Verano raro (de 2010).
Todos los partes meteorológicos se han puesto de acuerdo esta vez: este fin de semana descienden las temperaturas, llueve, se levantará el viento, necesitaremos sacar del armario ropas de abrigo, calzado cerrado, el paraguas abandorará su reposo en el paragüero del recibidor...
Nos lo tendremos que creer. Incluso yo, descreida ante estas previsiones siempre fallidas, me lo tengo que creer: se terminó del todo el verano.
Este verano, el más caluroso de los últimos, uno de los más calurosos que se tienen documentados (sólo por debajo de los años 1991 y 2003: no necesito tirar de estadísticas para afirmarlo. Tiro de recuerdos propios). Este verano que pasa por mi vida como algo extraño..., y que me quedará así en el recuerdo. Verano raro que no recuerdo empezando el veintiuno de junio, del que me cuesta creer que los días de julio eran de ese mes, y los de agosto... Verano de un año en que me siguen faltando días de marzo, un año que no me ha empezado a 'cuadrar' hasta que las campañas de 'vuelta al cole' me han hecho tomar conciencia de que estábamos en septiembre y se terminaba el verano. Un verano que no he llegado a 'sentir' como tal. Quizá porque se me ha ido en intentar cuadrar las piezas del puzzle en que de pronto se convirtió mi presente. Un puzzle que casi empezaba a tener resuelto cuando, de pronto, marzo y sus realidades lo lanzaron por los aires, pillándome desprevenida...
Pienso en los últimos días de abril... y ya es verano. En mi recuerdo, ya es verano el último fin de semana de abril, sus últimos días. Esos días de verano en que no viene mal una mediamanga en la camiseta, pero que tampoco son necesarios más abrigos que el que aporta el vestido de seda. Que se recurre a las sandalias semicerradas pensando en la lluvia... pero ni se piensa en zapatos. No pienso en esos días como la primavera que eran: en mi recuerdo, ya son verano.
Y me veo regresando de la 'pausa' de quince minutos que, sobre las cinco de la tarde, hacía en mayo. Me veo volviendo y constatando que esos apenas diez minutos al sol, mientras comía algo liviano y miraba las nubes reflejarse en los mastodónticos edificios de cristal de Chamartín... me han puesto la piel de los brazos roja, las sandalias me hacen marcas en el empeine de ambos pies... En pocos días tengo la marca del sol en los tobillos, por contraste con la piel blanca del resto de mi cuerpo. Y sé que en ese mayo hubo dias fríos, de jersey y pashmina de lana, y me fotografié en días de viento, y me veo como desde fuera de mí, cargando con el paraguas, y las gotas que me salpican al atravesar el parking de Chamartín y me dejan fotografiar flores húmedas..., pero sólo recuerdo el calor, el aire acondicionado de los buses en que, a veces, cruzaba Madrid y llegaba a Callao por el camino más largo, e iba hasta Sol para coger el tren que iría casi todo el recorrido por superficie, viendo el Parque del Manzanares...disfrutando de lo que, en mi recuerdo, no es primavera sino verano.
Verano que no empieza el 21 de junio. Que a primeros de ese mes me hace decidir cerrar el blog, desaparecer de internet, no responder sms, ni emails, ni... Una tormenta interna, una más. Verano en primavera. Que sólo vuelve a ser casi invierno a mediados de ese mes: el regreso al trabajo que tuve que abandonar a mediados de abril. Y es que ese edificio me recibió año y pico antes con inesperado tiempo desapacible dentro de una primavera temprana, y con el mismo tiempo me despidió en abril. Y me recibe de nuevo con llovizna, y vuelvo a las camisetas de manga larga que abandoné semanas atrás, y a los mocasines... Pero enseguida vuelve el calor. Y llego a casa a más de las diez y media y me sorprende la luz del cielo, casi es de día...
Verano que me ha dejado con el congelador lleno de helados que apenas he probado. Otros veranos son de sorbete de limón, de helado de menta, de polos de vainilla recubiertos de sorbete de mango... Es curioso: el verano más caluroso de los últimos años, y me deja con una botella de horchata que no llegué a abrir, con un polo que se me antojó de repente un día cualquiera y sigue ahí, en el cajón con las verduras congeladas...
Verano sin canción del verano, porque apenas si escucho música, porque la radio se enciende entorno a las diez y se apaga dos horas después cuando me tengo que ir, y son noticias, actualidad... Curiosamente, la banda sonora de este verano serían las crónicas del concierto que preparaba alguien que, también, marca el transcurso de estos meses. Alguien a quien habré visto... ¿seis, siete veces quizá? y siempre en viernes, pero que estará indeleblemente marcado en este verano del 2010. Aunque a este tema le tengo que dedicar un post aparte. Un post que llevo aplazando y atrasando desde mediados de julio... aun no sé porqué.
Verano que he trabajado entero, pero del que, curiosamente, no tengo recuerdos laborales. Si pienso en 'verano' y en el sitio donde trabajo... me vuelven imágenes del año 2009. Ni una sola de este año, ni una. Todo es julio de 2009, comienzos de septiembre de ese año, finales de junio. Mosquitos, conversaciones en las pausas de descanso, confidencias, presenciar discusiones, once horas laborales todo el mes de julio... De este año no me queda nada. Supongo que eso mide perfectamente lo mucho que me importa este trabajo.
Es extraña la memoria.
Es extraño que recuerde las tormentas en un verano tan seco, y si pienso en ese concepto, 'verano de 2010', casi sienta la humedad de ese primer viernes del mes de julio. Que de pronto me huela a vainilla y lavanda y el musk de bodyshop con el que me ducho y rocío los brazos algunas noches, para quedarme dormida oliendo a esa combinación de jazmín y olor casi humano, de piel viva. Que recuerde ausencias en noches de luna llena, sábanas de satén y tanto calor. Que piense que, quizás, haberme atrevido a decir algunas palabras me hubiesen cambiado la vida... ó tal vez no. Tal vez no las dije porque mi destino era ése: no hablar, que no supiera... Y tal vez haber callado otras, haber dejado que alguna cosa pasase... Da igual: el resultado es el que es, y punto.
El verano que se termina ya, que es historia y que recuerdo como si hubiese pasado hace siglos... aunque aún tengo en la piel la marca del sol, que evito pero termina por quemarme. Como una metáfora de mi realidad: evitar las cosas y, al final, terminar constantando que pese a la precaución, me dejan marcas... Como seguro que con el tiempo comprobaré que me ha dejado este verano tan largo.
No sé si es esto, realmente, de lo que quería escribir. Ni si el resultado transmite lo que quisiera contar. Pero el parte meteorológico dice que mañana llega algo que será otoño caminando hacia el invierno. Y estos últimos días... al salir a la calle a media tarde, me invadía un desasosiego de febrero, de últimos días de febrero... que no sé bien cómo canalizar. Porque llegará en breve noviembre. Y algunas cosas, desde hace días, ya no son recuperables. Tampoco este verano de 2010 que, en el fondo, no he terminado de reconocer que pasó a mi lado ó pasó sobre mí.
En breve escribiré/hablaré sobre mi relación con J.A. Que también es parte de estos últimos meses, de este último año. Y de este verano raro.





solopenelope dijo
Es lo que tienen los días de lluvia, despiertan nuestra melancolía, en mi caso positiva, necesito paz, tranquilidad, esa paz que solo la lluvia consigue darme.
9 Octubre 2010 | 09:04 PM