sólo era un refuerzo de campaña de diez días, que se prorrogaron otros quince, que se ampliaron hasta pasar el periodo de prueba de un mes, que se convirtió en un 'te quedas, que al cliente le has gustado'. Que pasó días más tarde a convertir la jornada reducida en completa, que tenía fecha de caducidad fija 'hasta el 31 de julio: en agosto no trabajamos y tú no tienes trabajado lo suficiente para tener vacaciones". Que a finales de junio se convirtió en otra propuesta: 'si quieres, puedes venir a trabajar todo julio once horas diaras... de modo que recuperes los días que te correspondería trabajar en agosto y puedas tener vacaciones", y acepté, a sabiendas que eso me suponía tener que trabajar hasta finales de diciembre ó me descontarían los días que me habían dado a cuenta de las vacaciones..., pero, bueno, al menos asi me pagaban ese agosto... y en septiembre ya veriamos. Y llegó septiembre. Y la primera semana, teniendo unos resultados comerciales abrumadores, yo sólo quería encontrar el modo de no ir a trabajar, de quedarme en casa, de buscar y encontrar otro trabajo. Y a mediados de mes ya habia cubierto la producción mínima del mes completo... pero yo no estaba agusto...
No, no era el trabajo de mi vida. No lo fué en ningún momento. Las pocas veces que he escrito aquí sobre él lo dije: era algo provisional. Algo a lo que no echar de menos cuando me fuese.
Pero... Pero poco a poco me fuí dando cuenta. De algo que no esperaba. De algo que perdería, y eso lo supe hace poco, cuando ya era demasiado tarde, que perdería cuando me fuese...
Yo misma. Porque, no sé de qué modo ó en qué momento, regresé. Regresé del sitio en que llevaba escondida tantos años. Del lugar donde me tuve que ocultar para no molestar a "M". No, no había desaparecido. Sólo me había escondido... a esperar.
Cuando "M" me conoció, yo no era en quien me tuve que convertir y que no sería ni la sombra de mi misma. Cuando "M" me conoció, yo estaba viva. Muy viva. Yo era un manojo de nervios que hacía mil cosas a la vez, que tenía a su cargo una oficina y conseguía que todo funcionase como un reloj con el mínimo gasto. Yo hablaba con todo el mundo, coqueteaba con cualquiera sin que por eso buscase nada, no hacía planes porque era imposible preveer qué pasaría esa misma tarde. Una de las frases que a él le hacían gracia cuando me llamaba para preguntar si quedábamos al día siguiente, era precisamente ésa: "no hago planes a tan largo plazo, ya veremos". A él le parecía una broma. Para mí, era mi realidad.
A "M" le gusté porque era eso: hiperactiva, juguetona, rápida a la hora de contestar cualquier cosa. E inteligente. Y educada: nunca le haría quedar mal por llevarme a su lado, a cualquier sitio. A "M" le sedujo todo eso, cuando no estaba en mis planes seducirle como hombre. Eso es lo que se llevó a su lado. Y eso es lo que se dedicó, durante dos años, a destruir. Sistemáticamente.
Cuando le dejé, por fin y a veces no sé ni cómo (aunque sí lo sé) dos años más tarde... yo ya no era quien fuí. Había pasado de estar viva a, simplemente, aprender a sobrevivir. A no hablar para no molestar. A estar siempre disponible, pero en la sombra. Por supuesto, sólo yo conocía las cosas que habían pasado y sólo yo conocía mi dolor. Y, en mi trabajo... nunca se me notó. Porque quienes fueron conociéndome no me habían conocido antes. Y yo era eficiente, agradable, educada, simpática..., guapa. Incluso más que cuando él me conoció y le gusté. Y me tenía que quitar de encima (a veces literalmente) a todo tipo de pesados. Yo era una máquina perfecta. Pero no era yo. No era quien fuí.
Y "M" volvió. Y yo creí que las cosas se arreglarían. Y pasaron esos siete años, casi tantos como llevo sin verle. Y seguí siendo impecablemente profesional, y un estupendo objeto decorativo que, además, era capaz de resolver cualquier problema. Y nos veiamos cuando él quería y nunca le negué nada. Y a veces era el ser más adorable de la creación y a veces me hacía odiarle y odiarme, por quererle. Y todo era secreto y clandestino, pero ésa era mi realidad con él: me entrenó para ello durante los dos primeros años y, durante los tres que no estuvo, tampoco me planteé que igual la vida era otra cosa. Y un día de junio el mundo empezó a desmororarse y se desmoronó del todo. Y yo volví a recordar que existió un tiempo en que lo único que quería es que pasase rápido el día para poder llorar por las noches. Que me maquillaba de forma impecable por las mañanas porque, además, a él le gustaba así... y me echaba a llorar y el maquillaje a perder, y me iba sin desayunar porque no podía llegar tarde y, a veces, incluso podía bajar a tomar café, ó no, según se presentase él esa mañana. Y que lo aguanté todo sin poder decir nada: sólo esperar, esperar a que de nuevo un día él fuera quien conocí y quien me sedujo en todos los sentidos. Callarme para no molestarle. Desear estar a solas con él. pero tener miedo porque nadie sabía lo nuestro... y, cualquier día, bien podría decidir que yo le estorbaba demasiado. Morirme de pena pero que no lo notase. Aquel día que supe que todo se terminaba, al tiempo, lloré también por todo lo que había ido dejando por el camino, tantos años, tantas lágrimas antiguas y tanto miedo, para nada.
Luego pasaron mil cosas, sin él. Pero yo ya me había acostumbrado. Mi trabajo era el pilar básico que me anclaba a la tierra, a la realidad. Lo fué antes de conocerlo, lo fué mientras trabajábamos juntos, mientras trabajé para él y lo siguió siendo cuando lo hice para otros. Y, sin él, sin él para siempre, ya no tenía otra cosa. Por eso mi trabajo siempre fue lo más importante.
Por eso, aunque no fuese ni de mi sector, ni el trabajo de mi vida, ni bien pagado, ni con un buen ambiente... aguanté en este trabajo que ahora pierdo.
Pero pierdo más. Me pierdo a mí misma, de nuevo. Porque, contra todo pronóstico, hace unos meses empecé a resucitar. Algo se rompió. El caparazón de la tortuga no era una coraza: era un cascarón. No sé cómo fue, ni porqué. Pero un día me sorprendí riéndome hasta las lágrimas. Y otro. Y...
Y algo había cambiado. Y hasta hace poco no he querido recapitular y darme cuenta de qué era, de porqué. De qué estaba pasando...
No, que nadie espere el relato de una historia de amor, que no es eso. Aunque en mi caso igual yo he sido Blancanieves en su urna de cristal en el bosque, ó la Bella Durmiente, esperando. Esperando... Un milagro que nunca pensé pasaría, porque creí que la evolución personal se lleva por delante, para siempre, a quien fuimos. Y esta vez no había sido así.
Pero ya no hay remedio. Ha sido solo un espejismo. Y yo vuelvo al punto de partida. Otra vez.




vlasalv dijo
Alicia: Te estas muriendo?
Oruga Azul: No, solo me estoy transformando.
19 Abril 2010 | 11:57 PM