Aplazamientos sucesivos.
Supongo que como término no debe existir: aplazamientos sucesivos. Más que nada, porque es un concepto difícil de explicar. Cómo fijar eso, aplazamientos una y otra y otra y otra vez más...
Pues ésa viene a ser la tónica en una parte de mi vida desde hace semanas. Meses, más bien. Aunque yo prefiero verlo como semanas: periodos cortos. Aplazar cada cita cada pocos días, y convocar otra inminente... que se volverá a cancelar en el último momento y se fijará otra... que se cancelará. Pero no. No será una cancelación como tal, como algo definitivo. Será un aplazamiento: lo mismo que se había planificado, pero para otro día. Uno inminente. Al día siguiente, en ocasiones; lo más tardar, dentro de tres días. Casi siempre los viernes: ésos ya son como fijos. Llevan siendo fijos algo más de un año, de hecho.
Siempre he entendido cada una de las cancelaciones. Siempre he aceptado como firme la siguiente fecha fijada; era simplemente eso: aplazar algo. Y nunca, nunca, he dudado sobre la veracidad de las razones que impedían 'cumplir' lo acordado. Nunca lo he visto como excusa: era algo que había surgido, un inesperado. Una razón más importante, sin más. Y, vale: lo hablábamos, lo aplazábamos. No pasaba nada. Bueno, sí pasaba... pero las cosas inevitables son eso, inevitables, y ya está.
Era..., es, él quien fija la nueva fecha y quien la desconvoca. También por eso sigo en esta dinámica, claro: si las convocase yo y las desconvocase él... sólo habría habido un aplazamiento. Al segundo 'no me es posible' no habría habido más propuestas por mi parte: habría quedado perfectamente claro todo. No le interesaba verme. Y... y tampoco habría pasado nada, imagino.
También por algo así sigo aceptando cada una de las cancelaciones. Porque sé quien soy. Y por eso creo cada una de las razones por las que hay que 'aplazar' cada encuentro previsto. Y por eso, de veras, cada vez que me asegura que el próximo día fijado y a la hora prevista es completamente seguro que nos vamos a ver, creo que de verdad tiene interés en que así sea. Porque sé quien soy. Y porque no se me ocurren razones por las cuales podría mentirme: no hay tampoco razones por las cuales tendría que querer verme. Así que si a cada encuentro aplazado le sigue otra convocatoria... no tengo porqué dudar de que esta vez será así. Porque, realmente, sería mucho más fácil el aplazamiento sine die. El 'ya nos veremos algún día', eso indefinido que termina por ser definitivo. El final absoluto. Lo que habría sido si en vez de él hubiese sido yo quien propusiera. Incluso si también fuese yo quien cancelara, estoy segura.
Sé quien soy y lo que soy. Y si un día fuí vanidosa (todos lo hemos sido, todos hemos sido dioses en algún momento de nuestras vidas) no es ahora. Y menos cuando sé con quién estoy tratando. Y en este caso lo sé.
¿Si me molestan estas cancelaciones? No lo sé. Ya no lo sé. Supongo que al principio..., cuando se tienen muchas ganas de ver a alguien, molesta (y hasta duele) que no pueda ser. Luego..., luego ya todo va siendo casi normal. Y lo peor es que hasta puede terminar siendo parte de la rutina: llamada telefónica que cancela el encuentro previsto y fijado como 'inamovible' para horas más tarde; sms que conlleva una conversación telefónica posterior (normalmente esa misma noche) que dejará prefijada una nueva cita, ésta sí, ésta completamente firme. Y yo juro que cada una de ellas creo que existirá.
La vida me enseñó a esperar, al igual que me enseñó quién y qué soy. Qué puedo merecer y a qué puedo aspirar. Igual por eso también sé que estoy dispuesta a seguir aplazando. Porque es algo y alguien que no creo merecer. Y haber tenido algunas cosas, que no esperaba, fue una sorpresa y fue un premio. Simplemente.
Algunas cancelaciones, sí, han sido más complicadas de asumir..., al menos, en un primer momento. También sé que en estas cosas influyen más cosas como las hormonas o el simple instinto que el sentido común. De otro modo tampoco tendría mucho sentido que me costase, íntimamente, aceptar no verle... la última vez que le ví. Teníamos 'fijado de forma inamovible' vernos esa tarde/noche. Y existió, de repente, la posibilidad de coincidir en un mismo sitio a mediamañana: algo que sería apenas un saludo, si es que coincidíamos. Coincidimos. Y apenas quince minutos de conversación más tarde... tuve claro que no nos veríamos esa noche. Lo tuve claro quizás hasta antes de que él lo tuviese también. Pero aún así creí que de veras desayunaríamos juntos a la mañana siguiente. Quise creerlo por unas horas, quise no creer lo que presentía... y que me confirmó por teléfono a mediodía. ¿Porqué me costó asumirlo... aunque en la misma llamada se estaba fijando una nueva cita para el día siguiente? No sé. Bueno, sí lo sé. Porque había estado a su lado unas horas antes. Y porque a veces la piel tiene razones que el sentido común no termina de entender. Y no se acepta no tener más de lo que se ha tenido tan cerca.
La antepenúltima cancelación fue el pasado miércoles: por nada del mundo podía fallar la cita. Yo iba a pasar medio día encerrada en mi 'formación selectiva' absurda. Quedábamos en Atocha (en realidad, siempre quedamos en Atocha. Incluso, claro, cuando al final sí que nos hemos visto). Yo estaba tan cansada la noche anterior, mientras hablaba con él, y estaba tan cansada este miércoles tórrido de julio madrileño... que ni siquiera tenía completamente claro a qué hora habíamos fijado el encuentro. Llegué a Atocha a las siete y algo... fijaré como 'y cuarto' la hora que no recuerdo exactamente. Pensando que igual ya estaba allí: acordar como 'las siete' la hora del encuentro también era una de las 'frecuencias fijas'. No, no estaba. Y esperé.
Previamente, le había enviado un par de sms: indicándole hasta qué hora, posiblemente, estaría en el curso. Indicándole luego a qué hora acababa de salir.
Esperé, ya digo. Esperé leyendo en un banco desde donde veía el lugar donde en otras ocasiones sí habíamos conseguido 'quedar y vernos'. Esperé, también un sms indicándome que tardaría... ó indicándome la nueva cancelación de cita, eso tan habitual. Esperé. Esperé hasta las nueve de la noche.
En ningún momento, ninguno, pensé que se hubiese olvidado. Por supuesto que la opción de 'no apetecerle' verme estaba ahí: siempre está. Pero... La verdad es que lo único que me preocupaba es que hubiera podido pasarle algo. No sé si a él, a su entorno..., no sé. Aunque estaba muy cansada (el calor me mata. Y las entrevistas de trabajo absurdas me agotan hasta lo indecible), no me importó esperar. Esperé. A las nueve menos unos minutos redacté un sms (supongo que el cansancio me impidió 'razonar' y haberle llamado ó enviado un mensaje una hora antes... al menos). Lo envié. Recibí su llamada cuando llegaba al andén del tren que cada día me lleva a casa. Y lo único que, de veras, pensé es que había pasado algo: no sé, una de esas enfermedades que le hacen guardar cama...
Me había enviado dos sms en el transcurso de la tarde, que no me llegaron. Cancelando y aplazando, como siempre. Le había surgido un inesperado, uno de los esperables inesperados de cada una de nuestra citas. Simplemente eso.
Y a mí saber que estaba todo bien me bastó como explicación. No había recibido sus mensajes, pero no dudé que los hubiese enviado. Un fallo telefónico. Y él, simplemente, tampoco imaginaba que no los hubiese recibido... y menos que le estuviese esperando.
No verle cuando quedamos ya es, casi, lo normal. Así que..., en fin: que volvió a ser lo normal una vez más.
Prefijamos esa noche la cita del día siguiente, que se aplazó para el sábado, que se volvió a aplazar el viernes por la noche para mañana lunes...
Citas inamovibles. Aplazamientos sucesivos.
Al final, igual la vida termina siendo también eso, una serie de aplazamientos. Y ya tengo asumido que esta relación consiste en eso: quedar y aplazar. Aplazar el verle. Reservar para otro día el deseo de verle.
Y que, casi, estoy ya habituada a que esta relación consista en eso. En estas largas conversaciones que tienen como excusa explicar qué ha fallado esta vez, y fijar una nueva cita 'inaplazable'.
Y sé que, casi, me conformo con eso. Y que si 'cancela y aplaza' porque no se encuentra bien... sea por lo que sea, me importa más cómo esté que el hecho de tener nuevamente que hacerme a la idea de que 'esta vez, tampoco'. Me importa más que yo. Y no sé si eso hace que las cosas sean más fáciles ó más difíciles de llevar. No lo sé, porque no tengo la referencia contraria para comparar. No sé cómo sería 'no importarme', porque de haber sido así probablemente no hubiese habido nunca un aplazamiento, porque nunca habría existido una primera cita.
Y yo, que como sé que nunca me haré rica jugando a la Lotería... no juego nunca, estoy entendiendo que mi Lotería personal es ésta. Fijar nuevas citas, como quien compra un décimo ó rellena una quiniela, sabiendo que las probabilidades de premio claro que existen... pero son remotas. Y, por ello, tras comprobar que esta vez tampoco ha habido suerte... resignarse: las matemáticas es lo que tienen; ya se contaba con ello, en el fondo.
Pero se sigue jugando porque a veces toca. Y sigo fijando citas que seguramente serán un nuevo aplazamiento... pero sigo esperando que esta vez, no. Porque alguna vez ha sido 'sí'.
Y sigo jugando, y sigo esperando.






fenicia dijo
Sigue jugando y esperando cielo,que puedes ganar y ver llegadas de lo que ansies.
kisses
11 Julio 2011 | 07:05 PM