Soñando otras tormentas.
Bajo el cielo blanco, blanco de sol invisible, blanco de calor sofocante. Cielo que hace parecer blanco el aire, también. Calor. Calor sofocante, calor más allá del verano. Más allá de agosto. Aire irrespirable. Calor absoluto.
Calor, cielo blanco sin sol visible. Día que espera la tormenta. Y yo con él.
Calor que casi me impide respirar. Boqueo, como un pez a quien poco a poco se evapora el agua del acuario e intenta probar si sería posible respirar fuera de él. No, no es posible. Calor. Siento el sudor en la nuca, sudor que intenta refrescarme pero se evapora. El cielo que veo, tumbada, más allá del toldo, es blanco. Agosto. Se diría que no hay aire: ni la más leve traza de viento. Calor, pero...
Electricidad.
De pronto, la noto. Más allá de la presión, del sudor, de esa calma chicha del verano sin piscinas ni mar. Electricidad. La que de pronto me atraviesa la espalda, veloz, hacia abajo. Algo que no es un escalofrío: es... otra cosa. Y cierro los ojos para recrearme en ello. Y al abrirlos, ahí sigue ese cielo, esa luz.
Pero yo ya sé que habrá tormenta.
Y la espero.
Y poco a poco el viento va apareciendo. Pero no hay nubes: sólo es ese viento raro que huele a arena seca, que arrastra hojas prematuramente otoñales, secas de pura necesidad de agua, de ese agua que desde hace semanas se avapora en el cielo antes de llegar a caer. Ese viento. Que, de pronto, hace que ante mi sobrevuele una bolsa de plástico, falsa medusa urbana: flota en la nada en el cielo que ven mis ojos, desaparece sin más. Viento que trae la tormenta.
Y mi piel lo va sintiendo. La va sintiendo. Electricidad. Escalofrios sin fiebre ni miedo: electricidad de tormenta.
Deseo, de pronto, de otra piel. De tu piel cerca de la mía, electricidad que deseo sentir.
La tarde se hace larga pero pasa. Y el cielo blanco se cubre de nubes, y éstas se van, y llega el viento que ya huele a tierra, que no arena. Y el cielo es naranja, rosa, tiene algodones rotos allá hacia el horizonte de edificios que tapan el Poniente. Y brilla como una libélula el paso remoto de un avión, donde quizás alguien también esté sintiendo esa electricidad que a mí me va invadiendo. Electricidad que es deseo y que me está erizando esa otra piel que está bajo la piel que se vé.
Y el viento empieza a ser huracán. Y recorro desnuda la casa, atrancando puertas que luchan por golpear contra sus quicios, y que no quiero cerrar: necesito aire que me refresque. Que refresque mi piel como no lo ha logrado la ducha que hace un rato me dí, como no lo logró el baño de mediatarde, ése que tampoco me sirvió para relajarme, para llevarse esa sensación eléctrica que sé que es deseo y que no va a calmar la lluvia.
Y me dejo caer en la cama: sábanas de satén que hoy no son frescas, reflejos rosados en la franja de luz que ocupa la parte superior de la pared, sobre el armario, frente a la ventana. Y el viento hace tintinear las lágrimas de la lámpara del techo. Y oigo otras puertas ajenas que se cierran de golpe, pájaros que vuelan piando, toldos que se suben, sillas metálicas que caen, el asilvestrado movimiento de los móviles de conchas y piedras de mi terraza, donde algo se ha volcado: quizás una maceta, da igual.
E intento poner música, pero no la escucho, porque es más fuerte el latido de mi corazón, mi respiración alterada. Casi, el ruido de mi sangre bombeando. El deseo. La electricidad que espera la tormenta.
Cierro los ojos.
Pienso en tí.
Pienso en tus manos y en tus labios.
No quiero pensar, no debo pensar.
No quiero imaginar que puedan ser mis manos las tuyas recorriéndome. Las freno, las sujeto, y pienso que eres tú quien lo hace y es casi más difícil dejar de imaginar.
Se está acabando la tarde y no termina de arrancar la tormenta. Sólo es viento, ráfagas de viento que quisieran ser huracán y arrasar con todo. Salgo a la terraza y el recuerdo del sol que apenas se dejó ver hoy son restos de nube, colores apagados entre las antenas. Y ese olor, el olor de la lluvia lejana...
Y, cuando al fin llueve, cuando la tormenta es real y cae esa lluvia de gotas calientes que se evaporan al rozar el suelo, cada vez más veloces, cada vez más y más y más... vuelvo a la cama. Y me dejo llevar. Y quiero imaginar que estás a mi lado, y quiero soñar con tu cuerpo sobre mí, calmando ó compartiendo esa electricidad que va pareja a los relámpagos que rompen el cielo, que cada trueno será un murmullo ante el temblor de mi piel contra la tuya.
Tormenta. Cae por fin la tormenta. La primera tormenta del verano.
La tormenta que llena los acuarios imaginarios y los ríos reales y que empapa el jardín y que lo hará rebrotar.
Y yo sueño que estás a mi lado, pero sé que no estás. Pero sueño. Imagino que te siento, aunque no estás. E imagino que mis dedos pudieran ser los tuyos, aunque sé que no. Imagino. Te imagino como si pudiese traerte con el deseo. Cierro los ojos hasta verte. Te imagino a solas.
Aunque no pueda compartir lo que siento.
Aunque la tormenta termine y vuelva el calor y, al rato, ya nada indique que llovió.
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Imaginé tenerte en la tormenta. Esa primera tormenta de este verano tan largo.
Imagino y sueño otra tormenta, temblando de electricidad y deseo, sintiendo dentro cada trueno y cada relámpago, sintiendo tu piel y tus manos, desnuda junto a tu cuerpo.
Imagino y sueño otra tormenta con tu cuerpo desnudo sobre mí.



