Y no llovió.
Ayer fue viernes, pero no llovió.
Explico: las previsiones de lluvia no eran predicciones meteorológicas...sino personales. Tocaba lluvia, porque la lluvia va íntimamente ligada a mi relación con la 'Empresita Naranja'. A mis entradas y salidas de la misma. Cuando llegué, cuando me tuve que ir, cuando regresé de nuevo... llovía. Lluvia de invierno en primavera, porque cada vez, los días anteriores, el calor fue casi anormal para la época del año. Por eso no me extrañó el cambio de temperatura de mediados de esta semana: tocaba lluvia este viernes que sería el último día allí.
Y llegó el viernes. Y no llovió.
De este modo, si aún hubiera tenido alguna duda, se me habría aclarado. Pero ya no tenía dudas al respecto: era el final. Ha sido el final de mi relación con la Empresa: no volveré nunca. Último capítulo, punto final de la historia.
Curiosamente, estoy muy tranquila. Lo he estado desde que me comunicaron el despido, hace diez días. Este final no ha tenido nada que ver con el del pasado año: supongo que de ahí mi tranquilidad. Eso, y que la 'primera vez', de todo, es siempre un punto inquietante..., y en este caso ya había pasado por ello. Ya me habían despedido antes, ya salí de allí con la sospecha de no regresar nunca. La diferencia es que el pasado año la 'promesa' por parte de la Empresa era un 'en unos días te llamamos y vuelves'. Casi quedaba en mí el 'no volver' (aunque desde el primer momento tuve claro que debía mentalizarme en la idea de que no volvieran a contar conmigo. Por si acaso). Pero me llamaron y regresé. Y pasó casi un año.
Supongo que haré el resumen de este año en unos días. Ó de estos últimos días allí. Pero no hoy: aunque estoy tranquila... también estoy cansada. De todo aquello.
Es curioso analizar casi desde fuera mis sensaciones, mis sentimientos..., mis recuerdos. Y tener tan presente toda mi primera etapa allí... y que de esta última me quede tan poco. Es curioso cuando han sido dos etapas de idéntica duración (trescientos sesenta días cada vez) y cuando, si me pongo a analizarlo, casi han pasado muchas más cosas en este segundo periodo. Pero..., pero no lo siento así. Es como si de esta vez sólo me quedasen las docenas de fotografías que, eso sí, he hecho (del primer año sólo tengo media... quizá una docena de ellas). Hago fotos para reflejar en un papel lo que he visto, lo que han visto otros, lo que ha pasado. Pero también hago fotos sin cámara. Fotos mentales que se quedan ahí, grabadas. Y de ésas tengo tantas... y tantas en esta Empresa, en ese primer año...
Fin. Fin a una de mis múltiples 'provisionalidades'. Porque esto fue, en suma, mi paso por esta Empresa: encadenar provisionalidades. Aquellos nueve días sin posibilidad inicial de más que se transformaron en un mes de prueba, que pasé contra toda previsión (también personal), que continuó hasta el verano, que siguió pasado agosto, que decidí prorrogar hasta finales de año pese a tener completamente decidido irme en octubre. Y seguir cuando me dí cuenta de que sería absurdo irme voluntariamente... si estaba clarísimo que eso no podía durar. Y aquel final desasosegante, que me pilló en una época en que se me despertaron los fantasmas y, tal vez, algo más con lo que no contaba. Y volver, para pasar el verano. Y...
Y llegó el tres de junio del dos mil once. Y se terminó.
Y volvió a ser una foto lo último que hice allí. Pero en mi cabeza sigue aquel otro último día, catorce de abril del dos mil diez. Quizá porque aunque volví, nunca regresé del todo. Quizá porque este año no he dejado, ni un solo día, de echarle de menos. Porque, para mí, la mayor muestra del absurdo que rige esta Empresa es que no volviera (mejor dicho: que no le llamaran. Porque que él no hubiese querido volver sí habría sido perfectamente lógico). Y, conscientemente casi siempre e inconscientemente otras veces, he tenido presente su ausencia cada día de estos trescientos sesenta. Tal vez por eso esta vez los recuerdos son tan difusos y están tan basados en imágenes que, en realidad, son fotos que guardo en tarjetas de memoria fotograficas, en el disco duro de mi ordenador. Porque mis recuerdos de él que pertenecen a este último año no tienen como escenario el sitio donde le conocí y donde yo sí que volví a trabajar. Y, quizá, porque en las imágenes de este año sí que estará siempre él... pero no allí.
Es curiosa la mente. Y selectiva.
Y quizá si algo tengo que agradecerle a esta experiencia, a mi paso por esta Empresa, es que me haya curado. De mi reconocida adicción al trabajo, por ejemplo. Porque es imposible ser adicta a un sitio así; al menos para mí lo es. Y porque he decidido que hay cosas que me importan más, mucho más.
Y, tal vez también por eso, en ese definitivo último día mío allí que fue ayer tres de junio de dos mil once, me daba igual ese final. Porque ya no estaba realmente allí. Porque igual tampoco llegué a volver, del todo.
Ayer me hubiera gustado verle. Verle tras salir para siempre del sitio en el que, si yo no hubiese ido a trabajar hace más de dos años, jamás le habría conocido. Me hubiese gustado, mucho, verle. Pero está enfermo y no podía ser. Y, quizá, también por eso me importó tan poquito ese último día, se me quedó tan poco grabado. Porque me importa más cómo esté él. Me importaba más que pasase el día para poder llamarle y saber cómo estaba. También me importa mucho más que esté bien que el poder ó no verle, y eso lo sé desde hace tiempo.
Prioridades, sin duda. Y, claramente, él es una prioridad para mí. Y está por encima, muy por encima, de esa Empresa que no le merece. Que quizá con el paso de los años, muchos años, quede sólo en mi recuerdo como una anécdota... y como el sitio al que llegué totalmente de rebote, y donde conocí a J.A. Un sitio al que nunca volveré. Y que nunca voy a añorar. Muchas veces supuse que esos serían mis sentimientos el día en que ya todo hubiese terminado. Hoy es ese día. Y tengo claro que no me equivoqué en mis suposiciones. Punto final.
No llovió. Así que nunca habrá un lunes inesperadamente lluvioso y frío tras el calor, un lunes donde vuelva a entrar en aquel sitio para pasar otros trescientos sesenta días... sin tener claro qué hago allí nuevamente.




bird dijo
Hay que -desacondicionarse- lo de la lluvia es metafóricamente interesante, pero hace tiempo que los augurios dejaron de leerse en el cielo... Hace no mucho estuve en tu situación. Y no quiero asustarte pero se puso peor. A mi empresita naranja en particular le siguieron empresitas de colores más siniestros y el principe resultó ser una rana. No quiero deprimirte, eh! Sólo recordarte que la vida da tantas vueltas que a veces llegamos a echar de menos al purgatorio. Si pudiera volver a dónde estás tú ahora, intentaría dibujar una línea lo más indeleble posible para no volver a cruzar ni con la mirada, pondría al principe en cuarentena y buscaría nuevos y diferentes horizontes que dependieran en lo posible únicamente de mí. Saludos y suerte.
8 Junio 2011 | 01:56 PM