Desamor.
Nada duele más que el que no te quieran. Nada es así de profundo, nada se clava de ese modo en el alma. Nada se lleva por delante de esa forma todo lo demás, le quita importancia al resto.
Se sobrevive, claro; al final, se sobrevive a todo y lo sabemos. Pero mientras dura el desamor, todo lo demás es accesorio. Porque lo único que de veras se desea no está. Ni estará nunca más. Nada duele más que descubrir que a quien queremos no nos quiere. Y que dá igual lo que sintamos, que no importa si lo sabe ó no: no nos quiere. No nos ha querido ni nos podrá querer como le queremos. Esa es la realidad, y punto.
Entonces repasamos una y otra vez los momentos junto a esa persona. Intentamos averiguar qué falló. Pensamos que si, quizás, aquel día hubiéramos dicho, ó hubiéramos callado... Que si aquello que para uno mismo fue una broma tal vez no fue entendido igual, y ese día empezó todo a desmoronarse. Y no hay respuestas porque no hay certezas. Simplemente.
Y lo que igual estábamos entendiendo como 'señales' de ser correspondidos... realmente no lo fueron nunca. Nunca pasó del juego, de la broma, del coqueteo intranscendente. Pero por un momento... nos lo creimos. Bajamos la guardia, vimos algo más. Pero..., pero no había nada. Y lo supimos siempre, en el fondo. Aquellos primeros días en que empezamos a 'ver' y lo negamos, y nos negamos... teníamos razón. Era un espejismo. Nunca debimos dejarnos llevar por lo que no era sino fantasía, sino un juego dialéctico. El eterno coqueteo. Ése que tantas veces nosotros mismos hemos 'practicado' con otros. Ése juego que también se juega con los amigos, con quienes no hay riesgos de más. Y que aquí lo jugamos porque no había peligro, porque ambos lo teníamos tan claro...
Y cuando te quisiste dar cuenta, era demasiado tarde. Le habías visto al mirarle. Habías deseado verte en sus ojos. Y, de pronto, todo era diferente. Y todo era deseo: deseo de que sólo te hablase a tí, de que de una maldita vez se decidiera a tocarte, de atreverte a pasar del beso de amistad a besar su boca. De quitarle la ropa y besarle entero, y dejarle y dejarte hacer...Y tantas veces, tantos segundos, pareció estar a punto de... Pero no. Al final, lo ves claro: en realidad nunca hubo nada. Lo único que ha hecho el tiempo es que, de tanto esperar, de tanto desear, hayas construido una realidad paralela... que sólo es un espejismo. Porque nunca fue verdad.
El tiempo cerca de él sólo consiguió eso, algo tan parecido al enamoramiento... Algo que nunca fue recíproco.
No nos quiere. Nunca nos ha querido. Ésa es la única realidad.
Y por eso daba igual lo evidentes que fuéramos.
Y si nos evitaba la mirada, no era porque nuestros ojos le dieran vértigo, como pasó en tantos otros que no nos interesaban... No nos miraba porque, en realidad, lo que le interesaba estaba en otro sitio. Y aún a nuestro lado, lo estaba buscando. Así de simple.
Y dará igual si estamos dispuestos a cualquier cosa. A lo que él quisiera. A lo que nuestro sentido común nos ha gritado durante años que no, que no haría. Que no volveríamos a hacer. Por él, lo haríamos. Lo que quisiera. Con tal de seguir a su lado. Con tal de creernos que igual podía llegar a querernos...
Nada duele más que esto. Y no se cura con el tiempo, no. Haber pasado por ello no inmuniza, porque no es un virus. Ningún fracaso es comparable a éste. Porque es reparable la pérdida de empleo, la pérdida de amigos, las pérdidas materiales. Podemos pensar que lo más importante en nuestra vida es aprobar ese curso, sacar esas oposiciones, conseguir esa vivienda..., pero, si no se consiguen, eso no nos paraliza. Nos enfada, nos disgusta, nos molesta. Pero no nos deja tan tocados, no, ni durante tanto tiempo. Buscamos la manera de presentarnos a otro examen, de buscar otro trabajo. Nos decimos que seguro que esa casa no era para nosotros, y seguimos avanzando...
No nos inmoviliza como lo hace el desamor.
Nada duele más que la evidencia de no ser querido por quien queremos. Por aquel a quien queremos.
Porque eso es lo peor: que no nos quiera no hace que nosotros dejemos de quererle. Que dejemos de desearle lo mejor.
Que no quede, en el fondo, en lo más profundo... un resquicio de esperanza. Querer creer que igual un día ocurre un milagro y, de pronto, nos mira, nos vé...y entiende.
Querer creer eso, porque en estos momentos es lo único a lo que somos capaces de aferrarnos para no naufragar del todo. Querer creerlo, aunque sea mentira. Y lo sepamos.




Anónimo Vallekano dijo
Querida señorita Bruxana: he sentido muchas veces esa sensación...
Sé que la sentiré una vez más, y otra, y otra, y otra...
¡Cómo duele saber que no te quieren!
Le deseo toda la suerte y toda la felicidad del mundo,
: )
28 Septiembre 2010 | 03:56 PM