Gota que imagino.
Durante años, esa imagen, esa sensación. La imagen de algo que no veo, que no puedo ver. De algo que, además, sólo es una sensación imaginaria. Imagen que imagino, sensación que sólo está en mi mente.
Siento como una gota se desliza por mi espalda. Lentamente, zizagueando sinuosa. A veces, la creo fría. Otras, la noto cálida. Empieza en mi nuca, va bajando, bordea mi columna. No sé hacia donde va, dónde terminará realmente. Es inesperada. Siempre igual, pero siempre diferente.
A veces, me sé tumbada, y sé que terminará deslizándose por un flanco: a la derecha, donde miran sin ver mis ojos esa noche. A la izquierda, buscando humedecer el latido de mi corazón. Otras, la siento mientras estoy erguida, en pie, sentada. Arrodillada quizá.
No sé cual es la procedencia de esa gota que no podré ver, puesto que cae tras mis ojos. Puede ser una gota de agua escapada de mi pelo, que tal vez he recogido, húmedo aún, en lo alto de mi cabeza tras lavarlo. Ó tras secarlo con una toalla, tras una tarde de inesperada lluvia que el paraguas no ha podido resguardar. Ó el resto de una tarde de piscina, el pelo aún mal secado, yo que me incorporo al sol, y la gota se desliza...
También puede ser una lágrima escapada del borde de las pestañas de alguien que está a mi lado, pero a quien no veo la cara. Ó una gota de sudor. Mi sudor en una tarde cálida, escapando desde mi cuello.
Su sudor, tras una tarde de amor. Tras de mí, a mi lado.
Siento periódicamente, pero con una frecuencia cuyas pautas nadie conoce más que mi imaginación, esa gota deslizándose por mi espalda. No sé qué provoca, realmente, que se reproduzca. Si habrá alguna imagen veo pero conscientemente no soy capaz de relacionar. Una música. Una palabra. Un olor. Sólo sé que de vez en cuando está ahí. La imagen que no veo. La gota que no existe en la realidad. Ésa que es el equivalente a un escalofrío, a un deseo, a algo intangible e indemostrable a otros, pero que se sabe real...
Esa gota que, esta última vez, he imaginado perseguida por unos labios. Por la caricia húmeda que va secando esa otra humedad cien veces sentida.
Por sus labios.
Esas imágenes que no se ven, que hasta cuesta imaginar. Quizá, porque ni existen ni existirán nunca.
Ó, tal vez simplemente porque transcurren tras mis ojos. A mi espalda. Y sin que yo controle qué las provoca, qué las produce.
Y a veces temo darme la vuelta para descubrir por fin desde dónde, en realidad, cae esa gota que sigue su camino por mi cuerpo. Y, tras ese día, perderla también como he perdido mil cosas por no volverme a tiempo, por ser demasiado tarde ó por hacerlo cuando no tocaba. Perder de nuevo. Y no volver a sentir nunca más.





Anónimo Vallekano dijo
Precioso post, señorita Bruxana. Pero no sea tan pesimista, me entristece. Es cierto que todos perdemos y perderemos por mil causas y razones los llamados "trenes de la vida", pero hasta el último día de esa vida nuestra llegaran esos trenes y PARARÁN en nuestra puerta. Y tal vea los cojamos. Tal vez los dejemos pasar. Tal vez lleguemos tarde para tomarlos...
Pero, escuche ahora... ¿no oye, estimada señorita Bruxana, el silbato de un expreso que llega lleno de sueños por soñar y por realizar?
¡Usted viajará en ese convoy!
Su nombre es: FELICIDAD
Reciba un cordialísimo saludo.
A. V.
1 Septiembre 2010 | 05:06 PM