Viento de siesta y septiembre.
La luz de la tarde es blanca, absoluta. Me deslumbra. Cierro los ojos, y tras los párpados parecen correr, perseguirse, mil puntos de locos colores. Sigo viendo reflejos, el recuerdo y reflejo de lo que iluminaba el sol ante mis ojos.
No quiero pensar. La tarde es de verano, un agosto que se ha colado en septiembre y que no quiere irse. De vez en cuanto, algo de viento hace agitarse la cortina verde, el móvil de conchas de la terraza, sopla sobre los papeles que se acumulan en mi mesa. Pero yo no quiero ver todo eso: cierro los ojos.
El mismo viento de vez en cuando entra y me roza. Y es cálido... pero, en el fondo, tiene un toque de otoño. Se diría que es el frío con un abrigo de pieles, un vaso de leche que se metió al microondas y que nadie removió al sacarlo. Un centro frío dentro del calor.
Me roza esa brisa extraña, se desliza sin avisar sobre la piel de mi brazo derecho, enfría y seca el tenue sudor de mi nuca.
No quiero pensar. No quiero moverme.
Con los párpados cerrados intuyo la luz. Busco olores. Reconozco el del suavizante en la manta azul bajo mi cabeza: un olor a colonia infantil. La terraza al sol me trae el olor a alguna planta florecida, harta de verano. De vez en cuando, olor a cloro: quizá la piscina de la urbanización que está a trescientos metros, aún abierta al público; quizá, alguien que friega en la tardía sobremesa el suelo de su casa. Busco olores. Me llega el de mi pelo, olor a miel del champú. El de mi perfume: olor fresco, mandarinas y pomelos, agua, un fondo de ámbar. Sé que si acerco mi brazo, también reconoceré el toque a vainilla de la crema corporal con que me cubrí anoche. Pero no quiero moverme. Sólo quiero sentir, sentir lo que me llegue solo, lo que mi imaginación sea capaz de traerme.
Nuevamente, el viento. Viento cálido que vuelve a tocarme. Viento de este verano demasiado largo, que empezó cuando debía haber sido apenas comienzo de primavera, pero ya fue casi verano. Verano que no quiere irse, aun no.
Olores de siesta. De siesta sin sueño, sin cama ni almohada. Sonidos lejanos de piar de gorriones, de radio, alguna risa infantil. No hay coches veloces en esta calle casi vacía, no hay prisas.
No quiero pensar. Pero la caricia del viento actua sola. Y no pienso, pero siento.
Sé que necesitaría apenas alargar los dedos, deslizar sobre mi cuello el dorso de mis uñas. Deslizar desde allí las yemas de mis dedos, dejarlas avanzar sobre mi escote, avanzar hasta mi estómago sin encontrar obstáculos. Que ni siquiera necesitaría pensar, aunque quizá sí necesitaría no pensar. No imaginar nada. No imaginar lo que mi cuerpo ya está imaginando solo, sin que yo me mueva: que este viento es otra cosa.
No quiero moverme, ni abrir los ojos. No voy a evitar esos pensamientos.
No voy a impedir que mi mente crea que el soplo sutil del viento, de esa brisa que guarda el otoño tras el calor evidente... que crea que son sus dedos. Que imagine que está aquí, a mi lado. Que me toca y me acaricia. Que puede besarme, que puede deslizar los labios y la lengua desde mi garganta a mi pecho. Sin prisas, sin más prisas ni urgencias que las que pueda libremente tener en hacerlo.
No voy a indicar a mi mente que eso es mentira, que no está aquí...
La luz sigue fuera, cegadora, pero yo no abro los ojos. Sólo veo ese resplandor anaranjado a través de los párpados. El viento de septiembre, de este septiembre que se cree agosto, sigue su camino. Hace golpear suavemente la ventana abierta contra su quicio. Cruza el comedor, y suena también el móvil de ágata azul del recibidor. Se desliza por mi piel, y yo quiero creer que no es viento, que son sus manos, y me recreo en esa imagen, en esa idea...
Aunque no sea verdad y yo lo sepa. Pero no hay nada que hacer en esta tarde de verano que no quiere presentir el otoño.
No quiero moverme. No quiero abrir los ojos. No quiero pensar. Sólo sentir. Sentir lo que imagino sin pretender hacerlo, sentir lo que desearía tener en el mundo real esta tarde rara, sobre mi piel semidesnuda, a mi lado...





elpatiodemicasa dijo
¡Hola!
Pues va a ser verdad eso de que el sufrimiento es bueno para la creatividad, porque leyendo los dos últimos post me parece que de repente escribes muchísimo mejor que hace un tiempo (que ya escribías bien, que conste). Quizá te parezca un comentario tonto, pero lo he sentido así.
(Por los dos ultimos post me refiero a los de los días 10 y 11, he intentado comentar en el del día 11 (Frágiles lazos), y La Coctelera no me deja, y si pincho "inicio", me lleva a éste, aunque es anterior. Menudo lío...).
Bueno, guapa, pues sólo puedo desear que esas nubes tan grises sobre tu cabeza o bien se disipen, o bien te hagan llover un montón de lágrimas, que como dijo Benedetti, los desahogos son la mejor salida de los naufragios.
Nota: El comentario frívolo al post: Yo también estoy usando un perfume con mandarina verde y limón, y fondo de sándalo, ámbar y vainilla. Es increíble lo que el perfume influye en el estado de ánimo. Es un tema que se merece un post, jeje...
Por lo demás, aquí también estamos disfrutando del verano ahora, en septiembre. Hay días de demasiado calor, pero con lo largo que es (suele ser) aquí el invierno, tengo ganas de que se alargue este veranillo extra...
Un beso enorme...
15 Septiembre 2011 | 11:42 AM