Vueltas para no ir a ningún sitio.
En el tren, entre las estaciones de Villaverde y Zarzaquemada, me he echado a llorar.
No lloro nunca en público: es el último reducto de pudor que realmente me queda. Muchas veces tenía, tengo, tantas ganas... que en cuanto he cruzado la puerta de casa he dejado de tragarme las lágrimas. Ventajas de vivir sola. Pero hoy...
La semana no está siendo mala: está siendo peor. No son grandes dramas, ni cosas que no tengan arreglo. Son..., es ese algo que aún es peor: son detalles pequeños. Son injusticias de tipos varios, muchas veces ni siquiera 'contra' mí. Son tomaduras de pelo de diverso calado. Es esta maldita empresa que me está agotando dentro de su rutina de reloj estropeado que, sin embargo, se empeña en seguir marcando horas... a su aire. Es el profundísimo aburrimiento de cada minuto de esas ocho horas diarias que no me aportan nada, y de las que ya sé como serán al día siguiente, y al otro, y dentro de diez días... Y sabría cómo serían dentro de diez años si en esas fechas siguiera aquí. Monotonía dentro de una pecera. Vueltas para no ir a ningùn sitio.
Estoy muy cansada y no es sólo cansancio físico, ni es sueño atrasado, ni es el desbarajuste horario ó el desvelo de dormirme en el sofá y trasladarme a la cama a las cuatro de la madrugada, previo apagado de la tele que me terminó por adormecer. Que no es la angustia de despertarme a medianoche y ver que lo que me espera, que mi vida por delante será 'nada'. Es todo esto y son más cosas. Y está claro que el cuerpo hoy, a las diez de la noche, me ha dicho 'basta'.
No lloro en público. Cuando no he podido más, finjo un ataque de alergia, me refugio en el baño. Hubo un tiempo..., muchos días en aquel tiempo, en que aguantaba, aguantaba... y en el bus regresando a casa me derrumbaba. Pero era verano y era de día. Y las gafas de sol me protegían de miradas indiscretas. Y me iba secando las lágrimas antes de que sobrepasaran el límite de la montura...
Hoy he ido apartando con los índices de cada mano cada lágrima que no podía retener en los párpados. Intentando pensar algo que me relajase, ó me convenciera para dejar de llorar. Buscar un motivo para no hacerlo.
Pero es complicado cuando ni siquiera hay motivos que justifiquen esas lágrimas. Cuando no son derivadas de un hecho concreto.
Simplemente estaban ahí acumuladas. Y no han aguantado más. Simplemente eso.
Todavía queda un día laborable para terminar esta puñetera semana. Y como cada día ha ido superando al anterior, miedo me da. Y no es una frase hecha: me da miedo.
Necesito encontrar otro trabajo. Encontrar razones para levantarme cada mañana e ir a trabajar, más allá de la simple necesidad de un sueldo de supervivencia. Necesito salir de un ambiente que no me aporta nada, del encierro en un edificio donde jamás se abren las ventanas, donde paso todo el día con luz artificial. Necesito relacionarme con gente que me aporte algo, como he hecho toda mi vida.
Y necesito encontrar el camino para empezar a hacer eso. Y las fuerzas, y las ganas. Y para terminar con relaciones que no me aportan nada, y alguna a la que quien no aporta nada soy yo y debo reconocerlo de una vez. Y dejar de hacer castillos en el aire con cimientos de humo, que a medio plazo sé que sólo consiguen derrumbarse y hacerme daño.
Voy a intentar pedir unos días libres, toda la próxima semana quizá. Parte de las vacaciones que me corresponden y que no he disfrutado este verano. Imagino que me dirán que no... para terminar bien la semana: parte del personal está de baja médica, hay más trabajo del esperable, de pronto; coincidiría el fin de las vacaciones solicitadas con un festivo, y mil razones que seguro encuentran para denegármelas. Y, en ese caso... simplemente no sé cuantas horas más soportaré en la empresa.



