Tres meses y tres días. Tres tormentas.
Me gustan las tormentas.
Creo que no es la primera vez que lo digo. Ó que lo escribo, para ser más exactos. Y sé que cuando lo digo/escribo hay gente que se extraña. Imagino que este gusto mío no es algo muy común: las tormentas suelen dar miedo a mucha gente. Y yo entiendo ese miedo, aunque no lo comparta (ó no sea capaz de reconocer que lo tengo, si fuese así). Me imagino a los primeros habitantes de la Tierra en sus primeras tormentas: esas luces inesperadas rompiendo el cielo, que caían de la nada y creaban fuego; la lluvia torrencial tras el calor seco y sofocante... Imagino su miedo y su fascinación, al tiempo. Y no en vano los Dioses Padres vienen a ser los Amos del Trueno, del Rayo... los Creadores de las Tormentas, al fin y al cabo. Porque una tormenta igual crea vida, por el agua, que la destruye, por el fuego del rayo...
A mí está claro que lo que me quedó en la memoria genética es la fascinación. También imagino que debe influir en mi 'no temor' el haberme criado en una gran ciudad, a salvo de rayos destructivos, sin el riesgo de que la inesperada tormenta rompiera en pleno campo y sin nada en que guarecerse. Ó, peor, rodeada de árboles, esos imanes naturales de los rayos...
En la ciudad estamos a salvo. Estamos rodeados de pararrayos: la mayor parte de las antenas lo son. Y yo paso un tercio de mi vida cotidiana actual bajo una mega-antena, no lo olvidemos...
Mi anterior post lo terminaba diciendo eso: que no se preveían tormentas. No hablaba sólo de lo meteorológico, claro, pero también. El cielo estaba despejado. Es más: ayer amaneció igual de despejado.
Y diluvió. Por sorpresa, a mediamañana, empezó a llover. Y cuando salí a dar una vuelta en mis minutos laborales de 'descanso visual según convenio' y comprar el periódico (y comprar un paraguas, que me había pillado sin él, con chanclas y vestidito de tirantes..., que hasta el bolso era textil) empezó a llover de tal manera... que hasta a alguien a quien le entusiasma la lluvia, como es mi caso, le hizo tener que pararse a esperar que amainara un poco. Más que nada, porque tal cantidad de agua no era remediable con el paraguas recién comprado. Y por no llegar con la ropa empapada y chapoteando dentro de las chanclas...
Luego volvió a lucir el sol. Y a las tres de la tarde nada en el suelo, en la tierra de los parques, en los bancos de la calle... indicaba que apenas dos horas antes hubiese caido tan tremendo diluvio. Todo debía estar tan seco del calor de días atrás... que el agua se evaporó en minutos. Y el cielo recuperó su madrileño color azul.
La segunda tormenta fue entorno a las ocho de la tarde. Quizás algo antes. También me pilló en la calle, pero menos. Y cerca de la antena, pero menos también. Y mejor acompañada. Ó, para ser concretos: acompañada (que la de mediodía, aunque en la calle y rodeada de gente tan desconcertada ante la lluvia inesperada como yo, me pilló más bien sola). La tormenta vespertina me sorprendió en compañía de J.A. Sí, mi compi de pupitre durante esos últimos seis meses en la Empresita Naranja. Con el que sigo en contacto, básicamente 'epistolar-cibernético', y a quien veo cuando él puede y/ó quiere. Ése de quien mis adorables..., bueno, vamos a precisar, ése de quien las arpías que tenía por compañeras y que ahora han mutado a víboras, me advirtieron que no me convenía (aun no tengo claro para qué no me convenía, por cierto, que no me precisaron lo suficiente. Ó que yo no quise escuchar más sandeces, también pudo ser eso). Pues sí. Me sorprendió la tormenta con él. Que si nos tenemos que poner metafóricos, también tuvo él su parte de tormenta inesperada y revitalizadora en mi vida...
Sigo en contacto con J.A., ya digo. Y no creo que me llegue a enterar nunca de porqué no me convenía..., más que nada, porque no entra en mis planes pensar que mis adorables..., bueno, no, las víboras, lo mencionen en mi presencia en según qué contexto ó qué términos. Que las víboras, como todo reptil, son bichos de sangre fría, vale, que se mueven por mero instinto y se zampan a los bichos de sangre caliente que detectan próximos... pero no las creo tontas del todo. Ni siquiera a éstas. Y espero que no me den la ocasión de hacerme un cinturón con sus pieles (bolso de piel de serpiente ya tengo. Lo compré ya hecho, que nadie piense otra cosa...), que es lo que podría pasar si se les ocurre decir alguna inconveniencia. Sé que dan por hecho que seguimos en contacto J. A. y yo (las víboras menos venenosas me preguntaron por él a diario los diez primeros días tras mi retorno a la empresa). Y es que, francamente, me da igual lo que les parezca, lo que deduzcan ó lo que imaginen: sigo en contacto con J.A. porque sí, porque me cae muy bien, porque tras seis meses/ocho horas a su lado supongo que tengo 'mono'. Como mínimo, de oirle hablar. Que como ya conté (creo que desde la primera vez que mencioné su existencia en este blog, allá por octubre, noviembre) tiene una voz muy bonita. Aunque él no se lo crea. Cosa, el que se lo crea ó no, que me da igual: sé de mi buen gusto en cuanto a voces masculinas. Experiencia en, que se llama...en fin...
Además, que le quiero mucho. Como ya sabe él, saben mis habituales lectores y algún habitual del mundo real, reptiles incluidos,... y, si hago caso al medidor de estadísticas del blog, saben unos cuantos cientos de personas repartidas por medio mundo...
Volviendo al principio: llovió. A mares. Me gustan las tormentas.
La tercera tormenta fue esta pasada noche. Y, claro, ya me pilló en casa, sola, sobre sábanas de satén azul y con la ventana del dormitorio abierta. No me he atrevido a salir a la terraza a mojarme (no sería la primera vez que lo hago... pero necesitaba descansar. El calor de esta semana me está agotando físicamente), así que he intentado seguir durmiendo. Con poco éxito: entre los relámpagos, los truenos que hacen hasta saltar las alarmas de coches y tiendas, el golpeteo de la lluvia torrencial... Que he dormido poco. Y que me he pasado media mañana con una sensación rara... la misma que me quedó las escasas veces que he dormido 'siesta', eso que dicen que es tan sano... y que a mí me sienta fatal. Curioso: me gustan las tormentas y no la siesta. Y no hago caso a quienes, personas que se presumen razonables y adultas, me intentan advertir de quién me conviene y quién no. Qué rarita que soy.
Resaca de tormenta. Tormentas. Me gustan, insisto. Igual tenían que darme miedo, pero no es así. Ó igual sí que me lo dan... pero me niego inconscientemente a reconocerlo. Porque gana la sensación de..., no sé, de riesgo controlado.
El mismo riesgo, el mismo miedo que no quiero reconocer, que me deberían producir algunas situaciones, algunas miradas sostenidas que son como un paseo al borde de un abismo... El riesgo de que te caiga un rayo, pero preferir correrlo, e intentar evitar el rayo, a perderse la sensación de miedo. Cruzar la calle en esos segundos en que el semáforo cambió a rojo, y sin mirar. Volver a trabajar en una empresa donde no la quieren a una..., ó, mejor dicho, donde algunas no esperaban volver a verla... y donde pueden seguir volando dagas, ahora en mi dirección.
El riesgo de jugar con las palabras, a lo que siempre fuí tan aficionada. Palabras, con las que vivo y hasta de las que vivo. Aún a sabiendas que en algún momento pueden resultar equívocas... ó tal vez buscando eso: el vértigo de la equivocación entendida y compartida, de que el pretendido error sea acierto porque es común. El mismo riesgo de que algunas situaciones se me vayan de las manos... y, aunque ya me sé de otros juegos pasados cuales pueden ser las consecuencias... no dejar de querer corrrerlo. Aunque me pegue otro batacazo.
Pasearse por el borde de un barranco con los ojos vendados, confiando solo en conocer perfectamente la orografía... y no queriendo pensar en que igual las últimas lluvias han descarnado la tierra y ésta ya no es segura.
Tormentas. Me gustan. Igual no debería, lo sé, pero me gustan. Está claro que no siempre hago lo que me conviene... pero qué aburrido sería todo si fuese tan milimétrico. Que también he tenido épocas así, de 'hacer sólo lo correcto'... y...
Tres tormentas. Tres meses y tres días después de aquella tarde en que firmamos la carta de despido, y, sin caer una gota de lluvia ni ver un relámpago, se me desató una inesperada tempestad en el alma. Porque ese tiempo ha pasado: ayer, viernes, eran tres meses y tres días. Viernes de julio con tres tormentas. Como tres eran las cosas que yo perdía esa tarde de marzo, treinta de marzo. Recuperé una: el trabajo. La otra sigue ahí, pese al temor que descubrí ese día que sentía al saber que al perder el trabajo perdía también algo más... y seguirá ahí mientras que él quiera, y es J.A. Y la tercera..., ésa sí que la doy por perdida. Como la tormenta de la noche, supongo... No se puede tener todo.
Ya hablaré de mi situación laboral. De la situación laboral, en sí, que me he encontrado a mi regreso a la empresita naranja. Donde ya no está J.A. También por eso es por lo que digo que sigo en contacto con él... incluso en días con riesgo de inesperadas tormentas.







regalices dijo
Es curioso, hablas de tormentas y ahora mismo esta cayendo una detrás de mi, tengo la ventana abierta es refrescante y según sopla el aire me llega agua a modo de vaporizador. Me gustan las tormentas, el olor que dejan, el color que dejan, el ruido...pero mejor resguardada o acompañada que en medio de un campo de trigo sola. Un beso.
4 Julio 2010 | 09:57 AM