Si me necesitas, silba.
Le quiero mucho. A veces pienso que incluso a su pesar, incluso al mío. Pero las cosas son como son y son así.
Cuando hace veinte días firmé la carta de despido, de pronto, lo tuve claro: yo sería quien más perdería en esta historia. Porque no sólo me quedaría sin trabajo. También le perdería a él.
Todo pasa por algo, siempre lo he dicho. No creo en las casualidades. No le habría llegado a conocer nunca, porque pertenecemos a universos diferentes, nos hemos movido por paisajes distintos, no había ninguna posibilidad de conocernos, no. Pero yo llegué hasta allí y él ya estaba. Así de simple, en el fondo.
Creo que la única razón por la que la vida me llevó a trabajar ahí es porque tenía que conocerle. Ó..., ó no, Ó igual conocernos fue un accidente más, no lo sé. Pero hace semanas que tengo claro que lo único bueno que me ha pasado en esta empresa ha sido él. Lo único. Eso va a ser finalmente lo que salve de esta experiencia.
Si yo no hubiese rechazado otros trabajos, sino hubiera aceptado aquel 'refuerzo de campaña de diez días' que se fue prorrogando, no le habría conocido nunca. Él ya estaba trabajando allí. No, no en el mismo servicio que yo, ni con mi mismo horario. Pero todos nos conocemos de vista: cruces en la escalera, en el ascensor, en la puerta. Nada más allá del 'hola y adios', que es lo máximo que se puede aspirar en esta empresa. En un sitio como éste, donde la gente esquiva la mirada y el saludo, él siempre saludaba. Pero el trato era sólo ése y, siendo tan complejo el grupo en que yo trabajaba, no había opciones de más. Simplemente un conocido 'de vista'. Pero las cosas para él cambiaron..., y, por una de esas extrañas maniobras que se producen en esta empresa de locos, le cambiaron de servicio. Y terminó con nosotras.
En septiembre mi única aspiración era terminar cuanto antes con este trabajo. Me quería ir. En octubre llegó él. Y terminó sentado a mi lado. Una mampara de por medio. Pasé de llevar meses sola a tener compañía. Y me acostumbré enseguida. Con él no podía ser de otro modo. Han sido seis meses, la mitad de mi tiempo aquí. Pero no me acuerdo de cómo era antes de él. Quizá, no quiero acordarme.
Él es..., cómo decirlo. Digamos que lo reconocí enseguida, aunque tardase semanas, meses, en ser consciente de ello. En un grupo donde todo eran dobles interpretaciones, comentarios sesgados, desconfianzas sin sentido..., a su lado todo era mucho más fácil. Descubrí enseguida que compartíamos sentido del humor (absurdo), referencias culturales. Cuando hablaba, entendía qué estaba diciendo y me gustaba escucharle. Descubrí que era una persona inteligente, mucho, y que no necesitaba hacer contínuo alarde de ello. Le gustaba hablar, como a mí. Y, poco a poco..., no sé. Creo que llegamos, ó llegué, a cierta complicidad con él.
Lo conté el pasado post: volví a ser la persona que era hace tantos años. No sé hasta qué punto él influyó, pero...
Le quiero mucho. Es lo menos que puedo admitir. Porque es lo menos que podría sentir por alguien que ha conseguido que me vuelva a reir, reir de verdad, tras tantos años.
Para el resto del grupo..., pues, no sé. Nunca quise saber, ahora me doy cuenta. No quise opinar cuando les oía criticarlo. Simplemente, no podía reconocerle en lo que dijesen de él. Ellas veían... qué sé yo. El bufón que a veces decía cosas que no eran capaces de entender, y ya se sabe que no hay nada como despreciar desde la ignorancia lo que no nos vamos a molestar en aprender. Tal vez les desconcertaba que yo, tantos meses siendo casi invisible, aburrida, reduciendome a hacer mi trabajo y punto... de pronto hablase, me riera, dijese tonterías. Demostrase estar agusto con quien ellas no terminaban de 'pillar el punto'.
Ellas veían sólo la rana del cuento. Yo, creo que desde el primer momento, intuí también al príncipe.
He pasado a su lado, con una mampara en medio, casi ocho horas diarias durante más de seis meses. En realidad sólo compartíamos el tiempo estrictamente activo: las pausas de descanso a que tenemos derecho no las cogía conmigo, nuestra jefa lo organizó para que otras le controlasen. Compartíamos las horas de teléfono y salíamos de trabajar a la vez. Porque yo nunca me desconectaba antes de las nueve. Y porque él me esperaba. Y me acompañaba a la parada del autobús. Esa ha sido mi rutina durante meses.
Me hacía sentir bien. Me sentía bien a su lado. Cómoda. No, no estoy hablando de amor.
Aunque sé, desde hace mucho, que media empresa pensaba que había 'algo más' entre nosotros... el 'algo' no era ése. Tampoco me importaron nunca los rumores. Me habría preocupado que me 'emparejasen' con cualquiera de los muchos pseudo-ejecutivos-de visita que tanto éxito tienen entre el personal femenino de esta empresa. Pero, ¿con él? ¿Cómo iba a molestarme? Sería absurdo.
A veces digo eso de que soy tan fuerte...que si se me da con un martillo será más fácil que éste se rompa a que me rompa yo. Mi único punto débil es la gente a quien quiero. Y a él le quiero. Por eso esta semana en que todo han sido maledicencias, insinuaciones, conspiraciones absurdas... y que todo iba encaminado a 'quitárselo de enmedio'..., no sé. Aun no entiendo nada. Porque también se ha intentado convertir en arma arrojadiza la supuesta 'relación sentimental' entre nosotros. Esta semana valía todo, simplemente.
Ya no importa. Estamos fuera de la empresa. Esto se ha terminado.
Ahora..., ahora igual me duele aún más el no haber sabido parar algunas cosas a tiempo. El haberme reído a su lado, cuando igual eso, esa actitud común, le estaba perjudicando. Ahora me siento egoista, y me arrepiento, y creo que le he perjudicado. Tal vez me he tomado confianzas que no me correspondían, sin darme cuenta. Me pasa a veces con la gente a la que quiero, y no me doy cuenta de que mi presencia puede hacerles mal. Ahora esto ya no tiene arreglo, simplemente. A mí me daba igual continuar allí ó no, como me daban igual rumores ó comentarios de quienes no sabían ni de qué hablaban. A él, no. Y lo sé, ahora lo sé.
Yo sólo deseo que le vayan bien las cosas. Que todo en la vida le salga bien, porque se lo merece. Porque en este tiempo, mientras veía la ceguera absoluta de las demás, cada día tenía más claro que es una de las personas más inteligentes, más válidas y más... muchas cosas, que he conocido. Que el hecho de que esta empresa en que hemos trabajado le deje escapar sólo demuestra qué tremenda cantidad de inútiles la dirigen. Que los últimos acontecimientos no me entran en la cabeza. Bueno, sí: que al final los malos terminan por hacerse con el control de las cosas. Y así nos va.
Le quiero mucho. Quizá hasta hace poco, hasta que las cosas no se empezaron a torcer definitivamente, no lo he tenido tan claro. Que si me despedían no sólo perdería el trabajo. También le perdería a él. No, no hablo de amor, ó de sexo. Soy plenamente consciente de mis limitaciones y el asunto no es ése, porque también sé que no le gusto. Le quiero mucho, sólo es eso. Y ya no habrá más. Porque, seguramente y de eso soy consciente, no volveré a verle. Le voy a echar mucho de menos.
En esta historia otras sólo han visto a la rana. Yo he conocido a un príncipe. Conocerle es lo único positivo, lo único con que me quedo de toda esta historia, de todo este año.
La mayor parte de las novelas terminan bien. Los cuentos de hadas, siempre. Cerramos la última página y nos vamos a dormir. Y no nos cuestionamos, nunca, qué pasa después. No volvemos a saber nada de esos personajes que, durante páginas, nos implicaron en su vida y en sus sueños. Ésto no ha sido un cuento de hadas, aunque quizá yo era la princesa que se pinchó con la rueca y durmió cien años... y, de pronto, despertó encerrada bajo una antena con una diadema-casco telefónico en la cabeza. Y un principe de incognito en el asiento de al lado. Esta historia terminó y termina así. Y ahora no sé si volveré al sueño... ó tendré que habituarme al mundo real.
Probablemente, no nos veamos más. No lo sé: no hay razones para seguir en contacto, porque por lo único que nos veíamos era el trabajo y ya no está. Como decía: de otro modo jamás le hubiese conocido. Pero...,aunque no supe cómo decírselo, ni siquiera el último día, cómo desearía que supiera que puede contar conmigo. Que quizás él si entienda sin necesidad de mayores explicaciones el título de este blog. Y que, por eso, qué mejor forma de decirle que aquí estoy, que estaré para lo que quiera, que con la frase "No tienes que representar ningún papel conmigo. No tienes que decir nada ni hacer nada. Sólo silbar. ¿Sabes silbar, no? Juntas los labios y soplas".
Y yo iré.






saturnino dijo
Que aquí estoy y que aquí estaré para lo que quiera... "No tienes que representar ningún papel conmigo. No tienes que decir nada ni hacer nada..." Es precioso y maravilloso querer a alguien así. A mi también me ha pasado, me pasa, de alguna manera, no igual en circunstancias, pero me ha pasado y me pasa...
En un mundo mercantil e interesado como en el que vivimos, poca gente puede entender un cariño, un amor, porqué no decirlo así. Aun sabiendo la imposibilidad de ser correspondido/a, seguimos queriendo, amando con locura... Hoy viene un artículo de Rosa Montero en EL PAÍS SEMANAL en el que razona sobre la realización de los deseos y la ilusión de esa misma realización... acierta de pleno. Y, sin embargo, ¡cómo nos gustaría a veces tener la certeza de la equivocación!... Sería un descanso para el espíritu. Y, de nuevo, nos asaltan las dudas y pensamos: "¿estaría a la altura? Mi vida entera ha sido una equivocación tras otra. Nunca hice nada por nada ni por nadie. Ojalá tuviera la ocasión de demostrar lo mucho que quiero, lo mucho que deseo, lo mucho que admiro y, en el fondo, lo mucho que necesito... Lo mucho que necesito a quien, sin esperar nada, absolutamente nada de él/ella... me crucé, por azar del destino, en un día que fue de primavera, tal vez de abril, y que me cambió, me sacudió y me hizo, no podía ser de otra manera, mejor persona...
¡Gracias por cruzarte en mi camino!
18 Abril 2010 | 03:58 PM