Veintinueve de abril.
No, no es cierto. La distancia no es el olvido. Tampoco lo es que el tiempo lo cure todo, que cure las heridas. Son sólo frases hechas, afirmaciones que empleamos para dar ánimo a quien difícilmente, en ese instante, va a tener un auténtico consuelo, algo que haga remitir su dolor. Y, entonces, se querrá creer esos tópicos: olvidarás, el tiempo lo cura todo; sabes lo que se dice, que la distancia es el olvido...
Pero no. Y lo sabemos. La distancia sólo es eso, distancia. Espacio entre dos cosas, entre dos cuerpos. Un espacio lleno de otras cosas, pero cosas que no nos importan, que no existen para nosotros cuando nuestro único deseo sería que esa distancia no existiera, porque es lo único que existe de verdad y lo llena todo. Cuando lo único que nos consolaría es poder correr hasta ese otro extremo de distancia. Cuando lo que nos da miedo es, precisamente, que sea verdad que la distancia será el olvido. Llenar de vacío la distancia. Porque nosotros no vamos a olvidar, nunca podremos hacerlo.
Y el tiempo... El tiempo será lo que transcurra hasta que esa persona regrese. Porque cuando hay distancia, es posible que dejemos pasar el tiempo, sin más. Sin querer llenarlo de nada, sin querer que existan recuerdos que estén ahí cuando esa persona vuelva. Deseando que los únicos recuerdos sean los comunes. No, el tiempo no cura. Las heridas se cierran, pero casi siempre es en falso. Lo he escrito antes: las heridas pueden cerrarse, pero pasan a ser cicatrices. Y nada puede ser tan doloroso como una cicatriz que se reabre: dolerá el doble. Dolerá como nueva herida, y dolerá el recuerdo de la herida que fue.
La distancia no ha sido el olvido. Ha sido eso, lo que es aún hoy: distancia. Kilómetros entre su cuerpo y el mío. Kilómetros que él decidió poner, y que yo no supe, ó no quise, evitar que pusiera. Y el tiempo..., el tiempo es simplemente lo que ha pasado desde ese último día. No hay más. El tiempo es lo que me pasa por encima, lo que a veces incluso disfruto, lo que otras odio profundamente. El tiempo es ese espacio nebuloso en que sé que voy a recordarle. Ya, ni siquiera sé cuando, ni siquiera conscientemente. Porque, y en esto igual distancia y tiempo sí han hecho de las suyas, al final un ausente casi perpetuo se convierte en una presencia casi invisible... Y se deja notar a voluntad: esa canción repentina, ese perfume en la calle, esa palabra que pronunció siempre mal. Esa fecha, que nos asalta a traición en el calendario de un mes que, este año, casi me ha venido de improviso, porque este año no está siendo normal. Porque me quitaron, casi, marzo y casi me ha sorprendido descubrir que se acaba abril. Veintinueve de abril. Otro año más. Otro cumpleaños más. Sin mí. En realidad, como siempre fueron cuando estábamos juntos. Sin mí, que no existía más que en esos momentos que cada vez eran más raros...
Hace meses, en un momento quizá de debilidad, quise agarrarme a una imagen. Poco antes había confirmado que sí, que uno de mis temores no tenía razón de ser. Que seguía vivo. Que su silencio no tenía una causa perpetua e inevitable... La imagen. La imagen era verme naúfraga, perdida. Como durante tanto tiempo me he sentido, a ratos: naúfraga en aguas de nadie. En un mar desconocido, en una porción de tierra que no era mía y de la que podían venir a expulsarme en cualquier momento. Con algunas presencias, de vez en cuando, cuyo idioma me era extranjero y que apenas me acompañaban unos días, unos minutos. Naúfraga en una isla de la que no conocía coordenadas. Pero él estaba vivo. Y eso me mantenía a mí, también, viva y expectante. Porque quise creer que tarde ó temprano recibiría el mensaje de socorro que en algún momento debí meter en la botella, ésa que finalmente se llevó una tempestad. Él estaba vivo. Y yo podía esperarle...
Ya no espero.
No sé si sigo en la isla, ni si quiero salir de ella. Pero ya no necesito que venga a rescatarme. Ya no subiría a su barco si tropezase con mi patera: ya no. Aunque nunca dejaré de estar segura de que un día volverá, que aparecerá justo (como siempre) en el momento en que menos falta haga su presencia, y reclamará lo que creyó siempre que le pertenecería, y que soy yo..., ya me da igual.
Otra frase hecha es que 'veinte años no es nada'. En esta historia, aún no han pasado veinte años, pero no es cierto que no hayan sido nada. Casi siete años de ausencia son toda una vida. Una vida que he dejado pasar. No tanto por no estar a su lado... sino, quizá, por el miedo a su regreso. Añorar que pase lo que una sabe que le va a hacer daño. Qué paradoja. Casi serle fiel a un fantasma, porque estar con otro me hacía sentir eso, que le sería infiel. A él, que no sabe lo que es la fidelidad, de ninguna índole. Qué absurdo...
Veintinueve de abril. Supongo que éste no será el último post que le escriba, porque soy consciente y realista: el tiempo no cura las heridas, la distancia no es el olvido. Quisiera que veinte años no fueran nada, para volver a aquel tiempo en que no sabía de su existencia. Pero sé que todo esto son frases hechas. Y frases, muchas frases, son las que le llevo dedicadas. Tantas como no le dije, tantas como quedaron pendientes en esa conversación que sería nuestra despedida y que nunca se produjo. Tal vez por eso, también guardo besos que no pude darle, que reservé para esa última vez. Que nunca daré a otro. Pero que, por fin, sé que tampoco necesito darle a él.
Veintinueve de abril. Cómo desearía dejar de acordarme de todo. Cómo deseo que, aunque quizá no te acuerdes de mì tampoco hoy (aunque, en el fondo, sé que en fechas como ésta claro que me recuerdas. Que me recordarás mientras la vida y las enfermedades sean benévolas contigo y no se coman tu memoria), cómo deseo que, pese a todo, consigas ser feliz...









vlasalv dijo
Has leido a Robin Norwood?
29 Abril 2010 | 10:48 AM