Mi vida en la Empresita Naranja (II)
Sé que el último post de el pasado mes de septiembre hablaba (ó eso creo) de cómo este septiembre, mes nueve del año nueve, había pasado por mi vida sin cambiarla. Curioso. Bueno..., aunque no hace tanto que me dí cuenta, ese mes nueve del año nueve me trajo a J.A. Exactamente, lo trajo desde dos hileras de puestos de llamada más allá hasta nuestro siniestro rincón. Aunque llegó en octubre, fue en septiembre cuando le cambiaron del servicio en donde llevaba meses y lo colocaron en el nuestro, aunque ambos no tenían nada que ver (esa extraña política de la empresa, que nunca va a premiar a quien trabaja bien ni aplica criterios lógicos para nada). Y por circunstancias..., mejor dicho, porque el sitio junto al mío llevaba meses vacío... terminó sentado a mi lado antes de mediados de mes. Y creo que el mismo día en que llegó allí, nos entregaron un 'manual de instrucciones' para rellenar una encuesta sobre 'qué pensábamos de la empresa'. Algo que a mí me resultó el colmo del surrealismo, en una empresa donde ya había comprobado que se acumulaban los absurdos... aunque no lo podía mencionar, puesto que a todas las allí presentes les parecía todo de lo más normal. Creo que en el momento en que nos dieron el 'manual de instrucciones' y J.A. pronunció justo lo mismo que yo estaba pensando (el título del panfleto no tenía sentido... y, por tanto, tampoco desperdicio)... supe que, por fin, había alguien que igual hasta hablaba mi idioma en ese grupo. Por fin.
No puedo afirmar que la llegada de J.A. me hiciese desistir de mi idea de buscar cuanto antes otro trabajo. Pero sí sé que ayudó a que el tiempo no corriera tan despacio. Y, lo que para mí es mucho más importante: consiguió que el personaje que tenía que ser allí, por obligación, dejase a ratos salir a la persona. Y, curiosamente, la persona que terminó por salir fue alguien que hacía años había tenido que dejar aparcada. J.A. consiguió hacerme reir. Tengo arrugas nuevas junto a los ojos que no tenía hace un año (sólo me las noto yo). Y si me río... se me marcan claramente. Le debo mis arrugas. Lo pienso ahora y, aunque estoy a punto de echarme a llorar, sonrío.
Aguanté hasta finales de año. Pasamos la Fiesta de Halloween (que fue a finales de octubre) y, con ella, las primeras fotos que hice al grupo. También la primera que le hice a J.A., y en la que aparece junto a Marina, por cierto. La Fiesta de Halloween tuvo su parte absurda, algo normal en un evento organizado por la Empresita Naranja. Se decidió premiar con un día libre al mejor disfraz. Y, como los ganadores fueron un grupo de cuatro... el premio terminó por consistir en !!dos horas libres!!! para cada uno. Propio de esta empresa. Halloween nos trajo también a los 'ositos espías'. Uno de los disparates que compartía con J.A. Los 'ositos espías' no eran sino ositos comestibles de regaliz que nuestra Jefa, Laura, fue repartiendo de una calabaza de plástico. De ahí que yo, días después, calificase como 'espías de Laura'. Para J.A. no eran ositos, si no "castores petromarmóleos" (estaban como piedras, totalmente incomestibles). De ese día Laura tiene una foto disfrazada de bruja, en semi-blanco y negro. La tiene en su mesa de trabajo. Y se la hice yo. Por lo que imagino que nunca se olvidará del todo de mí. Y de ese día tengo uno de los 'castores petromarmóleos' de J.A. Lo tengo desde anteayer. Lo rescaté del panel de lo que fue su puesto de trabajo, junto al mío, y donde lo dejó en abril, cuando nos fuimos...
Pasamos la encuesta aquella para la que nos dieron el 'manual de instrucciones'. A Lily la despidieron de la noche a la mañana, por macarra. A esas alturas ya había repetido yo a J.A., muchas veces, que no le iban a despedir a finales de noviembre... por mucho que sus resultados no fueran los mejores del grupo (ni los peores, francamente, a pesar de su obsesión al respecto). Lo de Lily estaba 'cantado'. A esas alturas J.A. me acompañaba cada noche a la parada del bus. A esas alturas yo tenía claro que, al menos, hablábamos el mismo idioma. Y creo que por entonces ya andábamos con el disparate de hacer una peli juntos... Disparate que nos dió para muchas risas, la verdad. Risas para mis arrugas y para que las horas no fuesen tan largas.
Debió ser los primeros días de diciembre cuando, un viernes, en mi pausa para comer me acerqué a un supermercado y traje polvorores. Sin que existiera un motivo para comprarlos. A partir de ese día, se convirtió casi en costumbre el traer algo para compartir en lo que para el grupo era 'tras la comida' y, en mi caso, 'antes de comer'. Igual eran galletas que cualquier otra chuchería. Y las traía cualquiera de nosotras. Eso hacía que parasemos un ratito las llamadas y tuviésemos ese rato de distensión. No todas participábamos: precisamente se aprovechaba el que dos (cuando estaba Lily, tres) de nosotras se iban a comer para que las demás se 'relajasen'. El relax, claro, incluía críticas a las ausentes. También contribuyó algo, quiero creer, a la cierta distensión en el grupo la llegada de J.A. y su particular forma de ser. Que, por descontado, tampoco tomaba partida por ningún bando. Es más, muchos días mientras el grupo paraba un rato él seguía intentando llamar por teléfono. No se lo ponían... poníamos fácil, todas hablando a la vez... En esos días ya le habían adaptado las pausas para salir al horario de dos de las chicas: antes, en algunas coincidía conmigo y tomábamos café enfrente. Sé que en diciembre ya tenía esos horarios 'marcados' porque fue antes del despido de Lily. Como también sé que fue por entonces cuando una de las noches, mientras hacía tiempo a que llegase mi autobús, me comentó (tras dar rodeos y dudar si decírmelo ó no) que había rumores de que entre él y yo 'había algo'. Sinceramente, no me lo tomé en serio. No el que fuese cierto que los hubiera... sino cualquier cosa derivada de los mismos. Con J.A. me sentía muy agusto... y, por mi parte, no había ninguna doble intención. Y estaba segura de que por la suya tampoco. En ningún momento, en ninguno, me cuestioné nada en ese sentido. No sé. Si teniamos que ser 'pareja' lo seríamos, si acaso, cómica en el mundo del espectáculo. Sólo por un momento me planteé si aquellos comentarios le podían perjudicar a él... que igual sí tenía algo con alguien de la empresa, ó interés en alguien, y que se dijera... Creo que se lo comenté así. Pero..., ya digo: en un edificio 'antilujuria' no había lugar para otras cosas.
Pasó el fin de año, con la correspondiente participación de la empresa en el Telemaratón de turno. No participé (imposible, por el horario y la lejanía de mi casa). Casi toda la plantilla se fue de vacaciones. Los últimos días los pasé sola con Leo. Un elemento de cuidado, la tal Leo... aunque en aquellos momentos aún creía que las cosas que contaba podían ser ciertas... Los últimos días del año fueron raros. Y los primeros. Pedí como 'vacaciones' la víspera de Reyes. Creo que J.A. volvió el día anterior... Y fue regresando el resto de la plantilla. Año 2010. Con las paredes de nuestro rincón decoradas por mí. Una decoración navideña muy sui géneris (no me gustan las navidades). Parte de esa decoración, en junio, sigue en las paredes (es que no era demasiado navideña, ya digo). Algo está guardado en un armario. El resto que falta lo tiene J.A. Yo sólo conservo las fotos. Porque esos días seguí haciendo fotos al personal. Y seguí negándome a salir en ninguna. Seguía de incognito. Inconnito, que digo yo.
Pasado el fin de año, quedaba zanjada mi obligación de estar allí. Ya no le debía días a la empresa. En todo caso, iría generando vacaciones...
Ya desde finales de año el trabajo fue 'flaqueando'. Algunos días nos quedábamos sin gente a la que llamar. Pero... en fin, como también se sucedían los fallos informáticos, los cortes de teléfono, las caídas del servidor, las ventas que no se grababan ('microfisuras' en la grabadora. Ya: eran 'microcortes', según el técnico. Pero lo de las 'fisuras' tenía más gracia)... pues todo era parte de la peculiar rutina. A ratos, el ambiente no era tan irrespirable. J.A. y yo jugábamos a pasarnos los registros con titulares de nombre impronunciable ó contestadores dignos de ser escuchados, e íbamos aumentando el número de películas proyectadas (ya eran tres: una porno, una de miedo y otra... inclasificable). Con cada una de las 'chicas' tenía mis temas particulares a tratar: casi todas me habían contado su vida. La relaciòn con una de ellas se dió por concluida pasada la navidad... cuando me encargó que le regase las plantas, lo hice... y a su retorno ni me saludó. La empresa seguía exigiéndonos más cada día e implantando premios absurdos para incentivar al personal. Y lo peor es que la mayor parte de la plantilla les seguía el juego...
En febrero volví a tener claro que me tenía que ir de allí. Me subieron las retenciones del IRPF, lo que supuso una bajada de sueldo. Además, me enteré que en diciembre no cobré comisiones... por quedarme a una ó dos pólizas para hacerlo. Tenía que irme. Llegué a tener redactados en papel una docena de CV's. Compré los sellos en una de las pausas 'para comer'. Aquello no me estaba aportando gran cosa: llegué para diez días y llevaba casi diez meses. A primeros de febrero, nuestra jefa nos llamó a J.A. y a mí aparte para decirnos que el día anterior no habíamos trabajado lo suficiente. Absurdo, a todas luces. Para mí quedó claro que estaban planteándose reducir plantilla: nosotros éramos los últimos en entrar. Él tenía claro que le despedirían a finales de febrero (en realidad, cada mes lo tenía igual de claro, pero tanto como yo lo tenía de que no, que no le iban a echar, que había trabajo). Ese febrero pensé que íbamos fuera. Porque para mí sí estaba claro, eso sí, que el día en que a él le despidieran también me despedirían a mí.
No, no nos echaron. Y eso que él recogió su 'puesto' a finales de mes. La decoración del puesto de trabajo de J.A. incluía 'castores petreomarmóleos' sujetos con chinchetas, parte de la decoración de navidad (una megamariposa de papel sueco, mismamente), recortes de revista (unos 'ositos de goma' en tierna... digo, pornográfica, actitud que le recorté), una versión del 'eslógan' de la encuesta, que creé especialmente para nosotros, la foto de la antena a que ambos profesábamos adoración, pagana, pero adoración..., en fin, todo como muy original. El mío tampoco se quedaba en la típica decoración, aunque en mi caso era más de fotos (qué otra cosa podía yo poner). Ya digo: recogió sus adornos... pero no le despidieron. Ni a mí, que tampoco las tenía todas conmigo...
Nos quedaba marzo. Ese mes que apenas existió. Ese mes que siento que me robó la empresa, aún no sé de qué modo. Que nos mandó de vacaciones por turnos, para terminar yéndonos todos 'por decreto'. Que terminó con una reunión, día 30, martes santo... en que se nos comunicó el despido. Media plantilla. Con la 'promesa' de recolocación... cuando hubiera trabajo.
Ese mes de marzo mi vida se complicó por otro lado, y, el anuncio del despido... hizo que aquella semanasanta fuese una especie de bruma. Algo a cruzar, quisiera ó no, para saber que a mi regreso sólo me quedarían ocho días allí. Eso sí, ocho muy intensos. Tanto como para tener que trabajar once horas diarias... para recuperar los días que no habíamos podido ir a trabajar porque no había trabajo. Nos despedían por no haber trabajo... pero teníamos que hacer jornadas de once horas para que no nos descontasen las horas que no habíamos trabajado por no haber trabajo. Creo que este galimatías explica a la perfección el funcionamiento de la Empresita Naranja.
Ya digo: muy intensos. Cada uno más que el anterior. No sé en qué momento..., creo que en el mismo en que en aquella reunión del día treinta nos dijeron que estábamos despedidos... me dí cuenta de que con aquello no sólo perdía el trabajo, sino algo más. Me perdía a mí misma. Perdía esa parte de mí que había abandonado en algún lugar de mi pasado y que, de pronto, había resucitado. La 'yo' que hacía el indio y decía tonterías. La que proyectaba películas imposibles y hacía fotos a detalles de su mesa de trabajo. La que un día se puso a recorrer la plataforma acompañada por J.A. ... para ir detectando grietas, marcas que dejaban ver el antiguo color azul de las paredes, ir viendo el óxido de esas ventanas que llevaban sin poder abrirse décadas... Y, a todo esto, muertos de risa. Y ante la incomprensión, divertida en el fondo, de nuestras compañeras. Las mismas, en parte, que esos últimos día decidieron que si la empresa tenía que llamar a alguien cuando hubiese trabajo... no iba a ser el único chico de la plantilla. Y, según iban pasando los días... tampoco iba a ser yo.
Con el despido, no sólo me quedaba sin trabajo. Perdía a J.A. No sé en qué momento lo ví tan claro. Igual siempre lo supe...
Para qué repetir lo que fueron esos últimos días. Decidí que iba a pasármelo bien... y lo que tuviese que llorar, lo haría en casa. Y así lo hice. Hasta el último día.
El último día lo terminamos descolgando uno de los detalles de la decoración navideña (la reproducción de la antena del tejado) que había prometido, desde que me lo pidió casi al colocarla allí, que sería para J.A. Lo último que hicimos fue una foto. A esas alturas, tenía fotos de toda la plantilla. Y bastantes de él. Pero ninguna juntos (no sé en qué momento ya se aburrió de decirme que porqué no me hacía una foto con él, por cierto). Fue lo último. Y, por cierto, estoy horrorosa (qué menos... con los días que llevaba). El relato de esa última semana daría para una peli, sí, pero de terror en serio.
Era el catorce de abril de dos mil diez. Lo último que hice fue pasar por el aseo, mientras J.A. se quedaba despidiendo de no sé quien. Bajé esa última vez sola en el ascensor (llevaba meses haciendo ese recorrido, dos ó tres veces al día. Muchas, acompañada). En la calle, el clima había empezado a empeorar: de los días primaverales anteriores, casi parecía que volviéramos al otoño. Me iba sabiendo que no regresaría. Me había mentalizado para ello.
Lo que fue un proyecto 'para diez días' terminaba siendo casi un año completo. Un año menos una semana. Al final, me iba sin haber tenido tiempo ni lugar para encontrar otra cosa. Salía de un sitio donde nunca imaginé trabajar, en un barrio de Madrid que, hasta esa ocasión, nunca había pisado. Y de donde, al final, lo único bueno que había sacado era haber conocido a J.A. Algo que en circunstancias... no, no diré 'normales'... Algo que en el previsto devenir de mi vida nunca se habría dado. Igual esa era la única razón por la que ese dosmilnueve terminé allí. Por lo que fueron renovándose las fechas y prorrogándose los plazos para irme. Por lo que ese mes de septiembre al final no me fuí...
Pero todo eso ya lo cuento, lo conté, en un post que le dediqué (y que, según las estadísticas del googleanalitycs, es el segundo más visitado de este blog... Curioso).
Me fuí para no volver. Pero he vuelto. El jueves. Empecé un martes y me fuí un miércoles para volver un jueves... He vuelto, sí, pero... Pero me quiero ir. Y ahora ya no hay nada, no hay excusas, que me retengan.
He vuelto. Pero esa historia, si la cuento, será en otro post.



