La noche en que no le besé.
Hubiese bastado un gesto breve. Un leve impulso.
El levísimo gesto necesario para impulsar mi cuerpo sobre la punta de mis pies, para salvar la distancia breve que me separaba de él, de sus labios. La mínima fuerza de decisión para besar esos labios, los mismos que unos segundos antes me habían besado a mí con esos besos que se suponen casi corteses, pero que yo noté distintos... depositados tan cerca, tan a pocos milímetros de mi boca como para que la cortesía pareciera algo más. Como si buscara que yo me diese cuenta. Como para que se me pasase por la cabeza, rápido y fugaz, ese deseo de besarle, de besar sus labios...
Besarle. Siquiera rozar su boca. Sin más pretensión. En ese segundo en que me miraba a los ojos y yo creí leer que no sería rechazada. Ese momento, esa ya noche, no. Besarle y, con ese gesto, hacer girar la ruleta. Y esperar que girase a mi favor...
Todos hemos tenido en nuestra vida un instante así. En el que sabemos que, en ese momento, hacer ó no hacer cambiará la historia. Nuestra historia. Un instante que no habría tenido razón de ser siquiera unas horas antes. Y que, de dejarlo pasar, ya tampoco tendría sentido pensar en ello. Yo lo ví tan claro que... Que creo que esa misma repentina clarividencia fue lo que hizo que no me moviese hacia él. Que dejase pasar el momento. Que...
Hubiese bastado, sí, un gesto muy leve. Y... y quizá todo se hubiese echado a perder. Ó tal vez no, y habría ganado la partida. Ó la habríamos ganado ambos. Ó habríamos convertido nuestra vida en un desastre, incluso, por separado...
Nunca lo sabré. Simplemente, no hice ese gesto breve. No me dejé llevar por el impulso que me habría acercado a su boca. Nunca sabré si me habría rechazado, si se habría echado a reir... si me habría devuelto el beso. Pero sé es que ese instante en que no pasó nada sí cambió nuestra relación... y hoy es lo que es, y punto.
Tampoco me arrepiento. Pero... es curioso que en algunos momentos me haya vuelto esa imagen. La de su mirada en la mía, frente a la luz. La de los tres segundos en que desee atreverme a besarle y no lo hice. Y no le pedí tras ese beso no dado que se viniera conmigo. Y me fuí sola, como estaba previsto tras esos dos besos de cortés despedida que yo sentí tan cerca de mi boca. Sonreí una vez más y me alejé de él.
Como no podía ser de otro modo, tal vez.
Es curioso que me venga inesperadamente esa imagen, sí.
La imagen de esa noche de primavera en que no le besé.









erremege dijo
Los recuerdos acuden sin previo aviso..atacan a traición. ahora me vienen a la mente dos ocasiones en que esto me sucedió y u aseguro que hay alguna más. que hubiera pasado sí..que no se mos pase más sin saber..besitos
9 Agosto 2010 | 02:02 AM