Caos.
Despierta completamente desde las siete de la mañana. Levantada entorno a las ocho y media: me 'quema' el contacto de las sábanas de satén que tengo sólo para mí, los sueños raros que al despertar veo que son sólo eso, sueños. La evidencia de esta semana que roza algo que quisiera creer que es también eso: sueño, pesadilla... Algo que no es real.
Repaso mis cuentas bancarias: la situación es catastrófica. Quiero mirar para otro lado ó creer en esa extraña suerte mía que me hace sobrevivir a los naufragios, pero me temo que esta vez no habrá tablón flotante a que agarrarme. No sé el tiempo que podré mantener siquiera el contrato de la línea de adsl, francamente. Ya no me quedan más gastos 'suprimibles' que eliminar.
Mis condiciones laborales rozan el esclavismo: llevo desde ayer a las doce del mediodía preguntándome porqué firmé el contrato. Y juro que estuve dos veces a punto de decir lo de 'no firmo: déjalo'. Y otra igualmente a punto de decir 'rompe lo que he firmado: no me interesa'. Pero... El miedo. El miedo irracional a no encontrar nada en todo el verano. Miedo irracional cuando me siguen llamando como respuesta a mis CV's. Aunque sea para ofertas de inferior salario al en principio ofrecido (que ya es ínfimo), me llaman. Firmé. Y ahora me encuentro ligada a una especie de empresa de película de terror, a través de una Ett que se diría formada en una banda de atracadores. Teniendo, incluso, la obligación de comunicar con ocho días de antelación mi posible 'baja voluntaria', si encontrase otra cosa... porque sino me descontarían esos días del sueldo. Y en este momento no me puedo permitir que me descuenten nada. Absolutamente nada.
Y, a pesar de todo esto... A pesar de todo este caos, de no tener ganas ni de comer, ni de beber agua, ni de dormir... sé que, en el fondo, son otras razones y otros miedos y otras evidencias lo que de veras me quita el sueño. Qué simples al final somos los seres humanos, creyéndonos tan complejos. Qué importancia da el corazón a algunas cosas, cuando lo realmente importante debería ser, siempre, la cabeza. Y así me va. Y, aunque la experiencia me hacer saber que 'lo sé', no puedo evitarlo.



