Mensajes en botella.
(...) no haber sabido calcular a qué distancia está la amistad del deseo (...)
Hace más de tres meses, a mediados de ese mes de marzo que atravesó mi vida dejándome la sensación de que había jugado conmigo, terminé con esa frase una carta. Una de esas cartas que se escriben más 'por uno mismo' que para el destinatario. De ésas que no se llegan a enviar nunca, que se guardan en un cajón donde nadie mira, ó entre las páginas de ese libro que nadie va a leer nunca. Que se trocean y destruyen, que se queman...
Escribí esa carta siendo consciente de que la escribía para mí. Para intentar poner un nombre a algo y aquietar el desasosiego repentino que estaba empezando a llenar una parte de mí que había decidido dejar vacía, tal vez para siempre. Una parte que creía sellada firmemente. La escribí. Y no me atreví a destruirla, a dejarla en ese limbo que aquí llaman 'borrador' y que no dejaría de ser para mi carta una antesala de la nada. Porque si no la hubiera publicado en ese justo momento... no lo habría hecho nunca. No habría tenido lugar ni razón de ser.
La publiqué.
Sabiendo que, de ese modo, la convertía en un mensaje en una botella. Publicar era lanzarla al vacío. Dejar que las olas la arrastrasen por el ciberespacio. Alejarla de mí, pero tenerla presente. Sin saber dónde llegaría. Que es lo que se hace cuando se lanza al mar una botella con mensaje: se es consciente de que no es el mejor método para enviar nada... pero es que, a veces, no se dispone de nada más. El naúfrago tiene la botella, tiene el papel, tiene el tizón con que escribir. Y esa carta es, tal vez, la única esperanza de ser rescatado. Y lanza la botella cruzando los dedos, esperando que llegue a algún destino...
Han pasado más de tres meses.
Mientras la botella empezaba a viajar, descubrí que, aunque no mentía, tampoco era totalmente cierto lo que contaba. No en lo relativo a mis sentimientos, a mis seguridades.
Que según pasaban los días, ya no estaba tan segura de algunas cosas que creía certezas cuando escribí.
Mientras la botella saltaba olas, yo me iba dando cuenta de cómo algunas sonrisas habían quebrado el lacre de mi corazón.
Que igual necesitaba como combustible aquello que aseguraba querer rehusar...
Y decidí, de pronto, darme una oportunidad.
Y decidí, a la misma velocidad, negármela.
Y, al final..., al final, nada. Al final, la vida decidió por mí.
Y, al final, tal vez sólo me queda agarrarme a la esperanza de que enviar otra carta hará que llegue al destino. Otra carta en otra botella. Otra a través del ciberespacio. Querer creer que la otra le llegó, y la entendió. Enviar otra carta por si le llega. Incluso, por si la otra no le llegó, y aún las cosas, por tanto, tienen arreglo, tienen remedio. Tienen futuro.
Porque hasta en las cartas enviadas en botellas se incluye esa pizca de esperanza. La del naúfrago. La de quien no tiene más que la certeza de estar solo y quiere agarrarse a la peregrina ilusión de que ese mensaje enviado a ciegas podrá encontrar a su verdadero destinatario. Y éste sabrá encontrar las coordenadas, el camino en el mar, para sacar... sacarme, de allí. Del fondo de mí misma. Del otro lado del espejo. Sacarme... ó, puesto a imaginar quimeras....tal vez quedarse. Y escribir mensajes en botellas a la par, sin necesitar ya ser rescatados.
Naúfragos escribiendo por escribir. Podría ser hasta un interesante argumento para una historia... que escribir y lanzar por capítulos al mar.






fenicia dijo
" Porque hasta en las cartas enviadas en botella se incluye esa pizca de esperanza"...
Te doy la razón amiga,yo tambien lo sé.
Muy buenos dias y un fuerte abrazo.
Feni
23 Junio 2010 | 10:17 AM