Luces de abril.
Bajo la luz fría, seca e incómoda de los fluorescentes. Frente a la luz azul, cibernética e inútil de la pantalla del pc. Entre la luz amarilla, solar y vespertina que lucha por ser vista, cruzando de lado a lado, atravesando las ventanas pequeñas y altas, el ojo de buey de la puerta de la salida de emergencia que, a veces y a ratos, incluso está abierta, y, entonces entra la luz natural y, si se tiene suerte y se puede mirar, se ven las motas de polvo bailando en el sol. Y se vé el parque y, al otro lado de la puerta repentinamente abierta, el verde de las primeras hojas del chopo, ése que casi es tan alto como el edificio...
Luz, luces de mi tarde laboral y aburrida. Luces que me hacen cerrar los ojos, buscando no ver, buscando no escuchar.
Luz excesiva que hace daño a la vista de esta vampiresa fotofóbica. Que cierra los ojos frente a los datos inútiles de la pantalla azul y que no quiere esa otra luz artificial del techo y que sólo quisiera la luz del sol si puediese estar en la calle, pertrechada tras sus gafas grandes y oscuras. No aquí dentro, no encerrada horas y horas.
Y cierro los ojos, y sueño. Y pienso en el tacto de sus manos, de sus dedos en mi cuerpo. Y veo el suyo en la penumbra, ésa que para mis pupilas que cada vez rehusan más la luz es claridad. Cierro los ojos a la realidad de esta aburrida tarde de abril, en que todo son voces que gritan y hablan y repiten y se rien y protestan y responden... y no me dicen nada, voces que no son la suya. Y entonces viajo y vuela mi mente y le escucho. Y vuelve a ser penumbra y sombras que veo en el reflejo de la luz que no hay en mi dormitorio. Y está y es su piel y refleja esa luz; ó no está, y es su voz. Y es eso lo que quiero. Lo que no tengo ahora. Y lo que tengo ahora no lo quiero, y busco hacerlo desaparecer al cerrar los ojos, como los niños que se tapan con la sábana un momento: sábana en la cara y ya no están, y ahora están otra vez, y sábana y no están, y...
Y sigo hablando, mecánica, susurrante y persuasiva, sin que me importe qué digo. Recito una y otra vez eso que debo decir a quienes están al otro lado del teléfono: esas voces que no me importan y con quienes ni debo ni quiero conversar. Y, con los ojos cerrados, sigo imaginando. Y revivo el escalofrío de sus dedos acariciándome. Y, si aprieto bien los párpados, para no distinguir la menor claridad, creo sentir de nuevo sus labios, su lengua y sus dientes, dándome más de lo que a veces creo ser capaz de soportar. De lo que, sin duda alguna, es más de lo que creo merecer.
Por eso abro de nuevo los ojos y vuelvo a la realidad. A la luz artificial del techo, a la luz electrica de la pantalla. Al resplandor sin sombras de ese sol tenue al que no dejan entrar. Abro los ojos a una realidad donde no está y donde yo no quisiera estar tampoco.
Abro los ojos. Pero sé que si quiero, que si vuelvo a cerrarlos y me concentro unos segundos, volveré a recordar. Volveré a escucharle, escuchar su voz sin que realmente sea lo que importe ahora el qué pueda estar diciendo, porque en realidad sé que no está: sólo imaginar el sonido de su voz me basta. Y volveré a sentirle y a creer que está ahí, que puedo tocarle, que puedo creer que es real lo que sólo está ahora en mi imaginación. Lo que, a veces, hasta dudo que haya sido algo más que eso, mi imaginación... Y sólo porque sé que nunca me habría atrevido a soñar algunas cosas con él es por lo que sé que sí, que ha sido real.
Aunque ahora no lo sea y sé que un día ya no podrá ser. Pero cierro los ojos, te invoco, te convoco, te traigo en recuerdo a mi lado...




pasabaporaquí dijo
La mejor frase que he escuchado recientemente, espero que te ayude: "Quien no tiene fe, enseña Singer, puede comportarse como si creyera; la fe vendrá después.” Claudio Magris, Danubio.
15 Abril 2011 | 05:45 PM