Hielo. Trenes sin parada. Cuentos sin final feliz.
Esperando el Cercanías en la Estación de Sol ha pasado un tren interprovincial. Minutos antes tanto la megafonía como los paneles luminosos anunciaban que era un tren que no efectuaba parada ni admitía viajeros. Y así ha sido. Ha pasado a una velocidad normal, sin parar en lo que no es sino una estación de Renfe para trenes de Cercanías. Iba casi vacío.
Y, de pronto, me he sentido tremendamente identificada con esa imagen, con ese tren. Sin efectuar paradas, sin recoger nuevos viajeros. Con una ruta marcada y dirigiéndose a su última parada, sin más, ya semivacío, cruzando estaciones que ya ni siquiera son al aire libre. Simplemente eso.
Antes, a mediatarde, me ha venido otra imagen. La del agua que resbala, que se escapa. El agua que ya no puedes retener, que es inofensiva, que se evaporará ó regará la tierra. El agua que en su huída casi nos entretiene, nos distrae siquiera unos segundos. Y que de pronto hace que olvidemos lo que fue al llegar a nosotros. Hielo. Esquirlas de hielo que fueron cuchillos al clavarse heladas en nuestro corazón.
Ahora ya es agua. Se amoldó con el calor, se derritió, ahora ya es agua y resbala y se escapa... Pero deja tras de sí las heridas que nos hizo cuando fue hielo, cuando fue un arma. Cuando la dejamos acercarse creyendo en lo inofensivo del agua, sin darnos cuenta que el hielo quema y, además, corta como un cuchillo si es un espejo de láminas quebradas... Hielo donde creimos ver algo que nos reflejaba. Hielo que roto nos apuñala.
Supongo que las cosas siguen sin ir bien, simplemente. Que hay ratos..., instantes, en que creo que aún tienen arreglo. Al menos, algunas. Quizá simplemente es que quisiera creer eso: que no ha salido todo mal, que mis errores no lo han sido totalmente. Que algunas decisiones... que sé conscientemente que han sido un desastre, pueden haber dejado algo bueno. Algo posible. Quiero contarme un cuento y que termine bien. Decir que el desastre en que de pronto volvió a convertirse mi vida realmente tenía una razón de ser. Justificar algunas decisiones totalmente demenciales. Intento hilvanar una historia, hacer castillitos en el aire si es preciso. Pero..., pero de pronto la realidad salta ante mí para que me sea inevitable verla. Y tengo que reconocer... aunque sea en un susurro, que no lo escuche la niña que a ratos sé que llevo dentro y a la que intento contar esa historia con final feliz...., tengo que reconocer mi fracaso. Otra vez, otro más.
Y es que no podía ser de otro modo. Y siempre lo he sabido, aunque en algunos momentos..., en fin, qué más da. Guardaré esos momentos, quizá sea lo único que me quede. Los guardaré con otros e igual algún día me sirvan para hacer un post. No ahora, no hoy. No todavía.
Hoy es doce de noviembre. Y soy un tren que cruza una estación de diseño bajo tierra en el centro geográfico del país, sin poder pararse ni recoger nuevos viajeros.
Y noto deslizarse, tibia, el agua que minutos antes fue hielo y me hirió el corazón. Un corazón que, quizá, lo único que ha podido hacer para defenderse es derretir ese hielo. Un hielo que probablemente sea el mismo que convertido ahora en lágrimas me empaña la vista. Hielo que también me abandona, sin más. Y no sabe ni quién es ni porqué llegó hasta aquí... porque tampoco él tiene la culpa de que todo siga saliendo mal.





Lidia Cervantes dijo
Qué bien salen las palabras cuando el corazón sufre; pero cómo duele.
El post, litrariamente magníico. La historia que cuenta, una putada. Esas cosas que remueven las entrañas y que hacen que escribamos mejor.
Todo pasará, igual que el tren y habrán más estaciones y nuevos trenes, aunque ahora pueda parecer que no.
Nadie ha hecho nada malo, es que la vida es así. De nada sirve darle más vueltas.
Un beso, mi niña.
12 Noviembre 2010 | 11:52 PM