Espejismos rotos.
Un año justo desde la última vez en que, de repente, sentí que el suelo se me volvía a abrir bajo los pies.
No, no voy a darle más vueltas a esto, no voy a volver a escribir la misma historia. Tampoco voy a explicar porqué, realmente, defino así ese momento: en realidad, si no lo expliqué en detalle en su momento... ahora ya no viene a cuento. Sólo yo sé qué quiero decir y porqué en ese momento, de repente, me sentí así. Obviamente, no tenía nada que ver (ó no demasiado) con el hecho de que decidiesen despedirme en un trabajo que tampoco me aportaba más allá de un sueldo de supervivencia... Obviamente, había más. Pero todo aquello ya da igual.
Dos días para que marzo, por fin, se termine.
Y finalmente creo que sé qué se lleva este año marzo de mi vida. No es una certeza... pero es algo más que una sensación. Aunque no quiera verlo, aunque me empeñe en mirar para otro lado. Aunque insista... sabiendo en el fondo que ya está, que se terminó.
Y es que, aunque nunca haya dejado de saberlo, desde hace ya tantos años que lo sé, que sé quien soy... a veces quiero engañarme. Ó repetirme que no, que no siempre tiene porqué ser así. Pero "es" así. Y por mucho que algunos espejismos me hayan hecho casi, casi, llegar a creer otra cosa..., no no es otra cosa.
Dos días para que marzo termine. Igual que se repitieran las circunstancias del pasado año, del mismo modo en que se han repetido las 'obligatorias vacaciones' en las mismas fechas, podría ser una solución. Una forma de empezar a huir, de tener una excusa para moverme, para hacer algo.
Para desaparecer. Porque a ratos me cansa demasiado ser invisible para quien quisiera ser vista. Porque en algunas ocasiones, duele demasiado que sea tan evidente la verdad.
Duele demasiado saber que me conformo con cualquier cosa, por mínima que ésta sea... y darme cuenta, casi cada día y por mucho que me empeñe en simular que no, que no me estoy dando cuenta..., darme cuenta, en suma, que cada vez tengo menos. Que cada vez está y estoy más lejos. Y que, por mucho que lo desee, nunca podrá ser.
Quizá porque en ningún momento tuve ninguna oportunidad, aunque llegase a creer que sí. Que sólo fueron unos espejismos provocados por el calor. Espejismos que el invierno casi me hace creer que eran realidades, y no, nunca lo fueron. Y cada día lo veo más claro.
Y, aunque nunca dejaré de repetir que sé quien soy, que nunca, nunca, lo he olvidado... no deja de doler. Nada duele más que la evidencia de que por mucho que se haga, por mucho que se quiera, algunas cosas nunca podrán ser correspondidas.



