Desiertos.
Cuando no puedo tener lo que deseo, descubro que entonces mi único deseo se vuelve otro. Uno primordial: no desear nada más. Nunca.
Porque intento sopesarlo, valorarlo, entender el porqué. Porqué no puedo tener algunas cosas, si cada vez necesito menos. Si creía que eso no era tan complicado, que no pedía tanto. Que había conseguido conformarme con lo que parecía poco, aunque a mí me pareciera en el fondo tanto..., tanto, que nunca creí merecerlo. Que no me atrevía ni a mencionarlo, para que no desapareciera. Y, sí: era demasiado. Por eso no era posible. Por eso no puedo tenerlo.
Es curioso. Si consigo verlo desde fuera, como si fuese un científico que está estudiando a esta cobaya en que de pronto me he convertido a sus ojos, me parece curioso: no puedo llorar. Necesitaría poder llorar durante horas, pero sólo consigo unas lágrimas. Pero tampoco es verdad que no pueda llorar. Sólo es que a poco que noto que se me nubla la vista, las evito. No me dejo llorar. Me niego el consuelo de las lágrimas, simplemente.
Ó..., ó también puede ser que las lágrimas sean sabias. Que sepan, instintivas, que la humedad siempre hace brotar la vida. Y, entonces, por eso no aparecen. Porque serían muchas, un río de lágrimas, mucha agua. Y juntas podrían crear entonces un oasis en el desierto... Un sitio donde parar a descansar. Descansar hasta el olvido, hasta dejar de recordar qué me llevó hasta allí, qué dolor creo finalmente esa calma inesperada.
Y, claramente, ni eso merezco. Este desierto lo tengo que cruzar yo sola. Como siempre. El otro oasis al que creí llegar fue sólo un espejismo, y tal vez siempre lo supe.
Ya no quiero desear nada. Ni siquiera poder atravesar cuanto antes, sin lágrimas, este nuevo desierto. Ya me da igual. Al otro lado no habrá nada ni nadie, ya no; lo sé. Siempre lo supe, aunque quisiera engañarme sola. Pero ya no. Ya no vale la pena.



