(Mi) Realidad de los espejos.
Abril. Ese mes necesario del que quisiera poder prescindir. Ese mes que es como una visita de rutina al dentista: no por saber que no van a hacerte daño...en teoría, es menos desasosegante la idea de la visita.
Abril es ese mes cuyas certezas olvido de año en año, y casi lo espero con ganas: un mes en que los días se alargan y se nota de jornada en jornada; un mes en que aún no hace calor en serio, pero ya se puede prescindir de abrigos y botas; un mes en que suele llover y eso es motivo de alegría para esta madrileña que como corresponde considera un acontecimiento la lluvia, en esta ciudad eminentemente seca.
Pero abril también es lo que es. Ese mes en que, de pronto y casi todos los años, algo falla... Ó algo funciona, con ese mecanismo inexplicable que tienen las cosas intangibles. Algo se pone en marcha..., y, de pronto, ahí está.
Abril es ese mes en que siempre termino por recordar. Por recordarme.
Y vuelvo a la realidad, y tengo que admitir, una y otra vez, que los castillos de humo son sólo eso: formas caprichosas que se disolverán en el aire. Abril es único para eso: lleno de fechas que fueron en su momento, fechas que saltan ante mis ojos al abrir la agenda. Fechas que me devuelven a momentos, y recuerdo. Y veo que las cosas nunca dejaron de ser como eran, por mucho que me empeñe en pensar que al final algunas podían no ser así, que es posible cambiar y variar el destino...
Fechas que me traen el recuerdo de luces, de olores, de formas. Que me traen palabras: ésas, también, que me hicieron tanto daño... que aún hoy siguen doliendo. Porque abril es así. Y hace que las cosas fallen ó funcionen, no lo sé, pero llevando el timón hacia el destino que ha decidido que sea el puerto al que llegar. Y cuando las cosas fallan ó funcionan según lo que yo no he previsto..., recuerdo. Ahí está la memoria, la certeza inamovible de los calendarios.
Abril me recuerda quien soy y a qué puedo, realmente, aspirar. Y me recuerda que no puedo desear que los sueños se cumplan: no, no para siempre. De los sueños se despierta, y ya está. Y queda, si acaso, el recuerdo. Como queda también el recuerdo de lo que sí fue, de lo que tuve que escuchar aunque hubiese querido taparme los oídos, pero no supe ó no quise hacerlo. Y el presente y sus certezas no hacen sino volvermelo a recordar.
Lo que soy, quien soy y a lo que realmente puedo aspirar. Lo que merezco, sin más.
A veces he dicho/escrito que el precio a pagar por ese regalo envenenado que los Dioses me otorgaron como Don, y que es la memoria, es no poder retener lo que de veras quisiera, lo que me haría feliz. Quizá por eso recuerdo todo, y por eso tengo una especie de agenda permanente, un calendario perpetuo, en ese lugar inconcreto del cerebro que nos hace recordar las cosas. Y tal vez ésa sea la razón por la cual cuando las cosas..., en fin, no voy a decir que 'fallen' ó que no salgan como desearía con todas mis fuerzas que salieran..., pues eso: recuerdo. Y entiendo porqué no pueden ser como deseo. Y recuerdo perfectamente quién soy, quien nunca dejé de ser. Ó quien empecé a ser un abril de hace 18 años, quizá porque alguien por quien hubiera sido capaz de cualquier cosa... por quien fuí capaz de cualquier cosa y de renunciar a mí misma, me dijo que yo era así. Y solo pude decidir alejarme de él, pero dió igual. Porque como si hubiese sido un conjuro, las cosas ya no volvieron a ser de otro modo. Y, por mucho que me empeñe en que sean diferentes... al final... Al final vuelve abril, y ya está.
Y me miro al espejo, incluso a espejos figurados, y me veo con sus ojos. Y entiendo. En esos momentos, lo entiendo todo. Y dejo de luchar: para qué, si no vale la pena. Si no valgo la pena.
Y sé que no es posible cambiar el pasado, y sé que aquel pasado (afortunadamente) ya no formará parte nunca de mi vida, nuevamente. Y me repito que las cosas no tienen porqué seguir fallando eternamente, e intento que no sea así. Pero..., está claro que es inútil.
Sé quien soy. He aprendido a conformarme con muy poco. Sé lo que merezco y, a veces, me cuesta creer que a pesar de saber lo poco que merezco, haya llegado a tener algunos premios, algunos regalos muy superiores a lo que pudiera imaginar que en algún momento tuviese. Pero..., pero hay momentos en que me cuesta mucho hacerme a la idea de que lo normal será lo contrario, y será así siempre. Que, haga lo que haga y me empeñe en lo que me empeñe, las cosas terminen del mismo modo. Siempre.
Este abril presente empezó muy bien. Demasiado bien, sospechosamente bien. No sé por qué me empeño en seguir confundiendo con la realidad lo que hasta en esos momentos sé que, realmente, sólo son espejismos. Una realidad de la que al final no tendré más que el recuerdo escondido en las yemas de los dedos. Este mes de abril empezó muy bien, demasiado, casi tanto que estuve a punto de olvidar que era abril, ese mes que siempre llega para que no olvide quién y qué soy. Y qué no merezco.



