Soñándole al hablarme.
Me humedecí los labios, instintivamente, mientras le escuchaba hablar.
Cuando no los llevo pintados, lo hago mucho. Demasiado, lo sé. Luego aplico crema, bálsamo, vaselina, para que no se agrieten. Siempre he procurado tener los labios suaves. Aunque en los últimos tiempos... años, si me pongo a analizarlo, los descuidé en exceso... Renuncié a tantas cosas... que hasta a eso renuncié sin darme cuenta.
A veces, también los muerdo. Agarro el labio inferior con los dientes, lo atrapo entre ambas hileras y lo sostengo unos segundos. Y lo voy dejando escapar... Es uno de esos gestos instintivos, que no quieren decir nada. Ó igual sí, pero no importa su significado. Ya no importan muchas cosas.
También a veces me tapo la boca mientras escucho. Ó me muerdo los dedos. No creo que quiera decir nada...
Pero en ese momento, me humedecí los labios. Y, no sé porqué, deslicé el anular derecho sobre el inferior, húmedo, en un roce que casi no lo era... Y, de pronto, es como si descubriera mi boca, después de tanto tiempo...
Le escuchaba hablar, y dibujaba en un roce sutilísimo el contorno de mis labios, su fragilísima piel que se adentraba hacia mi boca, esa piel que sólo tiene el contacto de mis dientes. Escuchaba su voz mientras jugaba a medir el tamaño, el volumen, la tersura y la forma de mi propia boca. Y el roce de la yema de mis dedos anular, corazón, índice a veces, meñique, sobre la piel húmeda me devolvía a una sensación conocida y casi olvidada. La de los besos recién descubiertos. La del primer beso, no el primero en la vida, sino la del primero que se recibe y se da con esa persona en concreto, ésa que nos importa y que deseamos besar y deseamos que nos bese. A la que hemos besado primero con la mirada, a quien los besos nunca serán un trámite casi rutinario hacia el sexo, sin que por ello besar sea obligatoriamente una muestra de amor. Esos besos.
La sensación de escalofrío. De algo que empieza en la piel de los labios y baja veloz por la espina dorsal, desde la nuca.
Escuchaba su voz y, al rozar mi labio húmedo, estaba soñando besos.
Su voz, de nuevo y por sorpresa. Qué más da de lo que hablase...
No. No pasó nada más. No pudo deducir nada de mis gestos, no pudo preguntarse porqué mordía mi labio y porqué cerraba los ojos y lo rozaba con las uñas y me recreaba en reconocer su forma, como si yo fuese otra, como si mi boca no fuera mía.
No pudo preguntase nada porque nada vió. Porque esta vez su voz sonaba al otro lado del auricular del teléfono. Y no podía imaginar que yo, al escucharle hablar, soñaba besos que me daban escalofríos. Soñaba que sus manos se deslizaban desde mi cuello por mi pecho. Le soñaba mientras me hablaba.
Hoy sé que no habrá nada más. Si acaso, alguna ocasión para volver a escuchar su voz... ó para que su voz me haga sentir algo que había olvidado porque renuncié a ello. Ó, quizá, ni eso.
Da igual. Me quedo con esa sensación que fue redescubrirme. Redescubrir mis labios mientras soñaba que él los besaba...







fenicia dijo
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KISSES
21 Septiembre 2010 | 11:00 AM