Cansancio. Astenia. Dolor de piel.
Todo va mal.
Esa es la sensación, otra vez. La de no dejar de equivocarme. La de ser incapaz de encauzar mi vida, ésa que descarriló un día y que no me apeteció esforzarme por volver a poner en su sitio, para seguir el viaje hasta el final. Vuelvo al caos. Algunos momentos pasados, alguno incluso reciente, creo que no pasaron de ser un espejismo. Me llegué a creer que algunas cosas tenían arreglo. Que empezaba a reencontrarme conmigo misma, con algo ó alguien que fuí un día y que valía la pena. Qué absurdo. Qué absurdo me resulta recordar, saber que en serio llegué a pensar algunas cosas, que hasta llegué a estar segura...
Las cosas no van bien. No han ido bien muchas veces. De hecho, llegaron a ir horrorosamente mal, y ni siquiera aquí, que era mi refugio anónimo, el trastero que creé para tener donde esconderme, donde disfrazarme para ser yo misma..., ni siquiera aquí en muchos momentos me atrevía a reconocer lo mal que iba todo. El caos que me iba invadiendo, que me absorbía como un mar de arenas movedizas. Muchas veces, sí, he estado a punto de tirar la toalla para siempre. Cerrar también esto. Pero..., no sé. Supongo que me puede el instinto que me ha hecho salir de tantas cosas. Ó que soy demasiado cobarde. Tanto como para fingir que todo estaba controlado, y contar historias para disfrazar el momento real, ese momento real que era mi vida. Sherezade terminando de contar la historia que empezó anoche y empezando otra historia que terminará de contar mañana.. si acaso. Alargando un día más. Contando historias para no pensar, para no recordar que ese día podía ser, perfectamente, el último. Y pasaba el día. Y llegaba la noche. Y se terminaba la historia y se empezaba otra.
Tampoco sé si es de esto de lo que quiero hablar, escribir. Da igual.
Las cosas no van como debieran. Me empiezo a arrepentir, por ejemplo, de haber aceptado el trabajo que empecé hace, justo, una semana. Y no porque no me guste, ni porque se me dé mal (todo lo contrario), pero es que según voy recuperando la cordura..., es que no me lo puedo permitir. No puedo permitirme cobrar menos trabajando que estado parada, francamente. Me repito que, total, va a ser un mes..., dos, a lo sumo. Y que lo acepté porque también es un modo de estar en contacto con lo que es mi verdadera profesión, ésa a la que igual termino por conseguir volver, ésa en la que soy extraordinariamente válida. Pero..., ya digo. No sé. Me repito que de no haber aceptado seguro que estaría poco menos que mordiéndome los codos, de puro nervio inactivo. Pero también me digo que seguramente habría conseguido algo mejor. Mejor pagado, al menos (básicamente, por trabajar más horas). Aunque... Repito: no lo sé.
Me duele la piel. Posiblemente sea la primavera y sus alergias, pero que duela la piel es tremendo. Me veo horrorosa, y eso no ayuda, no. Y no me siento con ganas de nada. Me empiezan a rodear, otra vez, montañas de cosas por ordenar: periódicos que debería embolsar y tirar, ropa de invierno que debo guardar, previo lavado y planchado en algunos casos. Vuelvo a no tener espacio libre visible en las mesas. Tengo llamadas que devolver, mensajes que responder. Me invade el caos... y vuelve a darme igual. Bueno, no: no me da igual, porque en ese caso ni estaría mencionándolo. Pero no estoy con ánimos de hacer nada. En vez de pensar que mañana, perfectamente, puedo levantarme a las nueve... y para cuando tenga que salir a trabajar, sobre las doce y media, tener media casa recogida..., no: me agobia pensar que no tendré tiempo ni ganas de hacer nada. Otra vez esa sensación. La de estar perdiendo, más que el tiempo instantáneo, mi vida. En general.
Tampoco el ordenador acompaña. Las palabras aparecen en la pantalla a tropicones, al rato de haberlas tecleado. Por lo que me queda la sensación de que también las letras intentan huir de mí, esconderse no sé dónde, jugar a volverme loca. A que piense que me he imaginado la frase y no la he llegado a teclear. Y, luego, aparecen desde la nada. Y alguna palabra llega a repetirse. Y...
Las cosas no van como debieran, no. Según van pasando los días me van abandonando algunos fantasmas, pero también se van envueltas en humo algunas certezas, que cada vez pienso más y más que nunca lo fueron. Que quise creerme, con tal de agarrarme a algo. Y lo que vuelve es la realidad. Mi realidad. Ésa que me recuerda que no hay nada. Que hace mucho que dejó de haberlo, que ya no hay soluciones a algunas cosas, que el tiempo no retrocede por mucho que cambiemos la hora en los relojes. Da igual. Hace años tuve claro cuan cierta es esa frase del maestro Serrat: 'nunca es triste la verdad: lo que no tiene es remedio'. Pues eso mismo. Para muchas cosas, no hay solución. Pero a ratos me rebelo y repito que no, que no tiene porqué ser así. Y me da igual, y lo sé; más tarde ó más temprano, vuelvo a saberlo. No hay remedio. Por mucho que me queje no servirá. Seguiré a este lado del espejo. Al que no sé cómo regresé. Del que creí haber huido. Qué ilusa, qué ingenua.
Estoy cansada. No sé si es un cansancio sólo físico, sólo mental. Ambos. En pocos días he pasado de estar despierta a las siete de la mañana, como un buho insomne, esperando que el reloj sonase a las ocho... incluso cuando daba igual puesto que ya no tenía que madrugar... a estar en la cama hasta la diez. Y no tener ganas de levantarme ni siquiera a esas horas. Y es que me da lo mismo. Voy viendo día a día cómo no vale la pena esforzarme. Vuelvo a ser el hamster que da vueltas en la rueda. Y lo peor es que aunque sé que la rueda no va a llevarme a ningún lado, tampoco me apetece buscar el modo de salir de la jaula. Vuelve a no apetecerme.
Tal vez toda esta sarta de palabrería no sea otra cosa que culpa de la primavera. Un ataque de astenia que no reconozco como tal, conscientemente. Tal vez sea consecuencia del dolor de piel, de sentirme tan incómoda, de no entender muchas cosas que, en realidad, sé que tienen una explicación tan fácil. Tal vez el dolor de piel sea la consecuencia de las últimas semanas: al final, el cuerpo ha terminado por reaccionar de algún modo, y está siendo así. No sé. Pero estoy cansada de sentirme mal. Estoy cansada, quizá sin más ni más. Cansada de que la vida juegue conmigo y no me permita participar en el juego. A que me quite los juguetes cuando creía que, por fín, las cosas empezaban a funcionar.
Estoy cansada. Sin más.
En fin. Igual mañana hace mejor tiempo. Ó decido tomarme unas vitaminas. Ó..., ó qué sé yo. Ó simplemente se me ha pasado la neura y, simplemente, decido que este post es una soberana tontería. Una más de las muchas que he hecho en mi vida. E incluso una más entre las muchas que, también los últimos días, me temo que he llegado a escribir.







www-lacoctelera-com-inaki dijo
La vida es un tango. Yo tampoco lo estoy pasando bien...Te mando un besito solidario. Cualquier día comenzamos a sonreir...
10 Mayo 2010 | 05:31 PM