Ascensor.
Lo empleo media docena de veces al día. Algún día, menos. Ó más.
Lo empleo básicamente para bajar: el vértigo es lo que tiene. Para subir... pues depende. No me importa subir escaleras. Este uso mío de los ascensores es una de mis rarezas, ó de lo que consideran 'rarezas' los demás: si hay un ascensor, bajo en él. No termino de entender del todo eso de que es más fácil bajar que subir escaleras. Claro que igual tampoco es algo muy común haberse caido por unas escaleras dos veces...
Da igual.
Cuando lo empleo para subir, suelo hacerlo acompañada: rara es la ocasión en que no hay alguien más esperándolo ó no llega mientras yo espero. Bajar... es más raro bajar acompañada, la verdad. También por lo dicho antes: la gente suele bajar andando.
A razón de media docena de veces, casi dieciseis meses... son muchos viajes en ascensor, sí.
Por eso... por eso me llama tanto la atención que sólo recuerde uno de esos viajes. Que muchas veces, al montar, sola, me vuelva la imagen. Yo, bajando sola, aquel catorce de abril.
El viaje en que, de pronto, tuve conciencia de que era la última vez. Que podía ser la última vez que bajaba en ese ascensor. Y, por cincunstancias, lo hacía sola... tras semanas bajando, haciendo ese último descenso diario, acompañada...
Es rara la memoria. Es selectiva y no sabemos bien en base a qué aplica su criterio para recordar momentos en detrimento de otros. Porqué recuerda sensaciones, luces, colores. Porqué disecciona la realidad y se queda con determinados trozos.
Y la mía se quedó con ese último viaje aquel miércoles de abril. Y, aunque volví, aunque bajo y subo a diario, sola, acompañada, charlando trivialidades de ascensor, en silencio, escuchando... en muchos momentos es como si perdiera la noción del instante presente... y regresara a aquel último viaje en ese miércoles de abril en que, de pronto, la primavera en la calle quiso ser de nuevo invierno.
Y yo comprendí de pronto porqué ninguna estación realmente se repite. Y que, aunque volviera a trabajar en aquel edificio... realmente nunca regresaría del todo.
Vivir está formado por pequeñas situaciones triviales. De gestos habituales que no nos cambian la vida, pero que componen nuestra cotidianidad. Eso que, en realidad, nos ancla al mundo.
Y supe de algún modo que algunas situaciones, entonces cotidianas, no volverían nunca a repetirse. Y aunque eso no me cambie la vida, ni trastoque mis planes... tampoco evita que, de pronto, al bajar en ese ascensor recuerde cosas.
Cosas aparentemente fútiles. Como qué hago allí. Cosas intranscendentes, como lo es este post... pero que quizá nunca debo olvidar...






cata dijo
Yo me aficioné a bajar y subir por las escaleras... la razón? no me sabe mal porque una de las paredes da al amplio patio de vecinos y al estar acristalada, durante el día está iluminada por luz natural... no es nada claustrofóbica mi escalera... Eso sí, son 6 pisitos de nada cada vez, ji ji...
Muacckksss, guapa.
27 Septiembre 2010 | 11:41 AM