Once de marzo de dos mil once.
Los once de marzo, por razones y causas obvias, suelo dedicar el post a determinado asunto. Sí: a que soy madrileña y hoy es 11M, exactamente.
Así que supongo ése debería ser el post de hoy. Porque, además, he estado en Atocha (en realidad, voy a diario, de lunes a viernes. Cojo el tren de regreso a casa en la Estación de Cercanías de Atocha, la misma que conoció el mundo entero hace siete años. Desgraciadamente), porque el día lluvioso acompaña, porque ha sido una semana complicada, rara, de claroscuros, de decisiones inamovibles de ésas que tomo yo (vamos, de las que olvido al rato); de necesitar cosas a las que no me atrevo a poner nombre, no aquí; de tener cada vez más claro que trabajo en el sitio más absurdo del mundo y que eso ya no puede tener arreglo, como no tiene futuro. De esperar, esperar... qué sé yo lo que espero, ya, si sé que hay cosas que no pueden ser. Pero espero, sigo esperando aún así. Igual llevo demasiados años acostumbrada a esa sensación, la de tener que esperar. Esperar, quizás, un milagro.
Pero los milagros no existen. Y eso también lo sé. Los sueños se cumplen, a veces, pero los milagros hace siglos que dejaron de acaecer.
Éste es mi post, en fin, del 11 de marzo. Un aniversario que, para mí, también tiene connotaciones personales. Algunas, anteriores a ese año 2004. El 11 de marzo ya existía en mi vida antes, y existió después. Y en estos días, con demasiada acostumbrada coincidencia, pasan cosas que me cambian la vida... aunque en esos momentos no me esté dando cuenta.
Y es probable que en estos momentos, ó ayer, ó mañana, ó... esté pasando algo que me vaya a trastocar el inmediato porvenir. El efecto mariposa: ése de mover alas y provocar un huracán. Igual algunas cosas que no han llegado esta semana también es parte de ese agitar de alas. Igual las cosas que no pasan condicionan más la vida que las evidentes. Porque los errores cometidos, tal vez, pueden intentar corregirse. Pero es complicado evitar consecuencias procedentes de cosas que no se hacen, que no se hicieron. Es difícil, sí, corregir el resultado de lo que no pasó.
Apenas hora y media para el fin de este 11 de marzo de año 11. Este post se queda así y aquí. Igual en el próximo sí hablo de peces desaparecidos, del gris que lo inunda todo, de los mexicanos de Nebraska, del teléfono que suena ó no suena, de este marzo a ratos invernal, de lo inevitable que me es querer a quien no me quiere ó de cómo me gustaría ser capaz de odiar para poder hacerlo hacia quienes se diría que sólo viven para hacerles la vida desagradable a los demás. Ó igual no hablo de nada de eso. Ó no lo hago aquí. Ó...
Madrid, a Once de marzo de dos mil once...





mariazapan dijo
gracias por compartirlo con todo el mundo.
19 Marzo 2011 | 11:06 PM