Debilidad.
Una de las cosas, de las pocas cosas, que me tengo terminantemente prohibidas es llorar en público. Nunca y bajo ninguna circunstancia: no lloro en público.
Imagino que es uno de los pocos reductos de pudor que me quedan (el meramente físico... bueno, según en qué casos existe ó no. Actualmente, ese tipo de pudor, el físico, tiene más que ver con la evidencia de que no tengo un cuerpo como para irlo luciendo... que, cuando lo tenía, aseguro que nunca fuí muy dado a ocultarlo. Pero ése es otro tema).
A veces digo que tengo la misma facilidad para reir que para llorar, y es algo totalmente cierto. Es más, tengo idéntica facilidad para reir sin ganas ó para llorar si fuese necesario... pero no son ni risa ni lágrimas reales, si llegase el caso de ser necesario. Eso tiene que ver con la actriz que, por encima de otras muchas cosas, soy. La actriz que surge cuando tengo ganas de llorar... y no me voy a permitir hacerlo.
Sé que no estoy bien... pero no es algo ni circunstancial ni reciente. Dejé de estarlo... ya ni recuerdo cuando. Hay momentos, claro que sí. Incluso temporadas largas. También sé que no soy la única, que es difícil sentirse completamente bien. Pero..., pero saberlo, a veces, tampoco me sirve de demasiado consuelo.
Sé que un día las cosas se rompieron... y que desde ese momento no he sido capaz de volver a reconstruirlas. Es más, cuando en alguna ocasión he creido estar a punto... ó, al menos, haber por fin aprendido a manejarme con la reconstrucción de lo que fuí, aun a sabiendas de que faltaban pedazos..., todo ha vuelto a saltar por los aires.
Debería, pues, estar acostumbrada. Pero no soy capaz de acostumbrarme, no. Tal vez es a lo único a lo que no soy capaz. Me rebelo. Sé que me va a dar igual rebelarme ó no, que no voy a arreglar nada ni a conseguir nada más. Pero...
Alguna vez he dicho que lo único que realmente me ancla al mundo desde hace muchos, muchísimos años, es el trabajo. Algo que siempre fue completamente mío, en donde nadie ajeno (esas personas ajenas que son tan próximas... que nos es imposible librarnos de su influencia) podía intervenir. Igual por eso me convertí en la mejor, con mucha distancia y diferencia sobre posibles competidores, en lo mío. Si bien nunca me permití fallos (ó nunca me los permitieron: en mi vida, un resultado inferior al sobresaliente en un examen equivalía a un suspenso. Y todo eran exámenes, no sólo los académicos), en mi trabajo no me permitía ni la más remota sombra de que igual un día pudiese cometer alguno.
No soy ambiciosa, no lo fuí nunca. Por eso, nunca trabajé buscando un mayor sueldo, mejores condiciones, tener más gente a mi cargo que me 'liberasen' de tareas... Mi única ambición era hacer bien mis obligaciones. Nada más.
Y eso terminó derivando en adicción al trabajo. Y...
Y hay cosas que igual nunca llegan a curarse.
Hace años que mi sector profesional 'real' desapareció. Pasó de ser el motor de la economía nacional... a no ser nada. Sé que un día resucitará, que está simplemente aletargado. Y sé que claro que hay trabajo 'en lo mío', si me propusiera encontrarlo. Pero... Pero por un lado, ya no me puedo permitir el lujo de 'pagar por trabajar' (ó, lo que es igual: trabajo de autónomo, a comisión, sin seguridad social...). Y, por otro...
Igual inconscientemente también busco curarme de aquella adicción.
Pero la alternativa tampoco me llena. Trabajar 'en algo' es hacer lo que llevo casi dos años y medio haciendo: trabajar como teleoperadora. Mejor dicho ó hablando con propiedad: como vendedora telefónica. No, no me gusta. Nunca me ha gustado. Nunca he perdido la sensación de estar 'provisionalmente' en ello.
¿A cuento de qué viene todo esto? Pues no lo sé. Bueno, sí lo sé. Sé que gran parte de mi malestar, de mis ataques de neurosis, surgen en el momento en que me quedo sin trabajo. Porque no estoy habituada. Porque vengo de un mundo, de un sector laboral, donde a determinado nivel el paro no existía. Porque soy de periodos largos en cada empresa, y de salir de ellas voluntariamente y conservar con el paso de los años hasta una buena relación con los jefes a los que dejé. Porque no termino de entender las pamplinas de las entrevistas de trabajo absurdas para empleos de supervivencia con sueldos miserables. Ni las 'formaciones selectivas'. Ni los currículum por triplicado. Ni tener que ir al 'curso selectivo' con la fotocopia del dni, de la tarjeta sanitaria, de la cuenta bancaria..., ¿porqué tengo que dar esos datos antes de saber si me van ó no a contratar, si me va a interesar ó no trabajar allí?
Sé que es una tontería, y más aún con casi cinco millones de desempleados. Pero todo esto también me afecta, me influye, me deprime. Y me me desanima enviar CVs para empleos que ya sobre el papel son malpagados... y que ni siquiera para esos posibles puestos se molesten en llamarme. Que ya sé, sí, que estamos en agosto... y que simplemente los 'seleccionadores de personal' no están. Que es más que probable que me empiecen a llamar a finales de mes. Que esperar respuesta a las pocas horas de enviar el CV tampoco es coherente. Pero...
¿Si es esto lo que me ocurría el miércoles? No. Sí, pero no. Era esto y eran otras cosas, muchas.
Me tengo prohibido llorar en público. Tengo que estar muy mal, mucho, para hacerlo. En noviembre me pasó: me eché a llorar en el tren, sin que viniera a cuento. Hace unos días, unas semanas... en este julio tan raro y tan largo, también me volvió a pasar. Pero las gafas de sol disimulan. Y la actriz que soy sabe cómo hacer para que no se note.
No lloro en público, porque lo he decidido así. Como a lo largo de mi vida he ido decidiendo otras cosas, esas pequeñas victorias personales que es el comprobar que hay cosas que nadie más puede controlar, que controlo yo sola. No llorar y, si alguna vez no lo he podido evitar, conseguir que nadie se dé cuenta. Mantener mi autocontrol, mi 'fama' de dura.
Y, sin embargo...
Supongo que no se puede ser dura todo el tiempo. E igual es eso lo que me terminó pasando el miércoles. Para, el jueves, sentirme secretamente avergonzada del patético espectáculo telefónico que, seguro, llegué a dar.
Porque no lloro en público. Y, si alguna vez, mientras hablaba por teléfono, me he echado a llorar... tampoco el interlocutor lo ha notado. Me sobran 'tablas' e ironía para cubrir las lágrimas.
Pero se vé que, alguna vez, tenían que fallarme los recursos. Y claramente fue anteayer. Y...
Y, en fin. Que igual cuando se empiezan a derribar muros, ya no hay marcha atrás. Y que si cuando le dí la 'llave' para entrar en este reducto personal que es mi diario lo hice siendo consciente del posible riesgo... ó no, que corría... qué más da. Ó quien mejor, afortunadamente, ante quien seguir eliminando velos... Aunque lo del miércoles no entrase en mis planes. Y aunque, dos días después, siga ligeramente avergonzada de ese ataque de debilidad...





bird dijo
Personalmente he llorado contadas veces en público y de eso hace mucho. Lloré una vez en que el público no me importaba y por tanto a penas considero que aquello fuera llorar en público, porque no tuve esa sensación. Y las otras veces, las veces en las que he llorado frente a alguien, no las he vuelto a repetir, porque me di cuenta de que no me sirvieron de nada y creo que una llora para algo, aunque sea de forma subconsciente. Vale, lo entiendo, estás mal, pero no creo que sea el momento de pensar en qué ni en cuando se rompió ese algo, ni siquiera creo que sea bueno pensar en las veces en las que creíste que la cosa mejoraba y acabó en chasco. Creo que lo mejor es hacer un borrón y cuenta nueva, un verdadero renacer. Pero para renacer de verdad lo más importante es dejar de llevar las cuentas, y creo que tú de momento las llevas al minuto... Olvida lo que fuiste y que te determinó en su momento. Imagínate que hoy es el primer día del resto de tu vida, pero no en el sentido al uso, sino realmente en el literal. Mañana será el segundo. Creo que a veces es necesario hacer limpieza, aunque sea metiendo el pasado bajo la alfombra; ya se decidirá en otro momento que se hará con él. A veces, no queda más remedio que reinventarse. De hecho una se da cuenta con los meses que no hay nada más rejuvenecedor. Es lo que creo que haría yo en tu situación. Luego está el tema del príncipe que no es tu príncipe. El mío, el que tuve en su momento, acabó desapareciendo. Ya sé que dices que sabes que "recuperará la vida que le pertenece" pero el disgusto de la mala noticia cuando llega no te lo quita nadie. Una no acaba de prepararse nunca para ello, siempre te pilla a contrapié. Disfrútalo pero aprende a vivir sin él. Es un consejo que me habría gustado darme a mí misma entonces ;) Vaya rollo que te he metido!! Besines.
20 Agosto 2011 | 06:00 PM