Dones y castigos.
Los dioses, es sabido, no conceden nada gratis: siempre hay una contrapartida.
Cuando otorgaron a Casandra el don de la adivinación, pero ésta no se avino a obedecer determinados caprichos divinos que se podrían considerar parte de las 'reglas del juego', la castigaron haciendo que sus predicciones no fuesen creídas. Esto, como bien se sabe, devengó en la Guerra de Troya... y a partir de ahí, lo demás es Historia. Ó leyenda, qué más dará...
Al hacer el reparto de dones que se supone recibimos individualmente al nacer, a mí me castigaron con dos de los que la gente tiende a envidiar: la memoria y el don de la palabra. También me llegó, no sé porqué lado, si divino ó genético, un cierto don de adivinación... que, con el tiempo, fue derivando en esa capacidad de que al final la vida me termine dando la razón... en cosas que cuando he dicho nadie ha terminado de creer. Pero eso ya me da igual. Ni me duele ni me importa. Y es de los otros dos dones y sus contrapartida sobre lo que necesito hoy escribir.
Es curioso: quizá porque tendemos a envidiar lo que otros tienen y en nosotros nos parece escaso, llevo toda la vida escuchando ponderar dichos dones: 'qué suerte, te acuerdas de todo', 'qué suerte, saber escribir, tener siempre algo que decir, que no te asuste tener que hablar con cualquiera y no quedar mal nunca'
Esas cosas. Y ese poso de envidia que en muchas ocasiones he intuido en algunos...
No. La memoria no siempre es una suerte. Sobre todo cuando, como en mi caso, se recuerda todo. Todo.
Incluso lo que carece de interés ó importancia. Incluso lo que se debería poder olvidar a toda velocidad para que no hiciese daño...
Tampoco el don de la palabra es siempre una suerte. No, cuando algunas palabras se emplean a destiempo... creyendo estarlas diciendo en el momento justo. Ó se callan para no herir y dentro queman y terminan por abrasarlo todo. No, cuando lo que se escribió se puede volver en contra de una porque los sentimientos, a veces, son volubles y caprichosos, y, de lo que un día se estuvo tan segura... al día siguiente pueden ser todo dudas, porque la realidad nos supera, nos adelanta cuando miramos el otro retrovisor, y en materia de sentimientos nunca somos 'yo sola', y las cosas cambian, y... Pero las palabras escritas siguen ahí. Y hay tintas indelebles, de ésas que también se fijan en el corazón. Y ya no hay remedio, ni apostilla, ni fé de errores que valga.
Quizá los dioses, al concederme los dones de la palabra y de la memoria sí estaban seguros de estar premiándome. De estarme dando herramientas para ayudarme a avanzar en la vida. Desconocían que yo nunca sabría emplearlos correctamente, sacar provecho egoista, aprobar exámenes sin parar y con las mejores notas, escribir novelas de éxito, declarar mi amor a la persona idónea y en el momento justo. Esas cosas.
Nunca he sabido hacerlo bien. Siempre me preocupé más de que mis palabras no hirieran a otros, que mi memoria fuese el archivo al que poder recurrir quienes olvidaban con normalidad. Ó ser Cyrano, dejando a otros emplear mis palabras, diciéndoles ante sus peticiones de ayuda, 'qué suerte tienes, tú que sabes qué decir, siempre', qué podían ellos decir, cómo conquistar a quien ó conseguir qué. Incluso cuando estaba segura de que eso debería ser para mí. Siempre me importaron más los otros, ésos que ni intuían que no era cierto que supiera qué decir y en qué momento justo, no. Siempre me avergonzó sentir una punzada de egoismo, y maté éste sin pararme a pensar que igual a veces era yo quien merecía el premio, quien se lo había ganado. Da igual.
Pero, además, enseguida conocí cual era el precio, la compensación por tener esos dones que no supe nunca aprovechar. Que no 'valía' precisamente el que yo decidiera no sacar provecho de ellos, no: había un precio a pagar. Siempre lo hay. Y yo tendría siempre palabras, recordaría todo. El precio sería perder lo que de veras me importa. Darme cuenta demasiado tarde de algunas evidencias que me empeñé en tomar por simples fantasías personales. Descubrir que había tenido en mi mano las llaves del cielo en el momento justo en que ver que éstas se caían al fondo del mar.
Y recordarlo todo, para revivir lo que ya no volvería a tener. Y tener la capacidad de poder contarlo, sabiendo que quizá mis palabras estuviesen alejando aún más a quienes no supe retener.
Y, a ratos, ese tercer don. El de saber qué va a pasar. El de conocer que perderé lo que quiero, que por mucho que haga, al final no sabré retenerlo. Que mis palabras no serán suficientes, que quizá no las entienda, ó quizá sí. Y será eso, cualquiera de las dos opciones, lo que lo alejarán de mí.
En el fondo, sé que me estoy quejando un poco de más. Que, en realidad, sí vivo de las palabras. Y de mi memoria. Pero eso no me basta, no, porque lo que quiero llamar 'vida' sólo es supervivencia. Y es que estoy cansada de perder las cosas que de veras quiero. Y es que, como la Sirenita, a veces pienso que cambiaría gustosamente mis envidiados dones por estar nuevamente en algunos momentos que dejé pasar negándome a reconocer, aunque en el fondo lo sabía, que eran únicos y fugaces. Y los perdería. Y volvería a estar sola con mi memoria y mis palabras intentando matar este silencio que no mata su voz.










fenicia dijo
Un abrazote muy fuerte.
Gracias por compartir tus pensares con nosotros.
KISSES
27 Mayo 2010 | 12:23 PM