Cotidianidad.
Vuelvo a estar desempleada. Vuelvo a empezar, casi, el día enganchada al infojobs, rastreando ofertas. Vuelvo a recordar que ésta es la peor fecha para buscar trabajo con la esperanza de encontrarlo, y que por esa razón me 'enganché' al trabajo espantoso donde he pasado el último mes.
Vuelvo a dormir poco y mal, a despertarme angustiada a medianoche, a constatar lo que ya sé, lo que siempre he sabido: que nunca tendré lo que deseo, sea eso lo que sea en cada momento.
Empieza a mejorarme algo el estado de la piel: tenía la casi seguridad de que lo mal que estaba estas últimas semanas era debido a la cantidad de porquería que tenía ese antro laboral sin agua corriente, sin ventilación ni luz natural. Eso, y la hora y media de viaje de ida en las dos peores líneas de metro de Madrid, y la hora y media de vuelta combinando transportes, gran parte de las veces sin aire acondicionado en el mes más caluroso del año en Madrid.
También es probable que el estrés tuviese su parte de culpa. Aunque, de ser esa la razón, supongo que mi piel volverá a empeorar a marchas forzadas. Porque espero estresarme en breve: me conozco.
Vuelven a invadir la mesa de mi comedor, la mesita de cristal junto al sofá, el suelo... papeles, recortes, periódicos atrasados, tijeras, bobina de coser algo hace días, recibos bancarios que me recuerdan mi desastrosa situación económica, alguna foto... Vuelven las camisetas y camisas a estar colgadas en el picaporte de la puerta del comedor, esperando ser planchadas. Vuelven otras prendas a estar repartidas sobre el respaldo de las sillas, el piecero de mi cama, el taburete vietnamita. Vuelven los platos, cacerolas y vasos a llenar el fregadero: limpios a un lado, sucios al otro... Vuelve el caos doméstico: no espero visitas.
Vuelven a abandonarme las ganas de hacer muchas cosas que tenía apenas hace un par de días: volver a pintar, reordenar fotos, llevar a revelar otras muchas para hacer un par de álbumes, empezar un diario-carta que igual un día era un regalo para alguien... A veces pienso que no hay como tener poco tiempo para que apetezca hacer cosas... que sabemos que no haríamos cuando tuviésemos tiempo para ello.
Vuelve la cotidianidad, la rutina. Mi rutina, aburrida rutina, rutinaria rutina.
He solucionado un 'problema' con una almohada: era plana y larga; ahora es pequeña y alta. No, yo no la necesito. Mis habituales almohadas son bajas, casi completamente planas, así no me salen arrugas en el cuello ni me asfixio con ellas. Pero he solucionado 'ese' pequeño problema, como quien resuelve algo imporante ó consigue un gran logro. Lo que tiene el tiempo libre... Ahora tengo una almohada descansando en el taburete vietnamita. Debería guardarla: quién sabe cuando volverá a tener utilidad...
Es casi una de las pocas cosas que he 'resuelto'. Y, a decir verdad, creo que lo 'resolví' antes de saber que volvía a estar desempleda, así que... Ni siquiera puedo culpar de ello al tiempo libre que fabrica el paro.
Vuelvo. Vuelven y vuelve. Doy vueltas en la rueda, como un hámster. Sólo que él no sabe que no va a llegar a ningún sitio y yo sí lo sé. Pero no conozco el modo de dejar de dar vueltas... Ó igual sí lo conozco, pero se me olvidó cómo pasar de la teoría a la práctica. Ó me da miedo, por una vez en mi vida. Ó no quiero hacerlo sola pero no hay nadie...
Las sábanas de mi cama vuelven a tener olor a detergente, a suavizante: eso que en los anuncios llaman 'olor a limpio'. Huelen al olor de la mascarilla de mi pelo, de la loción de mi piel tras la ducha. Vuelven a no oler a nada, en el fondo: los olores demasiado familiares pasan desapercibidos.
Mis sábanas vuelven también a la normalidad, a la rutina. A la aburrida cotidianidad. A estar solas con mi piel y mis neuras y la ausencia...




amordelbueno dijo
derrepente me lei a mi saludos...
12 Agosto 2011 | 01:18 AM