Dinamitando castillos de humo.
Es difícil dinamitar algo que está hecho de humo. De hecho, dinamitar lo que no está hecho de humo produce eso, humo. Humo que durante unos minutos, segundos, impedirá ver el resultado de la buscada destrucción.
Dinamitar castillos de humo tiene no obstante, como ventaja, que no hay cimientos. Destruido el castillo imaginado, no queda nada.
Supongo que yo he empezado a dinamitar mis castillos. Ésos castillos que, durante un tiempo..., meses, creí que eran reales. Esos proyectos donde creí que esta vez, sí, esta vez podría vivir. Esos planes. Ese proyecto de futuro... que ahora, si miro hacia atrás, me parece tan disparatado. No sé cómo pude llegar a imaginar que algunas cosas podrían ser posibles. No sé qué me hizo llegar a creerlo.
Bueno, sí lo sé. Necesitaba creer. Necesitaba interpretar las señales. Porque las señales sí eran reales: no las imaginé yo. Estaban ahí. Existía ese futuro. Pero..., no sé en qué momento todo empezó a desmoronarse. No sé en qué instante dejé de tener las llaves de acceso al Paraiso, otra vez.
Me resistí a creerlo, a admitirlo, pero estaba ahí. La realidad era la que era, por mucho que yo siguiera empeñada en soñar, en imaginar..., en creerme que esta vez sí sería posible. No. Posiblemente, nunca fue posible; esta vez no falló nada. Ó sí.
Pero ya da igual ese matiz, si falló ó no. Al fin y al cabo, el resultado es el que está siendo, y ya está.
He empezado a dinamitar castillos.
Sé también que ese dolor que a veces me hace romperme... y tener que reconstruirme quiera ó no, que no se note, procede de ahí. Del miedo a afrontar lo que sé que está pasando, que lleva tiempo pasando y que se ha acelerado hace... ¿días, semanas? Afrontar que tengo que poner de mi parte y derribar esos castillos. Los que nunca podré compartir con quien no va a querer hacerlo conmigo. Quien, en realidad, nunca pensó en hacerlo.
No puedo siquiera decir que en esto me engañó. Nunca hubo engaños, nunca hubo nada. Nada más allá que mis propios deseos. Los de que, de una vez, por una vez, las cosas me salieran bien.
No podía ser. También lo supe siempre, en el fondo.
No sé el tiempo que me llevará terminar con todo. Tampoco sé si será 'todo' con lo que acabaré. No puedo destruir los recuerdos. No puedo, ni quiero. No: eso no.
No habrá futuro, pero quiero conservar el pasado. Meterlo en una caja, aunque nunca la vuelva a abrir.
Pasar del 'le quiero mucho' al 'le he querido mucho'.
Duele, es un camino que duele. Es un camino que conozco muy bien, que he recorrido otras veces.
Que creí que esta vez no sería necesario. Que nunca pasaría.
Que esta vez podría llegar a quererme. Qué tontería más grande, qué ilusa.
Demuelo castillos de humo, sin cimientos, sin más planos que los que yo he querido hacer. Sin más muebles que mis sueños, esos sueños que ya ni siquiera puedo afirmar si en algún momento tuvieron un mínimo sentido. Si algo en él me hizo creer que podía hacerlos.
Pasar del 'le quiero mucho', eso que lo llenaba todo, al 'le he querido mucho', eso que sé que en breve será la única realidad que me quede de todo esto.
Y luchar porque la siguiente parada en la ruta esté lejos, tan lejos... Que del 'le que querido mucho' al 'le quise mucho' haya tanta distancia, tanta... que no consiga nunca llegar hasta allí.
Porque la estación que sigue a ésta se llama olvido. Y yo no quiero olvidar. Esta vez no. Aunque sé que no hay nada, que sólo yo he soñado, que no habrá nada más..., esta vez no quiero, no puedo olvidar.
Aunque en poco tiempo ya no haya nada. Aunque ya no vuelva a poder hacer planes, ninguno. Aunque tenga que enterrar el deseo y luchar por no volver a sentir.
No quiero siquiera pensar que un día pueda no recordarle.





bruxana dijo
Probablemente, a partir de ahora cierre comentarios en todo lo que publique. Al menos, en todo lo que publique sobre este tema.
Y también probablemente, termine por cerrar el blog. No sé en cuanto tiempo, pero nunca he estado tan segura de que a esto le queda poco tiempo.
Supongo que es lo mejor. Para mí y para todo.
29 Agosto 2011 | 12:17 AM